Joe Johnston

Joe Johnston trabaja como escritor y redactor de libros para otras personas. Vive en México.

Escuchar por las dos

Estábamos en las postrimerías de la temporada. Miami Heat aventajaba por 2 a 1 a los Lakers en el campeonato de baloncesto. El cuarto partido se iba a jugar aquella tarde. Yo andaba atareada. Siempre lo estaba, pero aquel día ella había invitado a alguien a almorzar, así que yo estaba más ocupada que nunca.

Valor neto de un abrazo comun

Los letreros eran simples rectángulos de madera pintada de blanco, que con brillantes letras rojas proclamaban: «ABRAZOS GRATIS». Estaban adornados con flores, corazones y alegres manchas de colores llamativos. Nos dirigimos a nuestro punto de encuentro, en un campus universitario cercano, donde nos reunimos con el resto de nuestro grupo, y emprendimos la marcha por el centro de Guadalajara, México, en busca de desconocidos a quienes prodigar espontáneas muestras de cariño.

Carteles en alto, nos dispersamos, como un imparable ejército de afecto.

Paso a paso pesa a pesa

Un día Joe se fracturó un brazo. Era de esperarse, pues Joe era traceur o practicante de parkour. Para él el mundo era una gran pista de obstáculos. Todo era escalar y saltar, escaparse y estirarse, sobrepasar y rodar por el abarrotado paisaje urbano. Joe se exigía al correr, pasando unas veces sobre autos o muros, y otras por encima de tejados. Había ocasiones en que se excedía. El destino lo observaba de lejos, pendiente de su frágil brazo, a la espera de su oportunidad.

La mañana en que se fracturó el brazo, Joe había salido con dos amigos a ensayar un recorrido que querían filmar para un video casero. Unos cuantos ejercicios de calentamiento le dieron al destino su oportunidad.

Supongamos

Kika tenía seis años, preciosos ojos azules y una sonrisa capaz de derretir un corazón de piedra. Le encantaban los gatitos de peluche, el helado y hacer pompas de jabón. Estaba aprendiendo el alfabeto y a contar hacia atrás partiendo de diez. Pero Kika nunca había dado un pasito en su vida.

Era paralítica de la cintura para abajo por una malformación congénita conocida como espina bífida. Tenía una minisilla de ruedas en la que corría por toda la casa. Bajo las escaleras la esperaba otra más grande para cuando creciera.

La cuarta hoja

Colecciono tréboles de cuatro hojas. Es una especie de pasatiempo, como tejer o tirar a canasta con una pelota de baloncesto.

El noble credo de los coleccionistas de tréboles es que cada hoja representa algo: la primera, esperanza; la segunda, fe; la tercera, amor; y la cuarta, como es lógico, buena suerte. Para la mayoría de los afortunados que encuentran un trébol de cuatro hojas, la cuarta significa un día dichoso, salud, un beso de parte de Dios o quizás un sabroso refrigerio. Para mí, representa otra pieza valiosa en mi colección.

Cinco atributos de Jesús que me encantan

Aleatoriedad: Aunque Jesús cuenta con un complejo plan para todo el universo, me encanta que haga que muchas cosas que no influyen en gran medida en ese plan se produzcan de una forma que en apariencia es totalmente aleatoria; por ejemplo, la textura irregular de la corteza de un árbol, o el lugar de donde brotará la siguiente rama. Aunque tal vez de trate de procesos que no son en absoluto aleatorios, y cada rama tiene que estar en su preciso lugar para que el universo funcione bien. En tal caso, me encanta que lo haga parecer aleatorio.

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