Adolescencia

La ansiedad y el ancho mar

Me crie entre arroyos, lagos y ríos; pero cuando tenía dieciséis años fui a un balneario del Atlántico y vi el mar por primera vez. La noche en que llegamos iba caminado por el paseo marítimo y me aventuré hasta la punta de un muelle de madera. Cuando las primeras olas rompieron estruendosamente a centímetros de mí, me aferré aterrorizada a la baranda. Desde entonces he tenido por el mar una mezcla de cariño y respeto. No soy buena nadadora, pero me encanta mirar el mar y sentir la arena entre los dedos de los pies. Me gusta incluso la sensación de ingravidez que tengo cuando una ola suave me levanta, siempre y cuando haya a mi lado algún objeto flotante al que pueda asirme.

No hagas como Bo

Bo era nuestro perro labrador. Le encantaba nadar en la piscina. El ejercicio era su vida, y la piscina, su dominio. Cierto día mi hijo estaba aprendiendo nuevos estilos de natación y probó a hacer el muerto. Bo pensó que el chico estaba en inminente peligro y se lanzó a rescatarlo. Instintivamente alzó la cabeza del niño y se aferró a él con las patas en un intento de salvarle la vida. El pobre chico se atoró tratando de alejar a Bo. Terminó con agua en los pulmones y el pecho todo arañado.

Una bocanada de aire fresco

Era un día de verano particularmente bochornoso. Tras varias horas de viaje, Jeffrey y yo nos sentamos en la sala de espera de una estación de autobuses del norte de Italia donde el ambiente estaba muy cargado.

—¿Era necesario que te acompañara? —musitó.

¿Cómo pudo ocurrírseme semejante idea? Alejar de sus amigos a un chico de 14 años y llevarlo a visitar a sus abuelos. ¡No es precisamente el panorama más entretenido para un adolescente!

Cambio de táctica con mi hijo adolescente

Ahora que Chris, mi hijo mayor, tiene 13 años, he descubierto que tengo que cambiar mi estilo de comunicarme con él. Ya no es el niño de hace unos pocos años. De golpe está más alto que yo. ¡Cómo ha pasado el tiempo! Si parece que apenas ayer era un inquieto chiquillo de dos años que se metía en todo.

Yo instintivamente —me imagino que eso les sucede a muchos padres— tiendo a pensar que sé lo que más conviene a mis hijos, y baso mis actos en ese suposición. 

Bienvenido a Parkville

Emily Nash es una norteamericana que emplea el arte y el teatro como terapia. Asistí a un seminario suyo en el que relató su experiencia en un centro de tratamiento de niños y jóvenes afectados por diversos traumas.

Los muchachos que asistían a su clase muchas veces se mostraban belicosos, propensos a conductas destructivas y a infligirse daño a sí mismos. Eran además incapaces de confiar en la gente mayor y en sus mismos compañeros. Casi todos tenían un historial de graves abusos y abandono emocional.

Ahora lo veo

Debo decir que admiro sinceramente a mi padre. Sin embargo, admito que no siempre me resultó fácil decirlo. Con los años he ido entendiendo lo ciego que era yo antes.

A mis dos hermanos mayores y a mí nos crió nuestro papá él solo. Estoy seguro de que no le resultó nada sencillo; sin embargo, nunca nos lo dio a entender. Ahora me doy cuenta de lo atinada que fue su actitud. Se enfrentó a muchas dificultades, pero en todo momento fue para nosotros una imagen de nuestro Padre celestial para que nos sintiéramos bien amparados.

Dios en carne y hueso

Una vez leí que un buen padre terrenal nos prepara para nuestra relación con nuestro Padre celestial, Dios.

Puede que el mío no lo sepa, pero algo que contribuyó a moldear mi vida fue una conversación que tuvimos un verano cuando yo tenía 18 años. Estábamos sentados en un cerro desde el que se veía nuestra casa. Seguro que él ni siquiera se acuerda, pero el tono y el estilo con que me dio sabias recomendaciones fue de lo más sencillo —típico de él—, casi sin que yo me diera cuenta de que me estaba aconsejando.

Juntos en la cuerda floja

La adolescencia, edad de decisiones

Aunque en los primeros años de la adolescencia los niños pegan un estirón y prácticamente alcanzan la estatura que tendrán de adultos, muchas veces siguen teniendo una mentalidad y una conducta infantiles. Esa es la edad en que muchos hacen locuras y se meten en líos. Y claro, si continúan por ese camino sin que nadie los ayude a encarrilarse, es previsible que vayan de mal en peor.

La adolescencia es una edad de decisiones, una etapa complicada y azarosa. Los chicos buscan entonces su nicho, quieren encajar en alguna parte, y viven afanados por eso. Cuesta vivir con ellos; hasta a ellos mismos les cuesta vivir consigo mismos. Se enfrentan a muchos dilemas, fluctúan continuamente. En esos años los jóvenes suelen ser muy idealistas, y critican agriamente a sus padres y a otros adultos porque no son perfectos.

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