Jewel Roque

Jewel Roque vivió 12 años en la India, donde realizó labores sociales y de consejería cristiana. En el 2010 regresó a California con su marido, Solomon, y sus tres hijos de corta edad. En la actualidad estudia y se desempeña como escritora y correctora independiente.

 

Lo mejor del cielo

Yo tenía quince años, y el viernes era mi día preferido, pues significaba ir a la playa. Todas las semanas nuestro grupo juvenil montaba en el paseo marítimo un espectáculo improvisado de canciones y representaciones teatrales con el objeto de difundir el mensaje del amor de Dios entre los transeúntes.

El día que se rompió la sillita

Estaba muy dichosa de haber tenido otro bebé. Allen era uno de esos niñitos felices y apacibles. Lo ponía en su sillita y —despierto o dormido— se quedaba quietecito mientras yo lo mecía con un pie y escribía en mi portátil. Tenía un trabajo de escritorio que desempeñaba a media jornada, en casa, y estaba contenta de poder seguir haciéndolo aun con un bebé tan pequeño. Me enorgullecía de ser capaz de atender varias cosas a la vez y recibía muchos elogios por ello. El nene fue creciendo y pasaba más ratos despierto; así y todo, le encantaba su sillita mecedora.

En el ardor de las llamas

Sadrac, Mesac, Abednego y su compañero Daniel fueron cuatro jóvenes que hoy en día no serían recordados de no ser por las situaciones extraordinarias en que se vieron.

La historia comienza unos 500 años antes de Cristo, cuando esos cuatro muchachos fueron llevados cautivos lejos de su país por los ejércitos de Nabucodonosor, rey de Babilonia.

Una foto indiscreta

Cuando volvíamos a casa después de salir una tarde con unos amigos, le pregunté al menor de mis hijos si la había pasado bien.

—Sí, más o menos —me respondió—. Es que los chicos se estaban burlando de mí en el parque de juegos.

—¿Por qué? —le pregunté.

Todo lo hizo hermoso

En un día excepcional en que dispuse de un rato libre para organizar mis cosas, me di cuenta de una manera muy mía de ser —nada muy halagüeño—, y es que dejo muchas cosas a medias, al menos de mis asuntos personales. Cuando me llega una tarea con fecha tope, me esfuerzo por terminarla a tiempo. Como alguien espera que yo sea cumplida, procuro no atrasarme para no defraudarlo.

Todo tiene sentido

Fui una niña solitaria que sufría de ansiedad social aguda. No tuve amigas íntimas. Anhelaba que hubiera alguien con quien pudiera hablar confiadamente de cualquier tema y que a su vez no tuviera miedo de contarme todos sus secretos, disfrutar de una amistad en la que pudiera hallar comprensión y aceptación y mostrarme tal cual era. Pero me imaginaba que esas amistades solo existían en los libros.

El árbol serpiente

Cuando era niña, cerca de donde vivíamos había un edificio de departamentos en el que se alojaban estudiantes universitarios. Al final del año lectivo regalaban o vendían a muy bajo precio todo lo que no querían llevarse.

Comer para crecer

El primer versículo de la Biblia que recuerdo haber memorizado fue 1 Pedro 2:2: «Deseen con ansias la leche pura de la palabra, como niños recién nacidos. Así, por medio de ella, crecerán». En aquella época yo tenía poco más de tres años, y acababa de nacer un hermanito mío. Mi madre aprovechó la oportunidad para enseñarnos a los niños mayores que necesitábamos la Palabra de Dios para crecer espiritualmente, tanto como nuestro hermanito recién nacido necesitaba la leche materna para su desarrollo físico. Recuerdo con claridad que me gustó ese versículo; pero siendo una nenita de tres años no llegué a captar la profundidad de la enseñanza.

Viaje en bus

El autobús iba atestado. Yo estaba de pie, con el rostro encendido. El corazón me latía con fuerza. En alguna parte había leído que una mujer encinta en posición de descanso consume más energías que una persona común y corriente trepando una montaña. En todo caso, no era precisamente por estar descansando que tenía el corazón acelerado y la cara al rojo vivo.

El rompecabezas

Los rompecabezas —desde los de madera o goma para niños pequeños hasta los más intrincados de 10.000 piezas o los tridimensionales— son muy eficaces para el desarrollo de habilidades de resolución de problemas, aparte de constituir un agradable pasatiempo para personas de cualquier edad.

Cuando yo tenía 11 años me fascinaban los rompecabezas. Mi madre y yo, para relajarnos, armábamos juntas en la mesa de la cocina rompecabezas cada vez más complejos. Cuando llegaba la hora de comer, cubríamos el rompecabezas con un mantel; después lo retirábamos y nos poníamos otra vez a buscar las piezas faltantes.

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