Akio Matsuoka

Akio Matsuoka ha sido misionero y voluntario durante 45 años, tanto en el Japón —su país natal— como en el extranjero. Vive en Tokio.  

Pepinos salados

Una amiga mía me mostró un montón de pepinos viejos que se proponía conservar en sal.

—¿Los pepinos viejos se pueden comer? —le pregunté.

—Estos están bastante secos, pero son buenos para encurtir —me respondió, segura de lo que decía.

El reflejo del Cielo

Un amigo me mostró una foto que tomó en el Jardín Nacional Shinjuku Gyoen, un amplio parque situado en el bullicioso centro de Tokio. En la imagen aparecía un cielo azul brillante enmarcado en el verde de los árboles. Cuando lo elogié por aquella hermosa foto, le hizo gracia: «En realidad la estás mirando al revés. Este es el reflejo del cielo en el lago».

La miré más de cerca y vi que tenía razón. Lo que mis ojos habían interpretado como un paisaje era en realidad el reflejo del mismo en la superficie del lago, casi una ilusión óptica. Me quedé sorprendido por la claridad con la que el cielo y los alrededores se veían reflejados en aquellas aguas serenas. Me hizo pensar en lo maravilloso que sería que mi vida reflejara con la misma perfección la paz y quietud del Cielo.

Nuestro rol en la vida

—Sabía que vendrías —me dijo una abuelita de constitución frágil mientras me tomaba la mano con firmeza.

Faltaba poco para la Navidad y, como en años anteriores, estaba visitando con mis hijos hogares de ancianos y orfanatos. En estos últimos hacíamos todo lo posible para distraer a los niños con juegos y presentaciones artísticas. Además repartíamos regalos proporcionados por nuestros patrocinadores. En los centros para la tercera edad también entregábamos pequeños obsequios y hacíamos un show. Sin embargo, ahí la sola presencia de mis hijos bastaba para deleitar a los residentes.

Lo más importante

—He vivido tan ajetreada que no he tenido tiempo de pensar —me comentó una mujer de cuarenta años que padecía una enfermedad terminal cuando visité una residencia para pacientes desahuciados—. Tendida en esta cama me he dado cuenta de que casi no conozco a mi marido, a mis hijos y a mi suegra, que vive con nosotros. He estado pendiente de atenderlos —haciendo las compras, cocinando, lavando la ropa, limpiando, ayudándolos con las tareas escolares— y, sin embargo, no puedo afirmar que sepa lo que piensan o lo que los preocupa. No sabría decirte cuándo fue la última vez que tuve una conversación profunda con uno de ellos.

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