Cultivar el respeto

Cultivar el respeto

Pregunta: Últimamente mis hijos se han vuelto bastante irrespetuosos. Parece que cuando trato de corregir la situación sólo consigo empeorarla. ¿Qué me aconsejan?

Respuesta: El primer paso para corregir esa mala conducta es afrontar la cruda realidad de que la culpa de que se encuentren en ese estado es en parte tuya. Como suele suceder con la mayoría de los problemas, tienes que empezar por examinar tus propias acciones y actitudes y proponerte cambiar en los aspectos que sean precisos.

Si bien por naturaleza los niños cuestionan más las cosas cuando se ponen un poco mayores y necesitan más explicaciones, la falta de respeto y la desobediencia descarada normalmente se deben a un exceso de indulgencia, pues ésta les enseña a manipular a sus padres en lugar de respetarlos. La solución es ser más firme. Sin embargo, por lo general del dicho al hecho hay mucho trecho, porque esa conducta inaceptable se ha convertido en un mal hábito y porque en el momento probablemente consideraste válidos tus motivos para actuar de determinada manera —tu amor por los niños y tu deseo de verlos felices—.

En efecto, esos motivos eran válidos; pero si los resultados fueron negativos es que tal expresión de amor no fue la adecuada para la situación. La firmeza también es una expresión de amor, y en algunos casos, la mejor. Normalmente los niños piensan en lo que los hará felices a corto plazo. De modo que los padres tienen que asumir la obligación de juzgar lo que a la larga será mejor para los pequeños, lo cual en muchos casos entraña decir que no.

Después de eso, es importante que tengas las cosas claras en tu fuero interno. Tienes que saber exactamente qué conductas son aceptables y cuáles no. Para persuadir a tus hijos de que es preciso cambiar ciertas cosas, hace falta que tú tengas un convencimiento profundo.

Si no sabes bien cómo proceder en determinada situación, ora y pídele a Jesús que te lo indique. O si no sabes cuál es el enfoque general que debes aplicar con ellos, pídele que te lo revele. O si piensas que te va a resultar difícil hacer cumplir ciertas reglas que son necesarias, pídele que te dé más determinación. Cualquiera que sea tu pregunta o necesidad, Él está más que dispuesto a ayudarte. Él ama a tus hijos más que tú. Puedes tener, pues, la seguridad de que hará todo lo posible por ayudarte a realizar bien tu labor.

A la hora de establecer las reglas que a tu juicio hacen falta, obtendrás mejores resultados si las debates con tus hijos, razonas con ellos y tratas de obtener su colaboración que si simplemente impones la ley y exiges su respeto. El hecho de conversar el asunto con ellos —escuchando sus puntos de vista, mostrándote flexible y haciendo algunas modificaciones si es necesario— evidenciará el respeto que les tienes. Lo más probable es que te correspondan a ese respeto, y ese es el primer paso en la buena dirección.

La forma en que les expliques las cosas dependerá de su edad y su madurez. Una vez más, no hay como pedir al Señor instrucciones, pues lo que podría ser ventajoso con un niño tal vez no dé resultado con otro.

Comienza reconociendo que la culpa es en parte tuya y explica por qué es necesario el cambio. «Como no le puse coto al asunto de entrada, se han habituado a contestar mal y faltarme al respeto. Eso tiene que cambiar. No es un comportamiento aceptable en un hogar como el nuestro, en el que queremos que reine el amor».

Deja bien claro cuáles son las reglas y también cuáles serán las consecuencias si no las observan. «Si contestan mal o me faltan al respeto, se quedarán sin esto o sin lo otro». No dudes en cumplir todas las veces lo que les has advertido; de otro modo, tus reglas serán inútiles.

Promételes no sólo castigos, sino también premios por portarse bien. «En cuanto se enmienden recuperarán sus privilegios, y tal vez incluso les daré algo más». Termina la conversación en una nota positiva.

Por último, ruega a Dios que te dé paciencia. Recuerda que no sólo aspiras a modificar una conducta; te propones corregir la actitud que dio lugar a esa mala conducta y cultivar buenos hábitos en sustitución de los malos. Eso toma tiempo. El secreto es la oración, la constancia y la firmeza templada con amor. Comprométanse a cambiar juntos y esfuércense hasta lograrlo.  

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