Koos Stenger

Koos Stenger es escritor independiente. Vive en los Países Bajos.

¿Por qué no das algo?

Cuando lo vi venir caminando por la calle me tenté a mirar para otro lado. Era feo, estaba mugriento y evidentemente venía pidiendo dinero. Tal vez si miraba para otro lado no me abordaría y no me vería obligado a interactuar con él.

Mi jornada no había sido muy buena que digamos. En aquella época vivía en Francia y me encontraba reuniendo fondos para una labor misionera vendiendo libros en un puesto de mercado. Hasta ese momento, sin embargo, al cabo de varias horas bajo un sol arrasador, apenas si había logrado unas pocas ventas. Claramente era uno de aquellos días.

Reciclaje solidario

Quedé perplejo al ver unas construcciones muy coloridas y con mucho cuidado por el detalle en un video de YouTube. Casitas muy pequeñas, apenas un poco más grandes que una casita para perros, con puertas, ventanas redondas y techos en ángulo para que corriera el agua de lluvia. Y todas montadas sobre ruedas para poder moverlas. En verdad se veían acogedoras

Los bienes terrenales

Siempre me han gustado los perros. Me crie con perros, y más adelante, cuando mi mujer y yo éramos misioneros, siempre consideramos que en nuestra casa hacía falta un perro. Así fue como un día nos conseguimos un cachorro y un collar.

No era cualquier collar, sino el mejor que encontramos. De hecho, cuando lo sacaba a pasear por la mañana o a explorar los campos al atardecer, con su collar de acero inoxidable y la placa dorada en la que estaba grabado su nombre, muchas veces parecía estar mejor vestido que yo.

Lo realmente valioso

Soñé que me invitaban a un lujoso banquete. Todo a mi alrededor brillaba esplendorosamente. Había delante de mí copas de cristal con los mejores vinos y un despliegue de mis platos preferidos. En ese momento escuché una orden: «Come y alégrate».

Así que comí y me alegré. Para cuando sirvieron los postres, no me entraba un bocado más. Entonces…

Nada que temer

Mis peores temores me asaltaron el día en que aterricé en el hospital. Me daba miedo entrar en aquella enorme y amenazadora fábrica de salud en la que médicos impersonales estudiarían mis síntomas con una distante mirada profesional y las enfermeras se harían presentes junto a mi cama a las horas más insólitas para meterme dentro un termómetro, una aguja o una taza de café aguado.

—Dios mío, ¡sácame de aquí!

Todo resultará bien

Navegando por Internet me topé con un test de optimismo. Yo me considero una persona bastante positiva, aunque siempre hay margen para mejorar; pero sentí curiosidad por saber si estaba en lo cierto. Como la prueba no tomaba más que unos minutos, respondí las preguntas.

Padre de los que no tienen padre

—Dios es tu padre —me dijo el joven—. Vino en Navidad en forma humana. Por medio de Jesús puedes descubrir cómo es Dios.

Aunque me miraba con ojos esperanzados, yo no estaba convencido.

—Un padre se preocupa por sus hijos —continuó—. Vela por ellos, está siempre presente.

Refugio

—La conclusión —dijo el conferenciante con voz atronadora— es sencilla. Da gracias a Dios por las cosas pequeñas de la vida. No busques millones; agradece los centavos.

El público irrumpió en un aplauso.

El refugio secreto

Nací pocos años después de la Segunda Guerra Mundial, cuando Holanda se estaba recuperando y los efectos del conflicto y la ocupación todavía eran visibles. En mi niñez oí hablar con frecuencia de los sufrimientos que había soportado la gente. Eso generó en mí un profundo respeto por los sacrificios que muchos habían hecho, especialmente los que no traicionaron sus convicciones aun en desmedro de su propia integridad.

Dios nos acompaña

Había cantado en muchas ocasiones el himno Mi Salvador lo ve, de Frank Graeff. Siempre me había reconfortado su gracia y belleza. Sin embargo, la letra cobró realmente vida cuando murió mi hijo Martín, de tan solo un año. Martín siempre había sido frágil, desde el día mismo en que nació, media hora después de su hermano gemelo. Nacieron sietemesinos en Brasil, y hubo que ponerlos en una incubadora. Su hermano superó rápidamente aquel difícil comienzo. Martín no. Tenía una patología cardíaca y fue sometido a una cirugía a los seis meses, de la cual le costó recuperarse.

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