Mila Nataliya A. Govorukha

Mila Nataliya Govorukha hace labor misionera y voluntaria por medio de una ONG en Járkov, Ucrania.

El dominó de Dios

Hace unos años mi vida experimentó un vuelco nada desdeñable. Ocurrieron cantidad de cambios, todos simultáneos. Terminé abrumada y por momentos bastante desalentada.

¿Sientes soledad?

Estoy sentada en una plazoleta de Sarajevo. No sé por qué, pero siempre he tenido el deseo de volver aquí, a este país que tanto sufrió en el pasado reciente. Me invaden cantidad de recuerdos. Cuando mis dos hijos eran pequeños los traía aquí a corretear y patinar. Corrían, jugaban, hacían carreras y expresaban su alegría a toda voz. Yo los observaba, a veces con preocupación, siempre rezaba para que no se hicieran daño y de vez en cuando los ayudaba con algún juego o arbitraba sus competencias.

¿Tengo que hacerlo?

De tanto en tanto doy clases bíblicas en una escuela dominical para niños de tres a cinco años. El grupo es muy pequeño, a veces no son más de cuatro o cinco chiquitines. Una de las niñas que asiste frecuentemente es muy inteligente, locuaz y decidida. Una vez, hace poco, se negó a estar en la clase porque tenía el pelo desaliñado, aunque por otra parte no dejaba que su madre la peinara porque esta se había olvidado unas cintas rosadas que eran sus preferidas. Resulta que encontré unas cintas de ese color en la caja de manualidades, y la nena consintió en que le trenzara el cabello.

Las dichas de la vida

El desánimo era apabullante y se acentuaba cada minuto. Se sentía atacada por todos lados. Las posibilidades se desvanecían; los problemas se acumulaban.

La docencia nunca es tarea fácil, particularmente al comienzo y al final del año lectivo. Aquella era la última semana. A una de sus clases preferidas no le había ido muy bien en los exámenes de fin de curso. ¿Era por culpa de ella?

Mi ansiolítico

El año había estado lleno de acontecimientos, plazos y logros. Yo trabajaba arduamente enseñando inglés en un colegio particular, además de dar clases en casa. Al mismo tiempo estaba estudiando para obtener un diplomado de filología rusa y el certificado Cambridge English Proficiency. Para colmo, dirigía unas reuniones cristianas en un centro universitario y un club de conversación en inglés. Tenía la agenda copada, y me encantaba.

La pulsera verde

Nunca olvidaré la primera vez que asistí al festival de rock Exit, que se celebra anualmente a la sombra de una imponente fortaleza en Novi Sad, bonita ciudad serbia a orillas del río Danubio. Había escenarios en todas partes. Multitudes pululaban por las calles. Grandes tiendas de campaña resonaban con los más variados estilos de música. Se sentía el aroma del ćevapi —el plato de carne típico— y se respiraba un ambiente de fraternidad, informalidad y libertad. Con todo y con eso, hubo un momento en que pensé que yo no iba a poder participar en el evento.

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