Elsa Sichrovsky

Elsa Sichrovsky es escritora independiente. Vive con su familia en Taiwán. 

Una fe revitalizada

Yo me crié en un hogar cristiano, con padres cristianos muy entregados a su labor. Orábamos antes de salir, cuando nos subíamos al auto, antes de cocinar, antes de empezar nuestros quehaceres y, por supuesto, antes de dormir. Los estantes de libros estaban llenos de obras devocionales y biblias para niños y en las tardes veíamos dibujos animados de la Biblia.

Vivir con alegría

Mientras revisaba los titulares de un portal de noticias vi lo siguiente: «Es un luchador: Guo Youming se niega a sucumbir ante una extraña dolencia». Intrigada, abrí el artículo y me puse a leer la increíble historia de Guo Youming.

Conserva la calma y sigue adelante

Estaba yendo a visitar a una amiga. Al acercarse el bus al hospital donde ella estaba internada, el nerviosismo se apoderó de mí. No sabía bien cómo saludarla en una situación así. Mi amiga siempre ha sido enfermiza. En el último año había luchado por superar varias infecciones agresivas. En esta ocasión había tenido complicaciones luego de una cirugía mayor.

Fluir con la corriente

Hace unos años participé en una obra voluntaria que operaba un comedor para estudiantes de escasos recursos. Los dos primeros años ayudé con el aseo de la cocina, la compra de provisiones y la preparación de las comidas. Me resultaba gratificante saber que contribuía a producir comidas equilibradas, deliciosas y, sin embargo, económicas. Los directivos tomaron nota de mi diligencia y me encargaron tareas de mayor responsabilidad en el manejo de los recursos económicos y la confección del menú.

Mis ojos

De niña tenía un ojo perezoso y visión borrosa, lo que me obligó a usar lentes desde los siete años. Para evitar que mi miopía empeorase, me fijaron normas muy estrictas en cuanto a la lectura. No podía leer de noche, solo sentada frente a mi escritorio, con una buena lámpara y buena postura. Debía minimizar el tiempo que veía la televisión o películas, así como cualquier actividad que me cansara la vista, ya fuera pintar, coser o hacer manualidades.

¿De quién es el tiempo?

Hace poco le comenté a una amiga que me sentía agobiada y estresada por mi trabajo, muy ansiosa. Como antídoto, ella me recomendó que pasara más tiempo meditando sobre la bondad de Dios y estudiando Su Palabra.

—Pero no tengo tiempo —protesté.

—¿Cómo que no tienes tiempo? —me insistió.

Un hermano mayor

Cuando tenía nueve años, un día fui a una piscina con mi hermano mayor. Yo todavía no nadaba muy bien. Apenas sabía nadar como un perrito y flotar de espalda. Mi hermano mayor, en cambio, era un excelente nadador. Por eso mis padres lo enviaban conmigo, para que me vigilara. Aquella mañana él y yo habíamos discutido por algo que ni recuerdo; de ahí que estuviera molesta por la insistencia de mis padres en que él me acompañara. Estaba resuelta a hacer lo que me diera la gana e insistí en nadar de punta a punta por mi cuenta.

Un héroe atípico

Cuando yo era una chiquilla idealista de catorce años leí un libro sobre David Brainerd. Me gustaba mucho leer historias de misioneros como David Livingstone, C. T. Studd y Amy Carmichael. Parecía que ellos no habían tenido problemas para lograr conversos devotos que justificaran visiblemente todos sus sacrificios. La vida de Brainerd, en cambio, tuvo un trágico comienzo. Recuerdo muy claramente la edad a la que leí su biografía porque es la edad que tenía él cuando quedó huérfano. Yo todavía tenía a mis padres y muchos años por delante para disfrutar de su compañía.

El que no cojea renquea

En general me considero una persona afable y presta a perdonar. Sin embargo, en la universidad pasé por una experiencia que puso a prueba mi capacidad de perdón. Resulta que me encargaron que preparara una presentación sobre literatura inglesa moderna juntamente con un compañero de curso, Matt; pero él desde el principio me crispaba los nervios.

Una amistad para una etapa

Vanessa se despidió con la mano cuando se cerraron las puertas. El tren arrancó, llevándose una amistad de seis años. Nos habíamos conocido en la secundaria. Nuestro interés común en la escritura de cuentos y nuestra coincidencia de gustos en cuanto a novelas forjaron entre nosotras una amistad inquebrantable, que perduró a pesar de los altibajos típicos de la adolescencia. Ella había obtenido una beca y se iba al extranjero a estudiar su carrera. Yo sentí que mi vida tocaba fondo; no sabía cómo iba a seguir adelante. Aunque yo siempre había sabido que un día ambas nos iríamos de casa y tomaríamos distintos caminos, el día en que eso ocurrió, me hundí.

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