Uday Paul

Uday Paul vive en Bangalore (India). Imparte cursos de inglés y de desarrollo personal.

El fruto prohibido

En su clásica autobiografía, Confesiones, el teólogo de los primeros siglos de la iglesia, San Agustín, narra un incidente que protagonizó cuando era adolescente. Había un peral cerca de la viña de su familia, que estaba colmado de fruta no muy apetecible, ni a la vista ni al gusto. Pese a ello, junto con unos amigos, se robó unas peras de aquel árbol. No lo hicieron para comerlas ellos, sino para arrojárselas a los cerdos. Cuenta que él y sus amigos robaron simplemente porque les proporcionaba placer hacer algo prohibido, cuento tan viejo como el de Adán y Eva en el Jardín del Edén.

Una nueva identidad

Una de mis películas preferidas es la ya clásica ¿Sabes quién viene a cenar?, del año 67. Se estrenó en un momento muy sensible de la historia de los Estados Unidos, producto de la alta volatilidad de las tensiones raciales. Fue éxito de taquilla y llegó a ser un importante agente de cambios sociales.

Un cimiento sólido

Hace poco estuve reflexionando sobre el crac de la bolsa de valores de 1929, que tumbó los sistemas financieros y económicos del mundo como si fueran fichas de dominó. Quebraron empresas, industrias y bancos. Millones de trabajadores quedaron desempleados, y eso causó una tremenda agitación social. Si bien desde entonces no se ha vuelto a producir una debacle de tan grandes proporciones, sí ha habido muchas depresiones o recesiones económicas menores que han causado turbulencias financieras.

Tras el tiroteo

Llevaba una temporada difícil. No podía dejar de pensar en ciertas personas que me habían ofendido, y a ratos casi explotaba de rabia y resentimiento.

Lo único que consigo alterándome y enojándome es que se me nuble el pensamiento y se enturbie mi perspectiva de la situación, no que se resuelva el problema. Mi reacción natural es desquitarme y pedir satisfacción, pero a la larga eso no hace sino empeorar las cosas.

Un descubrimiento emocionante

Aún recuerdo aquel día. Fue a principios de los 80. Yo era apenas un adolescente y estaba sentado en el asiento de atrás del auto. En un semáforo, alguien entregó a mis padres unos preciosos afiches a color para que los leyeran. Ellos enseguida me los pasaron a mí. Al cabo de un rato se detuvieron en un lugar donde debían atender unas diligencias, y yo me quedé solo en el vehículo. Como no tenía otra cosa que hacer, tomé los pósters y me puse a ojearlos. Tenían una ilustración en la parte de delante, y en el reverso un mensaje sobre la salvación y la vida eterna que Jesús nos ofrece gratuitamente.

La alegría de servir

Desde hace unos años participo como voluntario en una iniciativa para dar clases a jóvenes de escasos recursos. Me crié en una típica familia india de clase media alta. La mayor parte de mi vida he residido en un vecindario de la ciudad donde vive gente pudiente y he disfrutado de una posición acomodada. Por eso, meterme en barrios marginales y experimentar la vida en un plano totalmente distinto fue un poco chocante para mí.

El arte de volar

Estoy leyendo un libro sobre los hermanos Wright, a quienes se les atribuye el haber inventado y construido el primer avión funcional y haber realizado el primer vuelo controlado. El ser humano siempre ha soñado con volar como las aves. Aunque en su época los globos aerostáticos ya existían desde hacía algún tiempo, se daba por sentado universalmente que el vuelo humano mecánico era imposible.

Cumplir nuestras tareas

Necesitamos paciencia para lograr nuestros objetivos en la vida. Aun cuando nuestra situación no sea la ideal, es importante perseverar y aprovechar al máximo lo que tenemos.

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