Iris Richard

Iris Richard tiene siete hijos y seis nietos. Vive con su marido en Kenia, donde participa, desde hace 21 años, en labores misioneras y programas de ayuda humanitaria. Es enfermera y consejera. 

El poder de la gratitud

En un videoclip que vi en YouTube hace algún tiempo una de los participantes del panel hablaba sobre una época difícil de su vida que la había sumido en una grave depresión. Una amiga le aconsejó que hiciera una lista de mil motivos por los que estar agradecida. A raíz de eso comenzó a llevar un registro de las cosas buenas que se cruzaban en su camino todos los días. Poco a poco la marea de negatividad se disipó.

La sonrisa del abuelo

Estaba cubierto por las típicas sábanas blancas de hospital y conectado a un enjambre de tubos y cables. Al acercarme, casi no lo reconozco. Estaba pálido, con las mejillas hundidas. Pero cuando abrió los ojos y me sonrió, casi no pude evitar desplomarme en sus brazos como siempre lo había hecho. El abuelo, a quien amaba más que a nadie en el mundo, había sufrido un grave infarto.

El tapiz de mi vida

¿Has tenido alguna vez la sensación de que la vida te llevaba por mal derrotero o de que las cosas no estaban destinadas a salirte bien? Hubo una época de mi vida en que nada parecía tener sentido, como los hilos desordenados del revés de un tapiz.

Semillas en tierra fértil

Fred tenía 19 años cuando nuestros caminos se cruzaron. Por aquel tiempo él era un joven desorientado, ambicioso, en busca del sentido de la vida. Se había ido de casa siendo todavía un adolescente, y había intentado de todo para ganarse la vida. Lamentablemente también tomó algunas decisiones desacertadas. Con todo, tenía muchas posibilidades de cambiar, muchas aptitudes y buena disposición para aprender.

El gran salto

Nevaba cuando fuimos a empacar los últimos enseres en el contenedor que aguardaba en el lugar señalado de un parque industrial, casi listo para ser despachado. Aquel era el último viaje que hacíamos al contenedor antes de que partiera por mar con una carga de efectos personales y artículos donados que nos servirían para construir una nueva vida. Habíamos vaciado la casa y vendido todo lo que no podíamos llevarnos, nos habíamos despedido de nuestros amigos y familiares y estábamos listos para irnos. Nos trasladábamos a Kenia.

En todas partes está Jesús

Quedé atrapada en un espantoso atasco de tráfico en la congestionada ciudad en la que vivo. La interminable fila de automóviles, camiones y autobuses se movía apenas a paso de tortuga. Solo los peatones, las motos y las bicicletas lograban avanzar un poco, serpenteando entre los carriles de vehículos. El aire viciado por los densos gases de los tubos de escape me revolvía el estómago. Con los labios apretados de impaciencia, me quedé observando la vereda sin pavimentar, todavía encharcada y fangosa por el aguacero caído poco antes. Entre los vendedores ambulantes que ofrecían frutas, verduras y artículos de segunda mano sobre lonas en el suelo alcancé a ver a un niño tullido, no mayor de siete años, que mendigaba con la mano extendida.

¡Primero la rana!

Por naturaleza soy una persona que se deja llevar por la inspiración del momento. Hace mucho que me molesta que sea tan dispersa para fijarme objetivos. Así que me puse a buscar un método eficaz para hacer todo lo que tengo en mi agenda. Me resulta muy fácil empezar por lo que me gusta o me atrae, pero lamentablemente esa estrategia suele llevarme a postergar otras cosas, sobre todo teniendo en cuenta que con frecuencia mis trabajos preferidos no son los más importantes o prioritarios. Y como lo importante no se resuelve por arte de magia, después me las veo negras para cumplir con todo.

¿Quién es mi prójimo?

Estaba frente a un grupo de alumnos de ocho y nueve años de una escuela dominical, leyendo en una Biblia bien ilustrada estilo historieta la conocida parábola del buen samaritano1. El relato terminaba con la pregunta que planteó Jesús:

—¿Cuál de estos tres piensas que demostró ser el prójimo del que cayó en manos de los ladrones?

—El que se compadeció de él —contestó el experto en la ley.

El hilo de oro

Antes de meterme de lleno en la jornada de trabajo y lidiar con una larga lista de asuntos pendientes, me detuve una media hora para hacer una lectura devocional, acompañada de oración y meditación. La Biblia se abrió al azar por Hebreos 11, que se conoce como el capítulo de la fe. Mientras leía los increíbles milagros que ha obrado la fe a través de los tiempos, me di cuenta de que muchas de esas cosas también han ocurrido en mi vida. En vista de que acababa de cumplir 60 años, pasé un rato reflexionando sobre todo lo que llevo recorrido hasta ahora y redacté mi propio capítulo de la fe:

¿Hablar o escuchar?

La pequeña cafetería de nuestro lugar de trabajo bullía de cháchara. Mis colegas estaban sentados en grupos, y las conversaciones se entrecruzaban. Aquella mañana se me ocurrió que tenía poco que aportar y opté por sentarme sola. Mirando por la ventana me dejé llevar por el penoso recuerdo de una pérdida reciente, y pensé también en algunos conflictos que habían asomado en mis relaciones laborales y en un trastorno de salud persistente. Me intrigaba cuándo llegaría al mentado final del túnel donde vuelve a brillar el sol.

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