Noviazgo y matrimonio

Una pareja excéntrica

Conocí a Danica y Milic hace más de 13 años. Ya entonces los llamaban afectuosamente los abuelos del cerro, ya que la aldea donde viven, Sudohol, significa «cerro árido». Se accede a ella por una empinada trocha. En inviernos particularmente inclementes no hay forma de llegar en vehículo. No tienen agua corriente ni instalaciones sanitarias en la casa y, como muchas personas de la región de Croacia cercana a la frontera con Bosnia, cargan con una triste historia: huyeron de la guerra y la destrucción, vivieron en campamentos para refugiados y finalmente retornaron a su aldea, donde encontraron su casa quemada. Les tocó empezar de nuevo a una edad en que la mayoría de las personas se jubilan.

Un continuo idilio

Hace poco tuve oportunidad de pasar bastantes ratos con una pareja que ya supera los treinta y cinco años de matrimonio. Al observar la forma en que interactuaban entre sí, me di cuenta de lo mucho a lo que puedo aspirar en mi relación conyugal.

Una vez que nos reunimos para disfrutar de una comida al aire libre, Jen, la esposa, se acercó a la mesa de servicio para prepararle un plato a Greg.

Postal de Verona

Nací en el norte de Italia, en la ciudad de Romeo y Julieta. Cuando iba al colegio, pasaba todos los días por debajo del famoso balcón donde, en la obra de Shakespeare, la pareja intercambia apasionadas promesas después de una fiesta. Hace poco regresé a Verona y volví a pasar por allí; pero era tal el enjambre de turistas que prácticamente me fue imposible acercarme al balcón. Noté que las paredes estaban cubiertas de firmas. Por lo visto la municipalidad tiene que repintarlas cada tanto para que otros turistas fascinados puedan inscribir en ellas su nombre. En esa calle hay también varias tiendas que venden souvenirs relacionados con el amor.

Casada con una estrella

En las películas románticas que veía cuando era pequeña, el universo entero parecía detenerse cuando el hombre perfecto conocía a la mujer perfecta. A partir de ese momento, por lo visto lo único que necesitaban para vivir su amor eran muchas miradas a los ojos y abrazos, preferiblemente en algún exótico lugar de ensueño.

Como muchos más, yo creía que enamorarse era eso. Sin embargo, en la vida real no es así. Nunca encontré ese hombre perfecto, por lo menos no como lo pintan en Hollywood; pero si conocí a mi propia estrella de cine.

El espejo matrimonial

—¡Mari-i-i-i-ie! —retumbó por toda la casa la voz de Ivo, mi esposo—. ¿Dónde dices que pusiste mi camisa verde?

—Está colgada en el armario, en el costado izquierdo, entre las camisas blancas y tu saco.

—¡No la veo!

Subí por las escaleras y entré en la alcoba.

36 segundos

Daniel y yo vivimos con nuestros cuatro hijos en el decimotercer piso de un edificio de la ciudad de Taichung (Taiwán). Huelga decir que el ascensor es nuestro amigo obligado.

Aquel había sido un típico día ajetreado para mí, dedicado casi de lleno a entretener a los niños, servirles la comida y evitar que se pelearan. Habíamos salido todos juntos —ni siquiera recuerdo para qué— y ya regresábamos a casa. Entramos al ascensor vacío, y uno de los niños apretó el botón. Se encendió el número 13 en el panel, y las puertas se cerraron.

En la salud como en la enfermedad

Hace poco vi De amor y otras adicciones, una comedia romántica basada en las memorias de Jamie Reidy1.

Si bien me pareció que la película tiene sus más y sus menos, presenta una historia de amor más realista que las de las típicas películas románticas hollywoodienses. En ella, la joven y bella Maggie Murdock (Anne Hathaway) padece una enfermedad degenerativa incurable: el mal de Parkinson. Para mí eso compensó las escenas de la película que no me gustaron. Es que en la vida y en el mundo real, en las relaciones de pareja, suceden ese tipo de cosas.

A la tercera va la vencida

Estoy en mi tercer matrimonio, dato que normalmente no menciono en presencia de parejas recién casadas. Si bien estoy agradecida por mis dos enlaces anteriores, pues me dejaron varios hijos hermosos —mis tesoros más preciados—, creo que cuando acerté fue la tercera vez.

Al terminar mi segundo matrimonio, pensé que no habría otro, que me quedaría sola y tendría que arreglármelas como pudiera. Mi experiencia matrimonial me había dejado un mal regusto, y no esperaba que hubiera otro hombre en mi vida; pero estaba equivocada.

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