Los padres

Mamá angustiosa

Cuando mi primer embarazo terminó en un aborto espontáneo, no estaba preocupada. Más bien me puse furiosa. Pasé semanas aguantando, pero finalmente llegué incluso a levantarle el puño a Dios y reprochárselo. «Me fallaste» —le espeté en resumidas cuentas.

La sonrisa del abuelo

Estaba cubierto por las típicas sábanas blancas de hospital y conectado a un enjambre de tubos y cables. Al acercarme, casi no lo reconozco. Estaba pálido, con las mejillas hundidas. Pero cuando abrió los ojos y me sonrió, casi no pude evitar desplomarme en sus brazos como siempre lo había hecho. El abuelo, a quien amaba más que a nadie en el mundo, había sufrido un grave infarto.

Un legado

Hubo una época en que era alto, andaba bien erguido y denotaba confianza y autoridad dondequiera que fuera. De joven dedicaba todos sus ratos libres, incluidas sus vacaciones, a una obra cristiana para ayudar a la juventud. Su conversión se había producido cuando tenía poco más de veinte años, y estaba muy comprometido con sus creencias y prácticas. Organizaba campamentos de verano en las montañas para multitudes de jóvenes que acababan de pasar por los difíciles años posteriores a la Segunda Guerra Mundial y necesitaban una figura paterna o de hermano mayor.

Un hogar más feliz

Según el doctor James Bossard, antiguo profesor de sociología de la Universidad de Pensilvania, una de las facetas más descuidadas de la vida en familia es el modo en que los padres hablan delante de sus hijos. Luego de analizar extensas grabaciones de los intercambios que se dan a la hora de comer, el doctor Bossard afirmó: «Descubrí que todas las familias siguen ciertos hábitos de conversación bien marcados y que el más corriente de todos es el de criticar. En esas familias casi nunca se dice nada bueno de nadie. No paran de quejarse de sus amigos, de sus parientes, de sus vecinos y de casi todos los aspectos de su vida, desde las largas colas de los supermercados hasta la estupidez de su jefe.

Mi princesa

Para el primer cumpleaños de nuestra hija Audrey, mi mujer y yo teníamos pensada una pequeña celebración en casa con unos pocos amigos y familiares. Terminó siendo una fiesta impresionante con magdalenas a granel en el restaurante que administran sus abuelos. Probablemente los invitados disfrutaron más que mi hija; eso no lo niego. Audrey se pasó gran parte del tiempo observando cautelosamente lo que sucedía desde la seguridad de los brazos de alguien y se negó de plano a posar para una foto junto a su solitaria velita, por mucho que intenté convencerla de que lo hiciera (o tal vez justamente por eso).

El mayor de ellos es el amor

1 Corintios 13 en boca de una madre

Si vivo en una casa de impecable belleza, con todo en perfecto orden, y no tengo amor, soy un ama de casa, pero no he formado un hogar.

Si vivo para encerar, lustrar y cuidar los elementos decorativos, pero no tengo amor, mis hijos aprenderán a ser limpios por fuera en lugar de puros por dentro.

El amor deja el polvo para ir a buscar la risa de un niño.

Crecer juntos

No solo los niños crecen; también los padres. Los niños nos observan para ver qué hacemos con nuestra vida tanto como nosotros a ellos. No puedo pedir a mis hijos que tengan grandes sueños y luchen para concretarlos. Solo puedo hacer yo lo mismo.—Joyce Maynard

No sé en qué planeta vivía cuando pensé que el día que tuviera un hijo todas las habilidades que se requieren para criarlo me vendrían como por arte de magia. No tardé en darme cuenta de que los hijos, por mucho que proporcionan incomparables alegrías, también representan bastante trabajo. En mi caso tuve que ajustar mis aspiraciones y mi orden de prioridades a mi nueva realidad. Todos los días paso por un proceso de aprendizaje para adaptarme a sus nuevas necesidades.—Katiuscia Giusti

Qué hacer cuando nos sentimos derrotados

En determinadas situaciones y circunstancias es inevitable que los padres se sientan agobiados. El bebé llora, la niña de ocho años no quiere hacer sus deberes, la música del chico de catorce hace temblar la casa, el de dos añitos se hizo pis en los pantalones y los invitados a cenar van a llegar en cualquier momento. Uno se siente exigido al máximo.

Todos tenemos días así. Tu caso no es único. Y no es preciso que hagas frente a la situación a solas: Jesús está contigo. Ten fe. Él te entiende y quiere darte ánimo y soluciones. Si tienes oportunidad, procura conversar con alguien, tal vez con tu cónyuge o con una amiga; puede contribuir a serenarte y hacerte ver las cosas desde otra perspectiva. También es un buen momento para que invoquen juntos la ayuda del Señor. Hasta puedes pedir a tus hijos que recen contigo, incluso los más pequeños. Su fe y sus simples oraciones te infundirán mucho aliento.

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