Curtis Peter van Gorder

Curtis Peter van Gorder es escritor, facilitador y mimo. Vive en Alemania. V. el sitio web Elixir Mime.

Las semillas de un jardín

Paseando por uno de los jardines botánicos de Calcuta (India), me cautivaron los colores vivos y radiantes de las flores. Por unas horas me sentí transportado a un mundo magnífico, lejos del bullicio de la ciudad. Al salir pasé por la oficina para felicitar al personal por el buen trabajo que habían hecho en la disposición y el cuidado de las plantas.

Formar nuevos hábitos

El mes de enero, cuando se celebra el Año Nuevo en casi todo el mundo, toma su nombre del dios romano Jano. Dado que este tenía dos caras, podía ver simultáneamente el año que había terminado y el que estaba empezando. Era el dios de los comienzos y el guardián de las puertas.

El cesto de la ropa

Hace un tiempo leí unos consejos para llevarse bien con los demás:

1) Hablar con optimismo y buen humor.
2) Sonreír.
3) Llamar a las personas por su nombre.

Cabinas telefónicas abandonadas

Una ciudad en la que viví en cierta época está hoy en día salpicada de cabinas de teléfono abandonadas y obsoletas. Permanecen vacías y en silencio, fantasmales recordatorios de la utilidad que tuvieron en otro tiempo. Hoy simplemente ocupan espacio en las aceras, y solo las usan algunas arañas que en un dos por tres tejen su tela en un recoveco. Hace diez o veinte años esas cabinas constituían un medio vital de comunicación. Sustituidas por los teléfonos móviles, mucho más prácticos y con muchas más funciones, son reliquias que no merece la pena ni mantener ni eliminar.

Un mundo de posibilidades

Sabiendo que participo activamente en varias obras de caridad aquí en la India, un conocido me presentó a unos amigos suyos del ámbito empresarial en una fiesta a la que asistimos. Se suscitó una conversación en torno a The Giving Pledge —que podría traducirse como el compromiso de dar—, una iniciativa encabezada por Bill y Melinda Gates y Warren Buffett. Los tres plantearon hace un tiempo a 40 multimillonarios estadounidenses el reto de donar, en el transcurso de su vida, al menos el 50% de su patrimonio a causas filantrópicas y sociales.

Algo a partir de la nada

Estando de visita en casa de mi padre el día en que él cumplía ochenta y cinco años, tuve oportunidad de ver algunas viejas películas de la familia que mostraron. Nos divertimos mucho viendo a mi hermano gatear, jugar con los cachorros y comer del plato de los perros cuando tenía un año. ¡Quién iba a decir que aquel tierno bebito se convertiría en un distinguido profesor universitario y conferencista de talla internacional! Eso me hizo pensar en cómo Dios crea personas excepcionales a partir de individuos anodinos. 

La fragancia de las flores

Habiendo nacido antes de que se inventara la Internet, a veces, cuando veo a alguien escribiendo frenéticamente mensajes de texto, me pregunto cómo habría sobrevivido en los tiempos de Maricastaña, cuando para comunicarse por escrito se necesitaba una maquinita de 15 kilos, líquido corrector o una goma de borrar, ir a correos, hacer cola para comprar una estampilla, esperar una semana o dos a que la carta llegara a su destino, y otras dos semanas a que nos llegara la respuesta.

Refugio de meditación

En cierta ocasión visité un monasterio que se construyó sobre las ruinas de una antigua fortaleza romana, emplazada sobre un elevado peñasco del desierto sirio. Tan empinados eran los últimos 300 peldaños de acceso que en ese trecho había que subir las provisiones mediante un sistema de cables y poleas. Al llegar a la cumbre, tres arcadas de piedra nos dieron a entender a mí y a los peregrinos que me acompañaban que nos estábamos aproximando a un santuario.

¿A puerta cerrada?

En un curso de literatura de la secundaria estudiamos la obra de teatro A puerta cerrada, de Jean-Paul Sartre, en la que los moradores del infierno estaban confinados en una sala. No tenían nada más que hacer que enfrascarse en discusiones infructuosas y carentes de sentido.

En un artículo de David Brandt Berg titulado La puerta verde, el infierno era un lugar impecable parecido a un hospital, en el que había un sinfín de habitaciones llenas de personas que se dedicaban más o menos a lo mismo que habían hecho en la Tierra, solo que sin esperanza de lograr nada útil: unos científicos realizaban experimentos interminables que no arrojaban resultados; los soldados libraban combates que no cesaban nunca; los trenes nunca llegaban a su destino, y las naves espaciales jamás lograban despegar. Nunca se conseguía nada. En Infierno, la primera parte del poema épico La divina comedia, de Dante, se describe una parte de ese lugar de tormento como una sucesión interminable de montañas que hay que escalar una tras otra.

Relámpagos divinos

De vez en cuando tenemos noticia de algún acontecimiento tan inexplicable que quienes lo vivieron están convencidos de que fue un milagro. Los demás necesitamos fe para creer esos testimonios: fe en que los milagros son posibles y fe en quienes los cuentan. La fe, en todo caso, puede ser muy gratificante. Si creemos que otros han vivido experiencias imposibles, nos resulta más fácil creer que esas experiencias también nos pueden acontecer a nosotros.

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