Iris Richard

Iris Richard es consejera. Vive en Kenia, donde ha participado activamente en labores comunitarias y de voluntariado desde 1995.

La ruta hacia la fe

Nací en el año 1955 en una familia de obreros alemanes. Por aquel entonces Alemania estaba en proceso de reconstrucción, luego de la devastación producto de la Segunda Guerra Mundial. El lema familiar de mi niñez era «trabajar mucho y aguantar». La vida era dura, las provisiones escasas y mis dos padres trabajaban para salir adelante. Casi todas las tardes mi hermana y yo encontrábamos la casa vacía al volver del colegio. En nuestra familia no se hablaba mucho de la fe o la oración, ni quedaba tiempo siquiera para atender nuestras necesidades emocionales.

Willie y los favores de cinco minutos

Ya terminábamos de distribuir cincuenta paquetes de diez kilos de ayuda a gente de bajos recursos —la mayoría viudas y discapacitados— en un salón a las afueras de uno de los barrios pobres más grandes de África Oriental.

Satisfecha por la labor realizada, yo estaba a punto de partir cuando Sally, una colega, tomó el último paquete y propuso:

Cuando las arcas están vacías

Cierta mañana leí un pasaje de los Hechos, en que Pablo, en su charla de despedida a la iglesia de Éfeso, habla acerca de vivir una vida generosa y trabajar arduamente para asegurarse de tener siempre algo que dar a los pobres, y que es más bienaventurado dar que recibir.1 Yo no tenía la menor idea de que pocas horas después iba a ser probada en esos mismos principios.

Opa y yo

Mi abuelo —a quien apodaba «Opa»— y yo éramos muy cómplices. Él me agudizaba los sentidos y en nuestras caminatas semanales por los bosques compartía conmigo su amor por la naturaleza.

Todos los fines de semana yo esperaba ansiosamente el momento en que me llevaran al apartamento de Opa y Oma, de dos ambientes, en un pequeño pueblo en el corazón del distrito industrial de Alemania.

El poder de la gratitud

En un videoclip que vi en YouTube hace algún tiempo una de los participantes del panel hablaba sobre una época difícil de su vida que la había sumido en una grave depresión. Una amiga le aconsejó que hiciera una lista de mil motivos por los que estar agradecida. A raíz de eso comenzó a llevar un registro de las cosas buenas que se cruzaban en su camino todos los días. Poco a poco la marea de negatividad se disipó.

La sonrisa del abuelo

Estaba cubierto por las típicas sábanas blancas de hospital y conectado a un enjambre de tubos y cables. Al acercarme, casi no lo reconozco. Estaba pálido, con las mejillas hundidas. Pero cuando abrió los ojos y me sonrió, casi no pude evitar desplomarme en sus brazos como siempre lo había hecho. El abuelo, a quien amaba más que a nadie en el mundo, había sufrido un grave infarto.

El tapiz de mi vida

¿Has tenido alguna vez la sensación de que la vida te llevaba por mal derrotero o de que las cosas no estaban destinadas a salirte bien? Hubo una época de mi vida en que nada parecía tener sentido, como los hilos desordenados del revés de un tapiz.

Semillas en tierra fértil

Fred tenía 19 años cuando nuestros caminos se cruzaron. Por aquel tiempo él era un joven desorientado, ambicioso, en busca del sentido de la vida. Se había ido de casa siendo todavía un adolescente, y había intentado de todo para ganarse la vida. Lamentablemente también tomó algunas decisiones desacertadas. Con todo, tenía muchas posibilidades de cambiar, muchas aptitudes y buena disposición para aprender.

El gran salto

Nevaba cuando fuimos a empacar los últimos enseres en el contenedor que aguardaba en el lugar señalado de un parque industrial, casi listo para ser despachado. Aquel era el último viaje que hacíamos al contenedor antes de que partiera por mar con una carga de efectos personales y artículos donados que nos servirían para construir una nueva vida. Habíamos vaciado la casa y vendido todo lo que no podíamos llevarnos, nos habíamos despedido de nuestros amigos y familiares y estábamos listos para irnos. Nos trasladábamos a Kenia.

En todas partes está Jesús

Quedé atrapada en un espantoso atasco de tráfico en la congestionada ciudad en la que vivo. La interminable fila de automóviles, camiones y autobuses se movía apenas a paso de tortuga. Solo los peatones, las motos y las bicicletas lograban avanzar un poco, serpenteando entre los carriles de vehículos. El aire viciado por los densos gases de los tubos de escape me revolvía el estómago. Con los labios apretados de impaciencia, me quedé observando la vereda sin pavimentar, todavía encharcada y fangosa por el aguacero caído poco antes. Entre los vendedores ambulantes que ofrecían frutas, verduras y artículos de segunda mano sobre lonas en el suelo alcancé a ver a un niño tullido, no mayor de siete años, que mendigaba con la mano extendida.

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