Un niño venido del Cielo

Un niño venido del Cielo

La siguiente es la historia de nuestro hijo Gabriel, que nació con síndrome de Down y fue uno de esos niños súper especiales. Aunque no vivió más que dos años y cuatro meses en la Tierra, el Señor se valió de él para conmover muchos corazones e impartirnos valiosas enseñanzas acerca del amor, la fe, las convicciones, la perseverancia, la compasión, la humildad, la valentía, la oración y la gran verdad contenida en Romanos 8:28: «Sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien».

Cuando los médicos nos informaron que Gabriel tenía síndrome de Down nos costó mucho aceptarlo. Sin embargo, al orientarnos más sobre el tema, descubrimos lo especiales que son estos niños. Y claro, una vez que fuimos conociendo más profundamente a Gabriel y gozando de su espíritu angelical, lo veíamos menos como un niño con limitaciones, sospechando en cambio que éramos como aquellas personas que, al decir de la Biblia, «sin saberlo, hospedaron ángeles».1

Desde su nacimiento Gabriel tuvo varios impedimentos físicos. Obviamente su cuerpecito no fue concebido para durar mucho tiempo. Sabíamos que cada día con él era un milagro, un regalo. Compilamos una lista de versículos de la Biblia para invocarlos por la salud y la fortaleza del nene, y nos referíamos a ella con frecuencia. La promesa que más reclamábamos era «Él da vigor al cansado y multiplica las fuerzas al que no tiene ningunas».2 El Señor sin duda cumplió esa promesa en Gabrielito.

Cuando tenía seis meses de edad contrajo una tos muy grave. Al acudir afanosamente al Señor por la salud de nuestro hijo, Él nos indicó que se proponía enseñarnos perseverancia. Escudriñamos la Biblia para averiguar concretamente a qué se refería y nos infundió mucho aliento descubrir que dicha virtud había contribuido a forjar a muchos hombres y mujeres de fe, convirtiéndolos en las personas que Dios quería que fueran. En cuanto a nosotros, no podíamos limitarnos a orar una sola vez y darlo por hecho. Teníamos que bregar en oración y no dejar de acudir al Señor de todo corazón. Cuando nos dimos cuenta de ello y comenzamos a hacer lo que Dios nos pedía, Él hizo la parte que le correspondía: sanó a Gabriel de aquella tos que ponía en peligro su vida.

Vimos que con cada crisis el Señor nos enseñaba algo nuevo sobre la curación y la oración ferviente. Normalmente lo hacía ayudándonos a aplicar algo que habíamos leído en Su Palabra. Nos hallábamos en una etapa completamente nueva de nuestra vida, llena de lecciones que no podríamos haber aprendido de ninguna otra forma. Muchas veces deseábamos ser nosotros los que sufrieran en lugar de nuestro hijo, pero con el tiempo nos dimos cuenta de que Dios sabía lo que hacía, pues la verdad es que luchamos espiritualmente por Gabriel con mayor ahínco del que habríamos tenido si hubiéramos estado luchando por nosotros mismos. En todo momento el Señor nos consoló y nos concedió las fuerzas que necesitábamos.

Si bien desde el comienzo el Señor nos fue preparando el corazón para el día en que llamara a Gabriel al Cielo, nos apegamos mucho a él. Tal vez fue porque se trataba de un niño diferente, o quizá porque desde el principio éramos conscientes de que lo teníamos como un préstamo del Cielo, cedido a nosotros por un ratito nada más.

Un día, estando Gabriel particularmente debilitado a causa de una enfermedad infantil, empezó a dar señales de que iba a sufrir convulsiones. Entonces se desmayó en mis brazos y de ahí nunca recobró el conocimiento. Lo llevamos de urgencia al hospital y los doctores hicieron lo posible por reanimarlo. Sacamos un pequeño himnario que llevábamos con nosotros, el cual se abrió a la canción «Some Golden Daybreak» (Con la alborada). Interpretamos que aquella era una señal divina de que Gabriel partiría al Cielo.

Si bien nos embargó una tremenda sensación de pérdida, el Señor nos consoló como solo Él es capaz de hacerlo. ¿Qué más podíamos pedir que la certeza de que Gabriel estaba sano y feliz, y que su sufrimiento había concluido? En las exequias de Gabrielito alguien relató una visión que tuvo de una mariposa que acababa de escabullirse de su capullo. En cierto sentido, Gabrielito había sido una especie de oruga en esta vida. Es más, ni siquiera había aprendido a gatear con la destreza de una oruga. Pero ahora es semejante a una bella mariposa que ha despegado hacia la libertad.

La partida de Gabrielito hizo que el Cielo cobrara mucha más realidad para nosotros. Ya creíamos en el Cielo y aguardábamos con ansias explorar algún día toda su belleza y misterios. Pero desde que Gabriel está instalado allá, cada vez lo consideramos más nuestro Hogar y nos desapegamos más de las cosas de esta vida. Nunca volvimos a ser los mismos luego del breve paso de Gabriel por la Tierra. En realidad él nunca fue nuestro. Más bien fue un emisario que vino para cumplir una misión en nosotros: la de derretir nuestros corazones, llevarnos a establecer una conexión más estrecha con lo divino y enseñarnos más acerca de los verdaderos valores de la vida.

1. Hebreos 13:2
2. Isaías 40:29

Marianne Paladino

Marianne y Jerry Paladino vivieron 14 años en el Japón y 18 en México dedicados a la difusión del amor de Dios y de Su mensaje de esperanza.

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