Cada criatura es singular

Cada criatura es singular

Cada nene trae a nuestra vida una dicha extraordinaria, una esperanza excepcional. Un bebé es un alma viviente, formada a partir de la unión de un espíritu creado por Dios con los elementos físicos del organismo de los padres. William Wordsworth lo describió con increíble belleza:

Un sueño y un olvido sólo es el nacimiento:
El alma nuestra, la estrella de la vida,
en otra esfera ha sido constituida
y procede de un lejano firmamento.
No viene el alma en completo olvido
ni de todas las cosas despojada,
pues al salir de Dios, que fue nuestra morada,
una estela celestial trae consigo.

Si bien la ciencia tiene su explicación de cómo se forma un niño, la primera vez que alzamos a nuestro bebé y lo miramos a los ojitos, sabemos que estamos en presencia uno de los grandes misterios del universo, una vislumbre del Cielo y del poder creador de Dios. En nuestros brazos se encuentra la prueba tangible del amor que nos prodiga el Altísimo, pues nos ha escogido por padres de una nueva alma.

Los primeros pasos de la travesía
Cada bebito es singular, un ser como ningún otro que se incorpora a tu vida, que tiene una misión importante que cumplir, que traspasará el umbral de la eternidad y estará siempre contigo. Tener un hijo es el comienzo de una relación y de una bendición que trasciende los límites de nuestra vida actual.

Cada uno de nosotros tiene un valor especial para Dios y un propósito específico en la vida. Este mundo es una escuela por la que todos debemos pasar en nuestro tránsito hacia Dios y el hogar celestial. Tu bebé también tiene una razón singular de ser. Los padres tenemos la tarea de ayudar a esos recién llegados a establecerse en este mundo y velar por que su travesía por la vida se inicie bien.

Los interrogantes, el porvenir y las sensacionales posibilidades que acompañan a cada recién nacido nos recuerdan lo divino de nuestra naturaleza: lo divino de nuestra razón, de nuestra percepción y de nuestros ideales. Ese cuerpecito delicado encierra magia y misterio. En su cabecita alberga genialidad. Puede crecer y aprender. La belleza de este mundo está dibujada en su rostro; duerme con la inocencia de la nieve; su valiente puño, que ahora parece una florecita, un día agarrará el arado, timoneará naves, sanará a los enfermos, arrastrará a las masas y quizás hasta indique el camino que conduce a un mundo nuevo y feliz. Anónimo

Niños nuevamente
El nacimiento determina la entrada a la vida. La celebración de un nacimiento es también un momento oportuno para reflexionar sobre nuestro renacimiento y crecimiento espirituales.

Nicodemo, un dirigente religioso ya entrado en años, acudió una vez a Jesús al amparo de la noche. Toda su sapiencia no le había proporcionado la alegría y felicidad que anhelaba. Quería hacerle una pregunta a Jesús en secreto. Deseaba saber cómo alcanzar la vida eterna. Jesús le respondió simplemente que para entrar al reino de los Cielos tenía que volver a nacer. Esa contestación lo dejó intrigado.

«¿Cómo puedo volver a ser un bebé en el vientre de mi madre y nacer de nuevo? ¡Si soy un anciano!»

Jesús le explicó que Él se refería a un nacimiento de índole espiritual, un renacimiento del alma al imbuirse ésta del Espíritu de Dios.1

Así como debemos nacer para entrar a esta vida, cada uno de nosotros debe volver a nacer para entrar al reino de Dios, ese mundo de felicidad eterna que nos aguarda en el más allá.

¡Qué vida y qué gran travesía!

Este artículo es una adaptación de «disfruta de tu bebé», obra escrita por Derek y Michelle Brookes y que se puede leer íntegramente a partir de aquí.

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Historieta de la nena chiquitita
La nena chiquitita era una estrella
que alumbraba el cielo con su bella.

La nena chiquitita era una rosa
que guardaban los ángeles por olorosa.

La nena chiquitita oyó una voz:
Ve corriendo a la tierra le dijo Dios.

La nena chiquitita bajó del cielo;
en la escala de un rayo llegó hasta el suelo.

La nena chiquitita no se va más.
Se queda para siempre con los papás.
Ida Réboli (1917-1970)

Meciendo
El mar sus millares de olas
mece, divino.
Oyendo a los mares amantes,
mezo a mi niño.

El viento errabundo en la noche
mece los trigos.
Oyendo a los vientos amantes,
mezo a mi niño.

Dios Padre sus miles de mundos
mece sin ruido.
Sintiendo su mano en la sombra
mezo a mi niño.
Gabriela Mistral (1889-1957)

1. V. Juan 3:1-8.

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Derek y Michelle Brookes

Derek y Michelle Brookes

Derek y Michelle Brookes son educadores y escritores de profesión. Su ambición ha sido siempre proporcionar una atención y una educación de calidad a los niños. Esa vocación los ha llevado a recorrer 4 continentes para ofrecer soluciones prácticas y estímulo a muchas personas. 

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