El amor nunca deja de amar

El amor nunca deja de amar

Muchos hemos oído la frase: «El amor nunca falla». Aparece ilustrada en libros devocionales para niños. Se ha utilizado en canciones, relatos y poemas. La conozco desde que tengo memoria.

De niña creía que significaba que el amor tenía siempre fuerza suficiente para lograr lo que uno se propusiera. El amor tenía las de ganar y, como fuera, se saldría con la suya. Supongo que lo concebía como un instrumento de manipulación. Pensaba que servía para superar, convencer, razonar, persuadir o animar hasta obtener los resultados necesarios.

Haciendo memoria me doy cuenta de que aplicaba en demasía ese concepto del amor con mis amistades. Me decía: «El amor nunca falla. Sigue insistiendo hasta que consigue lo que quiere». Pensaba que el amor tenía licencia para manipular, ya que el que sentía por mis amigos solo perseguía buenos resultados.

Como te imaginarás, esa actitud no siempre hacía de mí la amiga ideal ni la más solicitada. Me esforzaba, me esforzaba de veras, pero no daba la talla. Me iba de maravilla, pero solo con gente con la que me relacionaba brevemente. Y el hecho de llevar una vida bastante itinerante me vino bien. Aunque tuve muchas buenas amistades de corta duración, pocas veces me tocó lidiar con conflictos con mis amigos, pues al cabo de poco tiempo tomábamos distintos derroteros.

Cuando contaba poco más de veinte años me quedé a vivir bastante tiempo en un mismo lugar. En esa época conocí por primera vez los altibajos a los que están expuestas las amistades cercanas. A veces todo marchaba sobre ruedas y yo estaba en sintonía con mis amigos. Otras veces las cosas no iban muy bien. Uno de nosotros pasaba por una mala racha, hacía algo ofensivo, se interesaba por un pasatiempo que no incluía a los demás o iniciaba una amistad excluyente.

Cuando eso sucedía, yo siempre buscaba la manera de que todo volviera a su cauce. No siempre tenía en cuenta las necesidades o deseos de mis amistades; solo me concentraba en mis propias expectativas.

Esa actitud hizo que la relación con mi mejor amiga se frenara en seco. En poco tiempo nos volvimos tan dispares que me costaba creer que antes pasáramos nuestros ratos libres juntas subiendo a alguna montaña, yendo a una de nuestras cafeterías favoritas y conversando. ¡La echaba mucho de menos y anhelaba recuperar nuestra relación!

Pasaban las semanas y seguíamos sin entendernos y sin ninguna sintonía. A mí me resultaba insoportable. Al final me tomé un tiempo para orar al respecto. Dios me recordó el versículo: «El amor nunca deja de ser»1. Estaba más urgida que nunca y sentí que precisaba una respuesta más profunda. Ahí fue cuando caí en la cuenta de que el amor nunca deja de amar. El amor no persigue ningún resultado concreto. ¡Simplemente continúa amando!

Esa fue la clave para comprender a qué se referían los versículos anteriores de 1 Corintios 13. El amor «todo lo sufre» (está bien que te enojes conmigo); «todo lo cree» (sé que eres una magnífica persona); «todo lo espera» (sé que siempre seremos amigas); «todo lo soporta» (esperaré hasta que quieras reanudar nuestra amistad). El amor nunca deja de amar.

Al ver a mi amiga desde esa perspectiva ya no sentí la urgencia de tratar de arreglar nuestra relación. Me di cuenta de que la amaba y la respetaba tanto que podía ser paciente con ella, seguir amándola y esperar a que estuviera lista para restablecer nuestra amistad. Como te imaginarás, las cosas mejoraron rápidamente.

Debo admitir francamente que incluso ahora, más de un decenio después, aún me queda mucho que aprender sobre el amor. La Biblia enseña que «Dios es amor»2. Eso en sí ya deja claro que nunca comprenderemos a cabalidad el amor ni tendremos por nosotros mismos suficiente amor. Al mismo tiempo pone de relieve por qué el amor es tan poderoso y por qué todo esfuerzo por amar vale la pena. Cuando amamos, participamos de la esencia de Dios.

El amor tiene numerosas facetas. Puede expresarse sirviéndole un café a tu mamá, refrenando tu lengua para no decirle unas palabras mordaces a una amiga, regalándole algo a alguien que lo necesita más que tú, y la lista sigue y sigue.

Cuando trato de determinar si mis acciones se basan en el amor, descubro que basta una simple pregunta para revelar mis verdaderas intenciones: «¿Por qué motivo lo estoy haciendo?» Si busco un desenlace que me resulte ventajoso o insisto en obtener un resultado predeterminado, está claro que estoy actuando interesadamente.

Una vez que me he librado de mis móviles egoístas y he eliminado todas mis excusas y buenas razones, no me queda otra opción que seguir amando. A veces del dicho al hecho hay largo trecho, pero he descubierto que es cuestión de realizar pequeños gestos de amor uno tras otro, nada más. Cuando me esfuerzo por hacerlo, veo que Dios se encarga del resto.

1. 1 Corintios 13:8
2. 1 Juan 4:8

Mara Hodler

Mara Hodler es escritora independiente. Este artículo es una adaptación de un podcast transmitido en Just1Thing, portal de internet de formación cristiana para jóvenes.

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