Elsa Sichrovsky

Elsa Sichrovsky es escritora independiente. Vive con su familia en Taiwán. 

Un conducto

Entré despacito a mi clase de conversación en japonés y me senté cansinamente en mi puesto habitual. La fatiga y sobrecarga mental se hacían sentir aquel último semestre lectivo. Al acercarse la graduación, interiormente me abrumaba la idea de tener que salir a buscar empleo y terminar al mismo tiempo la fase final de mis estudios. Además, de todas las materias, aquella era la peor. Me resultaba pesadísimo retorcer la lengua durante 3 horas para lograr las cadencias de conversación en un idioma distinto del mío.

Los renglones torcidos de Dios

Cuando niña escuchaba con frecuencia la frase: «Orar no es lo menos que se puede hacer, sino lo máximo». Pensaba que cualquier situación podía resolverse rezando con fervor. A mis 9 añitos de edad, cuando mi papá me contó que a nuestro amigo Jim le habían diagnosticado cáncer, decidí que iba a rogar fervientemente para que se mejorara. Jim tenía una mujer y tres hijos todavía en edad escolar. Seguramente Dios no sería tan cruel como para quitárselo a todas esas personas que dependían de él. Cada día dedicaba 10 minutos a rezar por Jim. Inicialmente hubo señales alentadoras de que mis oraciones eran escuchadas. El tumor se iba reduciendo y él se sentía más fuerte. Mis plegarias estaban dando resultado.

Madurar por medio del fracaso

Otra larga jornada laboral tocaba a su fin. En mi primer semestre como profesora de inglés cada día se me presentaban múltiples pruebas y obstáculos que no lograba superar. No sé por qué, pero los conceptos que intentaba hacer entender a mis alumnos les resultaban esquivos. Por eso gruñía después, cuando tenía que revisar sus exámenes. El director del colegio me había comentado que mis alumnos no estaban haciendo suficientes progresos en su inglés. Los padres se quejaban de mi metodología de manejo del aula. Es decir, era un fracaso en todos los aspectos de mi trabajo.

Mi orientador profesional

Cuando egresé de la universidad estaba decidida a ser traductora profesional a plena dedicación. Durante cuatro años dediqué todo mi tiempo libre a estudiar mi par de idiomas y tomar cursos de traducción. Me fascinaba la estimulante y a la vez exigente tarea de traducir significados de un idioma a otro y ya desde hacía varios años había sido traductora voluntaria.

Espera en Él

Después de graduarme de la universidad estaba contenta de dejar atrás mis libros y estudios y no veía la hora de sumirme en todas las experiencias nuevas que me aguardaban en el campo laboral. Había sido buena estudiante. Estaba segura de que gracias a mi dominio de un idioma extranjero y mi buena ética profesional obtendría un trabajo que pusiera a prueba mis dotes en el campo que más me interesaba. Sin embargo, al no recibir ninguna oferta realmente interesante después de enviar mi primera tanda de currículos, me di cuenta de que aquel flamante y atractivo trabajo no me iba a salir tan pronto como esperaba.

Pon guarda a mis manos

La Biblia habla bastante del poderoso efecto de nuestras palabras. Uno de mis versículos preferidos es: «Señor, pon guarda a mi boca; vigila la puerta de mis labios».1 Naturalmente, la Biblia se escribió mucho antes de la era actual de aplicaciones de redes sociales y mensajería; de ahí que no menciona nada acerca del efecto beneficioso o perjudicial que podría tener el uso de los dedos para escribir mensajes.

Mi Navidad universitaria

En la Nochebuena de mi segundo año de universidad me proponía sentir la magia de la Navidad, pero por mucho que me esforzaba los resultados eran penosos. En parte se debía a que la emoción del primer año ya había pasado y me encontraba resistiéndome a la típica fatiga de fin de semestre, además del sentimiento de impotencia que me generaba una tarea con la que no lograba lidiar. Mientras aguardaba afuera de la oficina de mi profesor para hablar con él sobre el problemático ensayo, recordaba melancólicamente la alegría de las festividades navideñas de cuando era niña, desprovistas de toda preocupación.

Amar mientras pueda

Las discusiones con mis padres fueron una mancha en mis años de universidad. Discutíamos sobre cuánto tiempo dedicaría a mi vida social, sobre mi nueva afición por los programas de entrevistas y tertulias en televisión, mi intención de comprarme una motocicleta y un montón de otras cosas, que en retrospectiva resultan triviales, pero que en aquel momento eran muy importantes para mí. En todo ese periodo yo veía a mis padres como unos tutores chapados a la antigua, que me impedían disfrutar plenamente de mi juventud.

Una fe revitalizada

Yo me crié en un hogar cristiano, con padres cristianos muy entregados a su labor. Orábamos antes de salir, cuando nos subíamos al auto, antes de cocinar, antes de empezar nuestros quehaceres y, por supuesto, antes de dormir. Los estantes de libros estaban llenos de obras devocionales y biblias para niños y en las tardes veíamos dibujos animados de la Biblia.

Vivir con alegría

Mientras revisaba los titulares de un portal de noticias vi lo siguiente: «Es un luchador: Guo Youming se niega a sucumbir ante una extraña dolencia». Intrigada, abrí el artículo y me puse a leer la increíble historia de Guo Youming.

<Page 1 of 4>
Copyright 2021 © Activated. All rights reserved.