Rafael Holding

Rafael Holding es escritor. Vive en Australia. 

Para recibir orientación divina

¿Será que Dios se interesa por ti? ¿Será cierto que desea brindarte soluciones, bendecir tus esfuerzos, ayudarte a sacarle el máximo provecho a la vida y hacer de ti la mejor persona que puedes llegar a ser? Y en tal caso, ¿es capaz de orientarte en ese proceso? La respuesta a esas tres preguntas es un sí rotundo.

El fruto liberador: el dominio propio

El secreto para adquirir dominio propio radica en rendir nuestra vida a Dios y dejar que Su Espíritu Santo guíe nuestros pensamientos, nuestros actos y nuestra vida. «No os conforméis a este mundo —recomienda el apóstol Pablo—, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál es la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta»1.

El fruto encantador: la mansedumbre

Un espíritu afable es esencial para relacionarse armoniosamente con la gente. Puede ser determinante para que los demás se muestren abiertos a nuestras opiniones e ideas.

La Biblia retrata a Jesús como un cordero1, una gallina2 y un tierno y atento pastor3. Él dijo de Sí mismo: «Soy manso y humilde de corazón»4. No obligó a nadie a creer en Él ni a seguirlo. Se mostró compasivo y atrajo mansamente a la gente a Su reino celestial.

El fruto de cada día: la fidelidad

Las personas fieles son dignas de confianza y veraces. Son fieles a Jesús, fieles a la obra que Él les ha pedido que hagan, sea cual sea, y cumplen su palabra y las obligaciones contraídas con los demás. Todo eso son deberes cristianos.

Uno es fiel porque está lleno de fe. Esa fe le da seriedad y sentido de la responsabilidad. Las personas fieles están llenas de la Palabra de Dios, que es el origen de la fe1. Por eso les resulta natural ser consecuentes con lo que dice la Palabra. Poseen una fe viva, y se les nota2. Siguen adelante en la fortuna y en la adversidad, porque saben a quién han creído y están persuadidas de que Él es poderoso para hacer que al final todo redunde en bien de ellas3.

El fruto ejemplar: la bondad

Se supone que los cristianos han de ser buenas personas. Es más, muchos que no son creyentes esperan más de los cristianos de lo que se exigen a sí mismos o a cualquier otra persona. El propio Jesús dijo a Sus primeros seguidores: «Ustedes son la luz del mundo, como una ciudad en lo alto de una colina que no puede esconderse. Nadie enciende una lámpara y luego la pone debajo de una canasta. En cambio, la coloca en un lugar alto donde ilumina a todos los que están en la casa. De la misma manera, dejen que sus buenas acciones brillen a la vista de todos, para que todos alaben a su Padre celestial»1. Eso no significa que debamos actuar como santitos y creernos mejores que los demás. No es esa la bondad que nos inspira Jesús, sino una benevolencia que brota del corazón y que se expresa por medio de la sinceridad, la empatía, el espíritu de servicio y de múltiples otras formas.

El fruto irresistible: la amabilidad

La amabilidad es amor en acción, amor traducido a sencillos actos cotidianos. Es consideración. Es vivir la regla de oro, tratar a los demás como quieres que te traten1. Es hacer la vista gorda ante las pifias y flaquezas ajenas. Es tener un corazón compasivo y perdonar a los demás tanto como nos perdona Dios a nosotros2.

El fruto conciliador: la paciencia

«El fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre y dominio propio. Contra estas cosas no hay ley»1.

—Si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces he de perdonarlo? —le preguntó un hombre a Jesús.

Acto seguido aventuró una respuesta:

—¿Siete veces?

El fruto fundamental: el amor

«El fruto del espíritu es amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre y dominio propio. Contra estas cosas no hay ley»1.

¿En qué medida es importante el amor? Cuando le preguntaron a Jesús cuál era el mandamiento más importante, respondió: «“Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente”. Este es el primero y grande mandamiento. Y el segundo es semejante: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. De estos dos mandamientos depende toda la Ley y los Profetas»2. Dicho de otro modo: si eres capaz de hacer esas dos cosas —amar a Dios y al prójimo—, lo demás está resuelto. Los restantes mandamientos se formularon con el fin de enseñarnos a hacer el bien y obrar con amor.

Dios aún nos habla

Dios no ha muerto. Vive y se encuentra en perfectas condiciones. No solo es capaz de hablar a Sus hijos como en otros tiempos, sino que está más que deseoso de hacerlo. Es más, ¡quiere hablarte a ti personalmente!

Puede que te preguntes: «Pero, ¿cómo es posible?» Para entender la respuesta a dicho interrogante —cómo es posible que el gran Creador del universo pueda comunicarse contigo o que siquiera tenga deseos de hacerlo— debes comprender primero el inmenso amor que siente por ti. 

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