Joyce Suttin

Joyce Suttin es educadora, escritora y frecuente colaboradora de la revista Activated. Vive con su esposo en San Antonio (Texas) y realiza un apostolado en línea para el cual selecciona pasajes, prepara textos para edición y redacta artículos de carácter inspirativo.

El espejo del hobbit

Finalmente logré cambiar algo que me desanimó durante años. Pusimos hace varios años un espejo largo —más bien barato— sobre la cara interna de la puerta de nuestro dormitorio. Lo curioso de aquel espejo es que parecía uno de esos que exhiben en los parques de diversiones. Cuanto más se alejaba uno de él, más bajo y ancho se veía. En son de broma, algunos de mis amigos lo llamaban el espejo del hobbit, pues cuando uno se encontraba en la pared opuesta del recinto, casi se veía como uno de esos seres enanos y rollizos de la novela de Tolkien.

La mano del tejedor

En una tienda de artículos selectos en la que andábamos curioseando con mi nieta encontré en liquidación una chaqueta (saco) de punto lindísima. Estábamos en una zona comercial bohemia disfrutando de la tarde juntas. La chaqueta era de un tono azul que me encanta y de un tipo de algodón que es muy práctico para los veranos de Texas.

Mi Jesús polifacético

En mi niñez, Jesús para mí era como Papá Noel. Sabía que Él notaba si me portaba mal o bien. Si yo quería algo, se lo pedía y me portaba súper bien con la esperanza de recibir lo que había pedido. Tal como a mis profesores del colegio y de la catequesis dominical, era alguien al que había que escuchar y obedecer.

La cámara de hielo

Mi abuelo me mostró la cámara de hielo de su granja lechera por primera vez cuando yo tenía apenas 3 o 4 años. Después de ordeñar las vacas y envasar la leche cruda en botellas esterilizadas en la cremería, las sumergían en agua helada en aquella cámara de hielo. Esa zona no disponía de refrigeración en 1952; apenas un buen aislamiento y una puerta gruesa para mantener fuera el calor. Las botellas de leche se mantenían frescas en una cuba metálica grande llena de agua helada. Cada mañana las cajas de madera con botellas de vidrio se cargaban en el camión lechero cubiertas de grandes trozos de hielo y se repartían en los hogares vecinos. Leche fresca todos los días.

Mi cuarentena del alma

No me di cuenta de lo ocupada que estaba hasta que me detuve. No había cobrado conciencia de lo importante que era para mí andar de acá para allá y relacionarme con la gente hasta que me vi impedida de hacerlo. Nunca reparé en que me estaba estresando con tanta actividad hasta que ya no hubo más actividades y me tuve que quedar en casa inmovilizada por las restricciones del covid-19.

¿Por qué un bebé?

Ahora que aparece nuevamente la Navidad en el horizonte me dio por preguntarme por qué envió Dios a Jesús a la Tierra en Belén encarnado en un bebé. Hemos referido el relato una y otra vez. Yo prácticamente me tengo memorizado el capítulo 2 de Lucas. María va montada a lomos del burro mientras José busca desesperado una posada, los pastores ven ángeles en el campo y los sabios de Oriente persiguen una estrella.

Sentirme bella

Me miré en el muro espejado del gimnasio mientras hacía los movimientos de taichí y me sobrevino una impresión sorprendente. Nunca pensé que era tan bella.

Permítanme explicarme.

¿Quién tiene la culpa?

Hace poco estaba evocando cosas del pasado. Me puse a pensar en decisiones que había tomado y comencé a culpar a los demás por el desenlace de ciertas situaciones. Culpé a mis padres por decisiones que tomaron ellos y que afectaron mi infancia. Culpé a mi colegio por mis inseguridades y por esa sensación que tenía de que nunca alcanzaría el grado de perfección necesario como para triunfar en distintos aspectos. Culpé a mi iglesia por actitudes que tenía hacia Dios y que afectaron mi relación con Él.

El taxista de Nueva York

Pasé unos meses muy duros en la primavera de 1972. Estaba ansiosa por tener un niño, un bebé que cobijar en mis brazos y que fuera mío. Dos veces había sufrido un aborto espontáneo. Le reprochaba a Dios aquellas desilusiones. Se las enrostraba diciéndole: Mira lo que hiciste cuando confié en que responderías a mi oración. Simplemente no lograba desembarazarme de eso y reemprender camino.

Los milagros de la naturaleza

Hoy vi una hoja suspendida en el aire, danzando en el viento, girando y remolineando, pero sin caer. Me detuve a observarla un momento, algo perpleja y confundida, hasta que miré más de cerca y alcancé a percibir un hilo de telaraña pequeñísimo —casi invisible— del que pendía aquella hoja de una rama. En ese momento todo cobró sentido y me di cuenta de que aquello —que un minúsculo hilo pudiera mantener suspendida una hoja agitada con furia por el viento— era una hazaña de la naturaleza.

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