Padres imperfectos

Padres imperfectos

Pregunta: A medida que mis hijos se van haciendo mayores, me resulta cada vez más difícil guiarlos como tanto deseo. Los problemas son más complejos, y cada vez soy más consciente de mi incapacidad, y ellos también. ¿Qué me aconsejan?

Respuesta: Desde el principio, los padres se dan cuenta de que no lo saben todo y no son perfectos. Pero los bebitos y los niños pequeños son tan inocentes y confiados que ni siquiera lo advierten. La toma de conciencia, por así decirlo, comienza unos años después y alcanza su punto máximo durante la adolescencia. La solución no está en esforzarse inútilmente por alcanzar el rango de padre perfecto o madre perfecta, sino más bien en aprender a sacar partido de nuestras imperfecciones y nuestra incompetencia. 

A continuación explicamos tres ventajas que tiene ese enfoque:

En primer lugar, cuando uno se sabe débil e incapaz, está más presto a pedir y aceptar la asistencia divina. «No que seamos competentes por nosotros mismos para pensar algo como de nosotros mismos, sino que nuestra competencia proviene de Dios» (2 Corintios 3:5). Cuando somos débiles, Él se hace fuerte en nosotros y por nosotros (2 Corintios 12:9). El hecho de recurrir a Dios nos proporciona unas fuerzas y una sabiduría que no podríamos alcanzar por pura superación personal.

En segundo término, nuestras debilidades nos mantienen humildes. Y al ser humildes, juzgamos menos a los demás y somos más amorosos y compasivos con nuestros hijos. Normalmente eso también nos predispone a escuchar las recomendaciones de otras personas que, por estar un poco más distantes de la situación, ven las cosas con mayor claridad.

Por último, al no ocultarles a nuestros hijos que nos consideramos débiles y vulnerables y que necesitamos la ayuda de Dios, en realidad les damos un magnífico ejemplo. Además, eso puede conducir a una relación más estrecha con ellos.

Así que no dejes que unas cuantas debilidades te frenen o te lleven a tener una mala imagen de ti. A pesar de todas tus flaquezas e imperfecciones, puedes ser un buen padre o una buena madre. Es más, sin ellas no podrías cumplir bien tu función.

Habiendo dejado eso sentado, hay que decir que la mejor forma —en realidad la única— de saber lo que necesita un niño y cómo ayudarlo es preguntárselo al Señor. La clave para realizar bien nuestra labor —aparte de estar llenos del amor de Dios— es aprender a pedirle la solución a nuestros problemas. Jesús siempre conoce el remedio idóneo. El hecho de contar con Su asistencia alivia enormemente nuestra carga.

Por ejemplo, si un hijo tuyo está pasando por una etapa difícil y estás empezando a perder la paciencia, pídele ayuda a Jesús. Cuando recurrimos a Él, Su Espíritu nos serena, nos da soluciones y nos ayuda a capear todas las dificultades que surgen. Puede llenar nuestro corazón y nuestros pensamientos de Su amor y así infundirnos una paciencia que supere nuestra capacidad natural. O, por ejemplo, si tu hijo tiene la costumbre de contestar mal, pídele a Jesús que te indique el origen de esa conducta y la mejor forma de remediarla. Él conoce a tu hijo como nadie, y además sabe todas las soluciones. 

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