De safari con mi hijo

De safari con mi hijo

En compañía de mi hijo Chris, de cinco años, hice un viaje a la aldea de Sintet, en Gambia, donde un grupo de voluntarios de La Familia Internacional colabora en la construcción de una escuela.

Hasta entonces había disfrutado de los emocionantes relatos de mis compañeros de misión cada vez que volvían de allí. Así que cuando me enteré de que un pequeño grupo tenía que hacer un viaje de un día y medio a la aldea, decidí no dejar pasar la oportunidad.

Durante la mayor parte del trayecto no oí otra cosa que la emocionada voz de Chris:

—¿Qué es eso? ¡Mira, mami! ¿Puedes tomarme una foto encima del termitero?

La temporada de lluvias apenas empezaba a teñir de un verde exuberante el árido paisaje del África Occidental. El panorama que se extendía delante de nosotros era de una belleza cautivadora, una combinación de suaves colinas, arrozales, cocoteros y lagunas. Los campesinos labraban tranquilamente la tierra. Por el camino saboreamos una deliciosa comida típica y exploramos un espeso pantano lleno de grandes termiteros y gigantescos baobabs cuyos troncos eran más anchos que nuestro vehículo.

Al acercarnos a Sintet por un camino de tierra bordeado de anacardos, divisamos una gran multitud reunida en torno a la escuela. Dos compañeros nuestros habían llegado antes que nosotros y ya estaban enfrascados en la tarea de dirigir la construcción. Los niños de la aldea se arremolinaron en torno a nuestro jeep y nos regalaron sus blancas sonrisas. En cuanto Chris se bajó, los chiquillos lo rodearon y lo ayudaron a aclimatarse.

Los niños del lugar estaban jugando con autitos hechos de botellas de plástico recortadas, suelas de chancletas y palos. Con su ayuda, Chris enseguida se hizo uno y se puso a empujarlo por encima de hormigueros y charcos. Un montón de niñitos iba tras él.

Por carecer la aldea de electricidad, la mayoría de la gente se acuesta al caer la noche. Nosotros hicimos lo propio en nuestra carpa bajo el cielo estrellado.

El segundo día en Sintet fue tan entretenido como el primero. Preparé los materiales para la clase matutina que iba a dar a los niños, y mi papá me ayudó a buscar un lugar tranquilo donde impartirla, junto a un baobab. Cantamos algunas canciones y luego les conté el relato de la creación valiéndome de figuras de tela que iba colocando sobre un tablero forrado con franela. Para ellos eso era alta tecnología. Finalmente repasé con ellos algunos temas académicos. Chris se desempeñó muy bien como mi asistente.

Luego los niños nos llevaron a unas praderas donde nos mostraron unos monos enormes en pleno juego y una impresionante serpiente que colgaba de una rama muy alta de un árbol.

También nos convidaron a una fruta que nunca habíamos visto y que llaman tao. Tiene forma de media luna y es amarilla y roja. Para hacerse con la fruta, los niños trepaban a unos árboles grandes y sacudían las ramas más altas. Cuando estaban por empezar, uno de los niños me dijo: «Tenemos que apartarnos. La fruta nos va a caer encima». ¡Y tenía razón! Empezó a llover fruta por todas partes.

Algunos de los chiquilines se quedaron con Chris y conmigo hasta el final de nuestra visita. Al principio muchos se mostraban bastante hoscos por las penurias que pasan a diario.  Pero a medida que los fuimos conociendo nos dimos cuenta de que tras su aparente insensibilidad se esconde un corazón muy tierno y ávido de amor. Chris y yo les dedicamos toda la atención que pudimos. Algunos hasta empezaron a decirme mamá; era su peculiar forma de agradecer el cariño que les demostrábamos. Para mí eso fue tan gratificante como ver los progresos que se hacían en la construcción de la escuela.

La visita se nos hizo cortísima. En un abrir y cerrar de ojos estábamos nuevamente en casa. Mi viaje a Sintet con Chris fue una experiencia cultural como ninguna otra que haya tenido (y eso que conozco toda América del Sur menos cuatro países y he recorrido toda América del Norte). Lo que le dio un carácter distinto a esta visita fue que compartí la experiencia con mi hijo. Aprendimos mucho juntos y tuvimos vivencias que la mayoría de la gente apenas conoce por los libros de texto o por la televisión.

Sin embargo, no hace falta viajar a una remota aldea africana para vivir una auténtica experiencia cultural ni para tender una mano a quienes padecen necesidad. Hoy en día están en todas partes. La mayoría de las ciudades modernas constituyen crisoles étnicos en los que todos tienen algo único que aportar. Lo único que hace falta para cultivar nuevas amistades es una pizca de iniciativa. Y con un poco de amor e interés se pueden amalgamar todos esos mundos.

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