Amor y disciplina

Amor y disciplina

Cuando mi hija Karina era una preescolar, yo no sabía qué hacer para ayudarla a portarse bien. Con frecuencia echaba pataletas y se ponía a lloriquear cuando la corregíamos, y yo me exasperaba.

Un día se me ocurrió una idea para ayudarla a superar esa mala costumbre. Cuando trataba mal a su hermanita, se ponía irrespetuosa con su papá o conmigo, o lloraba sin motivo, la tomaba de la mano y le explicaba que su conducta no estaba bien. La llevaba a una habitación contigua que estuviera tranquila y le explicaba que tenía que quedarse allí un rato para reflexionar y orar sobre su comportamiento; y si había molestado a otra persona, le decía que pensara qué podía hacer para remediarlo.

Al principio nos costó mucho a las dos. Aunque normalmente reaccionaba llorando aún más, la dejaba ahí, y al cabo de unos minutos volvía para hablarle de su conducta. Después rezaba con ella para que se enmendara y terminaba la pequeña sesión correctiva con abrazos y besos para demostrarle que la entendía y perdonaba. Si había lastimado, ofendido o molestado a otra persona, le mandaba que le pidiera perdón. Al cabo de varios meses de seguir sistemáticamente este procedimiento, noté un gran cambio en ella.

Las primeras veces que empleé esta táctica me preocupó que Karina se fuera a resentir por tener que estar sola en otro cuarto, aunque sólo fuera unos minutos. Por eso la empleé con moderación. Primero hacía siempre una breve oración y le preguntaba al Señor si se justificaba o no. Creo que esa fue la clave. El hecho de orar primero me ayudaba a guardar la compostura y proceder con amor; también la ayudaba a ella a aceptar mejor la disciplina. A pesar de algunas protestas iniciales, dio y sigue dando resultado. Fue un gran alivio para mí, pues otros correctivos no habían surtido efecto.

Todavía empleo ese recurso con ella. La ha ayudado a madurar, pues se trata de una medida disciplinaria que le enseña ciertos principios y no sólo le inspira temor. Esos ratos que pasa solita en la habitación para reflexionar y calmarse, seguidos de una breve oración y charla en que le explico por qué tiene que ser cariñosa con su hermanita, obedecer a sus padres y respetar las reglas, la ayudan a captar por qué se la corrige.

Al final de cada una de esas breves sesiones, le manifiesto lo orgullosos que estamos Jesús y yo de que esté aprendiendo tanto, y la animo a hacer cosas buenas por los demás, para que Jesús, mamá y todos sigamos contentos con ella. En el transcurso de esas conversaciones también le prodigo cariño, para que se dé cuenta de que sus faltas están perdonadas. Esta clase de corrección le ha hecho sentirse más segura, lo cual la predispone a seguir mejorando.

A menudo los padres andamos tan ocupados que pensamos que no tenemos tiempo para largas charlas con nuestros pequeñines. Pero he comprobado que, aunque toma más tiempo orar y abordar los problemas en el momento, a fin de que los niños capten lo que les queremos enseñar, a la larga se ahorra tiempo. Lo mejor de todo es que les inculca principios para toda la vida y es una excelente forma de enseñarles a cultivar una buena relación con Jesús. Aunque nos tome un poco más de tiempo, vale la pena, porque luego serán más obedientes y sabrán tomar buenas decisiones por sí mismos.  

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«Herencia del Señor son los hijos» (Salmo 127:3)

Un niñito, tierno y puro, es una manifestación del amor de Dios y uno de los regalos más valiosos que puede recibir una persona. En realidad, los hijos no son nuestros; pero Él nos los encomienda y quiere que los amemos y los formemos. Son regalos de Dios que requieren nuestros cuidados, cual flores de nuestro jardín. Son obsequios divinos, sí; pero también una tarea que Él nos encarga.

Dios, como Padre, nos da ejemplo de cómo quiere que nos conduzcamos nosotros con nuestros hijos. Es justo, misericordioso, amoroso y paciente; pero también firme cuando ve que nos descarriamos. Al igual que hace un pastor con una oveja indócil, a veces tiene que darnos con el cayado para apartarnos del mal camino. Aunque es un Dios de amor, es también un excelente Padre, que sabe corregirnos cuando nos hace falta.

Al ofrecer un buen ejemplo a nuestros hijos y formarlos, educarlos y orientarlos como es debido, les damos un bagaje para toda la vida. «Instruye al niño en su camino, y ni aun de viejo se apartará de él» (Proverbios 22:6, RV95). «Todos tus hijos serán enseñados por el Señor, y se multiplicará la paz de tus hijos» (Isaías 54:13).

David Brandt Berg

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