Roald Watterson

Roald Watterson es editora y autora de contenido.

Planes maestros y experiencias inefables

En el año 2007 se instituyó en los Países Bajos un plan bicentenario de adaptación y preparación para el cambio climático.1 En vista de que dos tercios de la población holandesa vive bajo el nivel del mar, los efectos del cambio climático en ese país pueden llegar a ser enormes y hasta trágicos; de ahí que hayan tomado tantas precauciones.

El paraguas

El aire pesado presagiaba lluvia mientras avanzaba a pie por la ciudad de Chiba, Japón. Al ver que las nubes iban opacando el cielo, me reproché no haber llevado el paraguas. Daba la impresión de que de un momento a otro se soltaría el aguacero; pero transcurrían los minutos y nada.

Corazón intrépido

Recuerdo que de niña memoricé el capítulo 11 de Hebreos, que detallaba varias formas espantosas de morir: «Fueron apedreados, aserrados, puestos a prueba, muertos a filo de espada. Anduvieron de acá para allá cubiertos de pieles de ovejas y de cabras, pobres, angustiados, maltratados. Estos hombres, de los cuales el mundo no era digno, anduvieron errantes por los desiertos, por los montes, por las cuevas y por las cavernas de la tierra.»1

Un rasgo valiosísimo

He estado viendo el programa de televisión The X Factor, en el que cantantes de todos los Estados Unidos participan en un concurso de talento y el ganador obtiene un contrato de grabación multimillonario. Para quienes no están familiarizados con ese tipo de programas, en cada episodio los jueces deciden quiénes pasarán a la siguiente ronda de la competición, basándose en su talento, por supuesto. Pero resulta que los jueces tienen en cuenta también otra característica: buscan personas serias, firmes en su intención de realizarse como artistas.

Momentos bajos

De más está decir que bien sosas son las novelas con un argumento como: «Matilde es una joven alegre, hermosa, exitosa, que vivirá feliz para siempre, comiendo perdiz». Esas no suelen cautivar a los lectores ni convertirse en superventas. Es que hasta los libros ilustrados para niños deben incluir cierta tensión, algún obstáculo que el pequeño protagonista debe salvar para disfrutar de un final feliz. El relato —que tanto puede tratar del primer día de escuela de un niño como de una niñita que descubre la dicha de compartir sus juguetes— no llama la atención si todo es perfecto desde la página uno. 

Lo que me enseñó Agar

Sabía a grandes rasgos quién había sido Agar por las diversas biblias ilustradas que leí de niña. Pero este año decidí leer la Biblia de pe a pa y, al terminar el capítulo que habla de ella, cambió mi concepto del amor que Dios alberga por cada uno de nosotros.

Reservas inagotables

Recuerdo que en mi niñez el dinero escaseaba. Nunca pasé verdadera necesidad, pero tampoco tenía tanto como para poder regalar una suma sin notarlo.

Adiós al bajón

Hace poco sufrí un bajón anímico que no me resultó fácil superar. No soy una persona muy emocional: normalmente no tengo dificultades para sentirme motivada; pero en esa ocasión me costó salir adelante. Por el mismo tiempo, ¡un amigo de una amiga se ganó un Mercedes-Benz en una lotería!

Inicialmente me alegré. Pensé: «Vaya, en mi entorno más o menos próximo suceden cosas así». Pero mi segunda reacción fue: «Y ¿dónde esta mi Mercedes-Benz?»

¿Quién es tu amo?

A muchos niños y adultos —y a mí también— les fascina el cuento de Aladino: aventuras, artefactos maravillosos, la lucha del bien contra el mal y la máxima historia de éxito, con un joven pordiosero a quien el fantástico genio de una lámpara convierte en príncipe. Y es que el éxito fácil tiene un singular atractivo. En lugar de ser disciplinado y esforzarse para salir adelante, Aladino recurre a la magia.

Sanación en Navidad

Aquella Navidad Eiko pesaba treinta y un kilos. Tenía la piel pegada a los pómulos, y ni la gruesa ropa de invierno disimulaba su extrema delgadez. Contaba apenas trece años de edad y padecía una grave anorexia desde los nueve. Hasta entonces, sus padres y hermanos no habíamos sido plenamente conscientes de su lucha interna; pero llegó un momento en que las consecuencias eran terriblemente evidentes.

Nuestra hermana, que había sido la alegría de nuestra familia, apenas si sonreía. Por el contrario, tenía una mirada contenida de aislamiento. Mientras más la animábamos a comer, más nos rechazaba. Mis padres observaban impotentes cómo seguía perdiendo kilos a pesar de que estaba ya en los huesos. Dedicamos horas a la oración y mantuvimos largas charlas con ella hasta altas horas de la noche para ayudarla a afrontar la realidad: si no empezaba a comer, su vida se apagaría.

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