Lilia Potters

Lilia Potters es escritora y correctora de textos. Vive en los Estados Unidos. Tiene 6 hijos mayores y 14 nietos. Uno de ellos cuenta 10 años de edad y sufre de autismo altamente funcional. Lilia se dedicó exclusivamente a él hasta que el chico cumplió 6 años. Todavía participa en su cuidado, y la experiencia adquirida sobre el tema la ha motivado a trabajar con ahínco para crear conciencia y ayudar a familias que tienen niños con trastornos del espectro autista.

Enciende tu luz

En esta temporada navideña el mundo llora y se lamenta por las pérdidas y tragedias del año. Muchas vidas quedaron truncadas y muchos sueños se desbarataron. Gente de todas las latitudes necesita ver esa luz de amor que llegó a la Tierra para iluminar su vida, de la cual el profeta Isaías escribió: «El pueblo que andaba en tinieblas vio gran luz; los que moraban en tierra de sombra de muerte, luz resplandeció sobre ellos.»1

Consolar como somos consolados

Me recosté en el asiento y me quedé esperando a que el avión despegara. Me dolía la espalda. Estaba regresando a casa y tenía los brazos y las piernas agarrotados como consecuencia de las cinco horas en automóvil hasta el aeropuerto y el primer tramo de vuelo, que habían sido otras dos horas. La verdad es que no me hacía mucha gracia otro trayecto de cinco horas en un asiento de clase turista, y menos en un avión atestado.

Sola en Navidad

Con el paso de los años, la Navidad ha cobrado diversos significados para mí. Cuando era niña, la Navidad era un lindo período de vacaciones. Escuchaba el relato del nacimiento en la escuela dominical, caminaba a casa en medio de la nieve, y me regalaban una bolsa de papel con una enorme naranja, nueces para cascar y un libro para leer.

Nochebuena compartida

Era Nochebuena. Andaba con prisas para terminar pronto de trabajar y prepararme para la velada que iba a pasar con mi familia y amigos, cuando de repente sonó el teléfono. Respondí con impaciencia:

—Sí, dígame.

Lánzate

El niño tendría unos cuatro años. Observé con interés cómo su padre caminaba hacia el extremo del trampolín en la parte más honda de la piscina y le enseñaba a lanzarse. El chiquillo gritó y aplaudió entusiasmado al presenciar el chapuzón de su padre. Pero cuando este lo animó a saltar, se mostró aprensivo.

—No te preocupes —le aseguró el padre—. Yo te recibo.

La amabilidad, bendición por partida doble

El día estaba nublado y lluvioso. De igual ánimo andaba yo, algo que nos pasa a todos, supongo.

Sentada a mi escritorio me acordé de que era el cumpleaños de una señora con la que mantengo una larga amistad. Es soltera, de mediana edad, enfermera desde hace treinta años, y le encanta su trabajo. Como sé que no tiene familia en esta ciudad, decidí llamarla. No me falló la intuición, pues resultó que ese día le tocaba un turno de trabajo hasta bien entrada la noche, lo que no le dejaría espacio para celebrar su cumpleaños. Así y todo, me contestó muy jovial, feliz de que la hubiera llamado.

El eterno amor de Dios

Tan pronto como me conecté a Internet un aluvión de mensajes inundó mi bandeja de entrada. Se habían ido acumulando mientras viajaba del Medio Oriente a Europa. Empecé a mirarlos desganadamente, separando el correo basura de los mensajes que sí valían. En esto, me sorprendió encontrar una nota de una persona de la que no había tenido noticias en mucho tiempo. La carta decía:

Hace veinte días, unos análisis revelaron que tengo cáncer. Gracias a Dios, aún no se ha extendido. Me van a operar muy pronto. ¡Ojalá pudieras venir a verme al hospital! Estaré ingresada una semana. No me da miedo operarme, pero estoy un poco preocupada.

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