Mamá angustiosa

Mamá angustiosa

Cuando mi primer embarazo terminó en un aborto espontáneo, no estaba preocupada. Más bien me puse furiosa. Pasé semanas aguantando, pero finalmente llegué incluso a levantarle el puño a Dios y reprochárselo. «Me fallaste» —le espeté en resumidas cuentas.

Más tarde me di cuenta de que en el momento de aquel estallido ya estaba embarazada desde hacía un par de días. Nueve meses más tarde, con un hermoso bebé en brazos, me reí de mí misma y de mis palabras desatinadas. También le pedí perdón a Dios.

Durante todos mis embarazos tenía sueños en los que afloraban mis preocupaciones. De día estaba demasiado ocupada para imaginarme calamidades, pero en la noche aparecían en tecnicolor. ¿Qué pasaría si me distrajera en el parque y alguien me raptara el bebé? ¿Y si voy a ver al nene o a la nena en medio de la noche y descubro que dejó de respirar? ¿Y si por alguna circunstancia le llego a ocasionar algo terrible a mis hijos?

Nunca expresé esas preocupaciones a nadie. Achacaba mis sueños a mi imaginación tan gráfica y trataba de apartarlos de mis pensamientos. Además hacía algo más. Eso fue lo que me cambió la vida.

Rezaba. No solamente oraciones generalizadas, sino que analizaba minuciosamente mis sueños angustiosos y le encomendaba al Señor cada posible eventualidad.

«Ayúdame a no distraerme cuando estoy en el parque con los niños».

«Líbranos de todo peligro esta noche y guarda a mis pequeños. Fortaléceles el corazón y los pulmones. Que estén sanos y robustos. Ayúdame a estar pendiente de su salud y a darme cuenta cuando algo no anda bien».

«Ayúdame a ser una buena madre, a ser tierna y amorosa y a cuidar bien de mis hijos. Protégenos en nuestras caminatas y en el auto».

Cuando se me ocurría una imagen que retrataba alguna preocupación en la que no había pensado o por la que no había rezado, detenía lo que estaba haciendo en ese momento y me ponía a rezar. Repasaba todos los aspectos de la nueva inquietud y se los encomendaba todos a Dios.

Al final me di cuenta de que yo, doña angustias, había aprendido a pelear en oración. Lo que más me debilitaba, aquello con lo que más batallaba, se convirtió en mi fortaleza cuando dejé de angustiarme por todo y pasé a ser una guerrera de la oración.

Mis hijos ya crecieron y todavía me preocupo. Y todavía rezo. Cuando pienso en uno ellos y comienzo a preocuparme, transformo esos pensamientos en oraciones y se los entrego todos a Jesús. A cambio, siento la misma serenidad que me invadía cuando eran pequeñitos.

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Joyce Suttin

Joyce Suttin

Joyce Suttin es educadora, escritora y frecuente colaboradora de la revista Activated. Vive con su esposo en San Antonio (Texas) y realiza un apostolado en línea para el cual selecciona pasajes, prepara textos para edición y redacta artículos de carácter inspirativo.

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