David Bolick

David Bolick nació en los Estados Unidos y desde 1974 ha vivido en diversos países latinoamericanos, donde se ha desempeñado como misionero, traductor, profesor de inglés y escritor independiente. Desde 1991 es corredor aficionado —con varias maratones y carreras de trail en su haber—y encuentra estimulantes los deportes de resistencia. Tiene tres hijas, cuatro nietos y actualmente reside en Guadalajara (México) con Aldina, su esposa portuguesa.

Cambio de perspectiva

El otro día leí en Internet un artículo del rabino Evan Moffic, que para mí tiene mucho sentido. El último párrafo decía así:

«La vida» —expresó una vez el filósofo Soren Kierkegaard— «solo se puede comprender mirando hacia atrás, pero se ha de vivir mirando hacia adelante». La capacidad de entender nuestra vida en retrospectiva depende de nosotros. No podemos alterar lo sucedido pero sí otorgarle otro significado. Lo que optamos por recordar contribuye a moldear la persona en la que decidimos convertirnos.1

Mantener la calma en la tormenta

Durante buena parte de mi vida he sido muy dado a preocuparme. Mi interpretación de la filosofía de «la eficacia de los pensamientos positivos» y de «mirar el lado bueno de las cosas» siempre fue: «Bah, eso son patrañas. Esos consejos son para cobardes. Yo soy realista. Cuando el camino se pone difícil, me preocupo, y con razón». No es que fuera pesimista, sino que me inquietaba cuando ocurría algo que escapaba a mi control. (Debo admitir que también me angustiaba bastante por cosas que sí controlaba.) No debería sorprender a nadie que con el tiempo, sin yo saberlo, se me formara una úlcera, que luego se agravó1.

Muchas olas se dejan pasar

Sin otras opciones de empleo en aquel momento, mi situación no era muy feliz que digamos. Mi jefe me hacía la vida imposible. Era egoísta, maleducado y vulgar. Sin embargo, al igual que el gerente incompetente de la teleserie The Office, se creía el mejor amigo de todos. Cada vez que yo trataba de explicarle las cosas que me molestaban, él me escuchaba atentamente y me daba las gracias; pero luego seguía igual. No modificaba su comportamiento ni un ápice. A pesar de que presenté una queja a su superior, nada cambió.

Parecía que estaba condenado a trabajar indefinidamente en aquel ambiente estresante, sin posibilidad de ejercer control alguno sobre los incidentes que se producían, algunos un poco fastidiosos y otros francamente escandalosos. Uno de estos últimos me llevó por fin a la desesperación. Aunque no había nada que pudiera hacer para cambiar la situación, la rabia que tenía dentro me iba a destruir si no hallaba la forma de liberarme de ella.

Apunta alto, acaba con garra

Leí un artículo en una revista de corredores en el que se explicaba que la cafeína puede mejorar el rendimiento de un atleta por cuanto disminuye la percepción de fatiga. Lo probé en una maratón, y efectivamente no solo logré mi mejor marca personal, sino que lo hice a pesar de que gasté valiosas energías conversando con otro corredor durante toda la primera mitad de la carrera. Si hubiera entendido que me estimularía la lengua tanto como las piernas y me hubiera concentrado más en la carrera, estoy seguro de que podría haber logrado un resultado aún mejor.

Vivir tranquilo y feliz

Venid a Mí todos los que estáis trabajados y cargados, y Yo os haré descansar. Llevad Mi yugo sobre vosotros, y aprended de Mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas; porque Mi yugo es fácil, y ligera Mi carga.

Jesús, en Mateo 11:28–30

No necesito luz propia

Hace varias noches mi esposa y yo estuvimos contemplando el atardecer desde la terraza. Nos quedamos hasta que se empezaron a ver estrellas. Como suele suceder, la primera en aparecer fue el lucero de la tarde. Al cabo de una hora o más todavía era la más brillante en aquella noche sin Luna. No había otra que la igualara. Se podría decir que el lucero de la tarde está en una injusta situación de ventaja sobre las demás estrellas, pues en realidad se trata del planeta Venus, que se hace pasar por estrella. Al igual que la Luna, no emite luz propia; se limita a reflejar la del sol.

La solución del martín pescador

Cuando entró en servicio en Japón el tren bala Sanyo Shinkansen, las personas que residían cerca de la línea férrea se quejaron del ruido. Aproximadamente la mitad de la línea está en túneles. Al salir el tren de esos túneles se producía un ruido explosivo por un cambio repentino en la presión del aire.

Los ingenieros estudiaron el problema hasta que uno de ellos recordó haber leído algo sobre un ave, el martín pescador, que posee una singular característica de diseño.

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