Elsa Sichrovsky

Elsa Sichrovsky es escritora independiente. Vive con su familia en Taiwán. 

Espera en Él

Después de graduarme de la universidad estaba contenta de dejar atrás mis libros y estudios y no veía la hora de sumirme en todas las experiencias nuevas que me aguardaban en el campo laboral. Había sido buena estudiante. Estaba segura de que gracias a mi dominio de un idioma extranjero y mi buena ética profesional obtendría un trabajo que pusiera a prueba mis dotes en el campo que más me interesaba. Sin embargo, al no recibir ninguna oferta realmente interesante después de enviar mi primera tanda de currículos, me di cuenta de que aquel flamante y atractivo trabajo no me iba a salir tan pronto como esperaba.

Pon guarda a mis manos

La Biblia habla bastante del poderoso efecto de nuestras palabras. Uno de mis versículos preferidos es: «Señor, pon guarda a mi boca; vigila la puerta de mis labios».1 Naturalmente, la Biblia se escribió mucho antes de la era actual de aplicaciones de redes sociales y mensajería; de ahí que no menciona nada acerca del efecto beneficioso o perjudicial que podría tener el uso de los dedos para escribir mensajes.

Mi Navidad universitaria

En la Nochebuena de mi segundo año de universidad me proponía sentir la magia de la Navidad, pero por mucho que me esforzaba los resultados eran penosos. En parte se debía a que la emoción del primer año ya había pasado y me encontraba resistiéndome a la típica fatiga de fin de semestre, además del sentimiento de impotencia que me generaba una tarea con la que no lograba lidiar. Mientras aguardaba afuera de la oficina de mi profesor para hablar con él sobre el problemático ensayo, recordaba melancólicamente la alegría de las festividades navideñas de cuando era niña, desprovistas de toda preocupación.

Amar mientras pueda

Las discusiones con mis padres fueron una mancha en mis años de universidad. Discutíamos sobre cuánto tiempo dedicaría a mi vida social, sobre mi nueva afición por los programas de entrevistas y tertulias en televisión, mi intención de comprarme una motocicleta y un montón de otras cosas, que en retrospectiva resultan triviales, pero que en aquel momento eran muy importantes para mí. En todo ese periodo yo veía a mis padres como unos tutores chapados a la antigua, que me impedían disfrutar plenamente de mi juventud.

Una fe revitalizada

Yo me crié en un hogar cristiano, con padres cristianos muy entregados a su labor. Orábamos antes de salir, cuando nos subíamos al auto, antes de cocinar, antes de empezar nuestros quehaceres y, por supuesto, antes de dormir. Los estantes de libros estaban llenos de obras devocionales y biblias para niños y en las tardes veíamos dibujos animados de la Biblia.

Vivir con alegría

Mientras revisaba los titulares de un portal de noticias vi lo siguiente: «Es un luchador: Guo Youming se niega a sucumbir ante una extraña dolencia». Intrigada, abrí el artículo y me puse a leer la increíble historia de Guo Youming.

Conserva la calma y sigue adelante

Estaba yendo a visitar a una amiga. Al acercarse el bus al hospital donde ella estaba internada, el nerviosismo se apoderó de mí. No sabía bien cómo saludarla en una situación así. Mi amiga siempre ha sido enfermiza. En el último año había luchado por superar varias infecciones agresivas. En esta ocasión había tenido complicaciones luego de una cirugía mayor.

Fluir con la corriente

Hace unos años participé en una obra voluntaria que operaba un comedor para estudiantes de escasos recursos. Los dos primeros años ayudé con el aseo de la cocina, la compra de provisiones y la preparación de las comidas. Me resultaba gratificante saber que contribuía a producir comidas equilibradas, deliciosas y, sin embargo, económicas. Los directivos tomaron nota de mi diligencia y me encargaron tareas de mayor responsabilidad en el manejo de los recursos económicos y la confección del menú.

Mis ojos

De niña tenía un ojo perezoso y visión borrosa, lo que me obligó a usar lentes desde los siete años. Para evitar que mi miopía empeorase, me fijaron normas muy estrictas en cuanto a la lectura. No podía leer de noche, solo sentada frente a mi escritorio, con una buena lámpara y buena postura. Debía minimizar el tiempo que veía la televisión o películas, así como cualquier actividad que me cansara la vista, ya fuera pintar, coser o hacer manualidades.

¿De quién es el tiempo?

Hace poco le comenté a una amiga que me sentía agobiada y estresada por mi trabajo, muy ansiosa. Como antídoto, ella me recomendó que pasara más tiempo meditando sobre la bondad de Dios y estudiando Su Palabra.

—Pero no tengo tiempo —protesté.

—¿Cómo que no tienes tiempo? —me insistió.

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