Experiencias de padres

Una foto indiscreta

Cuando volvíamos a casa después de salir una tarde con unos amigos, le pregunté al menor de mis hijos si la había pasado bien.

—Sí, más o menos —me respondió—. Es que los chicos se estaban burlando de mí en el parque de juegos.

—¿Por qué? —le pregunté.

Panqueques con crema

Mis hijos de nueve y diez años vinieron una vez más a presentarme sus quejas.

—¡Mamá, Chalsey está tomando todos los Lego!

—¡Davin siempre se guarda las mejores piezas!

No basta con empatizar

Creo que con mis hijos he cometido demasiadas veces el error de expresar mi empatía de formas que ellos interpretaron como asunción de responsabilidad.

Por ejemplo, cuando mi hijo tenía cinco años sufrió una vez un accidente. Acabábamos de conseguirle una bicicleta usada, y yo le había dicho claramente que no subiera a cierta loma hasta que su padre revisara los frenos y le enseñara a manejarlos. Pero desobedeció y lo hizo de todos modos. Los frenos funcionaban, pero él se asustó y no supo reaccionar. 

De safari con mi hijo

En compañía de mi hijo Chris, de cinco años, hice un viaje a la aldea de Sintet, en Gambia, donde un grupo de voluntarios de La Familia Internacional colabora en la construcción de una escuela.

Hasta entonces había disfrutado de los emocionantes relatos de mis compañeros de misión cada vez que volvían de allí. Así que cuando me enteré de que un pequeño grupo tenía que hacer un viaje de un día y medio a la aldea, decidí no dejar pasar la oportunidad.

Mi hijo de dos años, el osito y Jesús

Le había pedido a Dios que mi hijo Denith estableciera una estrecha relación personal con Jesús desde pequeño, aprovechando que a los dos años los niños tienen mucha fe y mucha capacidad para creer. Oré para que no solo lograra comprender que Jesús es su Salvador, sino que viera en Él un amigo muy querido, pues Él desea que todos tengamos una amistad así con Él. Yo quería que Denith percibiera el Espíritu de Dios y escuchara Su voz.

Una noche ocurrió algo extraordinario que me animó y me convenció para enseñar a mi hijo a escuchar la voz de Jesús.

La importancia de usar ambas manos

Mi abuelo decía: «Cuando veas un niño que se porta bien, ten la certeza de que alguien está usando ambas manos para criarlo: la mano derecha del amor y la izquierda de la disciplina». En los 25 años que llevo de docente, esa máxima ha sido la piedra angular de mi relación con mis alumnos.

La evolución de una madre

Cuando Sam y yo teníamos un solo niño, me consideraba bastante competente como madre. Tuve que adaptarme, ser flexible y ceder parte de mi independencia, pero no demasiada. No se me pasaba un detalle de la indumentaria y aspecto de Cade, nuestro hijo. Nunca llevaba ropa sucia, manchada o percudida. Cade era un niño portátil: lo llevábamos a donde fuéramos. Cuando había que hacer algo, emprendíamos tranquilamente la tarea y la llevábamos a cabo. Sabíamos que cuando tuviéramos más niños las cosas serían más cuesta arriba, pero a mí eso no me preocupaba. Ya era ducha en cuestiones de maternidad.

Seguidamente llegó Brooke. Era una angelita. Solo se despertaba para gorjear y decir: «Gu, gu, gu»; después se dormía solita. Como en ese embarazo subí menos de peso, me puse en forma rapidito. Llegué a la conclusión de que si era capaz de bandearme tan bien con dos, podía hacer frente a cualquier cosa. Me estaba desempeñando de maravilla.

Resultado feliz

Leí hace poco un artículo en que una señora describía su trabajo en estos términos: «No recibo bonificaciones. Es más, hace 12 años que no me pagan sueldo. Mis principales funciones son enseñar, orientar, cuidar y disciplinar. No siempre soy muy popular; pero eso no importa, porque no es un requisito en mi trabajo. Soy madre. Se me ha confiado la tarea de educar a tres mocitos hasta que alcancen la mayoría de edad. No es de vital importancia que tengan éxito en el sentido en que se entiende el éxito hoy en día; es decir, que obtengan un título profesional, amasen una fortuna y se hagan un nombre. El éxito que les deseo va con la definición del Diccionario de la Real Academia: “Resultado feliz”».

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