Virginia Brandt Berg

Virginia Brandt Berg (1886-1968) fue una conocida pastora evangelista norteamericana y una de las primeras mujeres en difundir el Evangelio por la radio en su país. Los libros «El borde de su manto» y «Arroyos que nunca se secan» son de su autoría. Además produjo un ciclo de programas de inspiración religiosa titulados «Momentos de meditación». (Los artículos de Virginia Brandt Berg publicados en Conéctate son versiones adaptadas del original.)

Volver a empezar

La tierra para volver a empezar
¡Ojalá hubiera un espléndido paraje,
una tierra para volver a empezar,
donde, antes de entrar,
soltáramos nuestros viejos ropajes,
la suma de nuestros yerros,
nuestras angustias
y nuestra codicia egoísta,
para no ponérnoslos de nuevo!

Pon a prueba a Dios

Después de pedirle algo a Dios, actúa en consecuencia. Traduce tu fe en hechos. Acompaña tus oraciones con acciones, dando pasos que te acerquen a tu meta.

Cuando yo oficiaba de pastora en una iglesia de Oklahoma (EE. UU.), había una chica llamada Etta que deseaba ardientemente cursar estudios superiores y prepararse para servir al Señor. Había estado dos años orando para conseguir el dinero de la matrícula. La situación parecía imposible.

¿Temporada de trajín o de reflexión?

Hace varias Navidades estaba yo en la puerta de un moderno centro comercial admirando un precioso pesebre que exhibían en la vitrina cuando pasó presurosa una madre con su hijita. Al ver el atractivo nacimiento, la niña tomó la mano de su madre y exclamó:

—¡Mamá, mamá! ¡Paremos un momentito a mirar a Jesús!

Es así porque lo dice Dios

Bien sabemos que la gente no siempre es capaz de cumplir sus promesas; pero Dios siempre lo hace. La Palabra de Dios dice que Él «es poderoso para hacer todas las cosas mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos»1. Él mismo avala Sus promesas. Por eso, tómale la palabra en tu hora de necesidad, y Él no te defraudará.

Reservado para Él

Algunas de las personas que sufren de mayor soledad en el mundo viven rodeadas de gente. Sin embargo, tienen la sensación de que nadie las comprende, es decir, de que nadie conoce quiénes son en realidad. Anhelan dialogar con alguien acerca de sus intereses, encontrar a alguien a quien contarle sus cuitas, alguien capaz de ponerse en su lugar. Muchas veces ni siquiera nuestro compañero o compañera de toda la vida, nuestro amigo o amiga más íntimo, nos conoce o comprende cabalmente, ya que en toda vida hay una o dos puertas cerradas con cerrojo que nadie traspasa excepto uno mismo.

Dios con nosotros

Algunas personas no alcanzan a comprender cómo es que Dios bajó del Cielo y se encarnó; pero así fue. A mí no me resulta extraño. Es más, no me cuesta creerlo porque todos los días veo nacer a Jesús en el corazón de las personas. Él viene a morar en nosotros y transforma nuestra vida. Eso para mí es un gran milagro.

Una vida extraordinaria

La clave para acercarse a Dios está en la oración y en la comunión con Él por medio de la meditación en Su Palabra. Pero no se trata de abrir rápidamente la Biblia. Estoy convencida de que si muchos cristianos son incapaces de sacarle suficiente provecho a la meditación no es porque cierren enseguida la Biblia, sino porque la abren muy rápido.

El valle de lágrimas

En hebreo, la palabra bakah significa llanto o lágrimas, y en tiempos bíblicos había un valle en Israel conocido por ese nombre. En sentido figurado, todos hemos pasado alguna vez por el valle de lágrimas, un lugar de sufrimiento, de pesar, de penalidades, un sitio árido, desértico y polvoriento.

Las luces del litoral

Cuando la salud de mi esposo se fue quebrantando y yo iba a verlo al hospital, me fijaba en los pacientes tendidos en sus camas y en los que aguardaban en las salas de espera, y trataba de imaginarme su sufrimiento. Algunos, particularmente los muy ancianos, se pasaban día tras día acostados, sin ninguna compañía. Durante un mes acudí todos los días sin falta al hospital, y nunca fue nadie a visitarlos. Nadie se hizo siquiera un ratito para ir a verlos.

Metamorfosis

En cierta ocasión asistí a una reunión en la que un muchacho de 16 años entonó varias canciones cristianas. Su rostro resplandecía con el gozo del Señor. Después supe que se había criado en un ambiente sumamente pernicioso. Desde los 12 años lo habían obligado a salir a robar para mantener a su familia. Al cabo de un año robaba también para costear su propia adicción a las drogas, producto de su vida delictiva. Durante años se paseó por diversos correccionales: quedaba libre y lo volvían a detener. Un día unos jóvenes lo conocieron en la calle y le mostraron cómo recibir a Jesús. Su vida se transformó.

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