«Se eliminan lunares»

«Se eliminan lunares»

Me dio un vuelco el corazón al ver un hermoso letrero, no hermoso en el sentido estético, sino por una frase que a mí me pareció mágica: SE ELIMINAN LUNARES. Aquellas palabras parecían escritas en caracteres de plata con el contorno dorado, pues prometían librarme de lo que más me disgustaba de mí misma.

Concretamente, siete lunares, tan negros que bien parecían manchas de tinta dejadas descuidadamente por un Creador universal que no se daba cuenta de los errores que cometía. En mi vida había visto a nadie con tantos lunares oscuros como yo. Consideraba que me restaban mucho atractivo. Esa era mi oportunidad de hacer borrón y cuenta nueva.

Entusiasmada me acerqué al edificio, procurando contener y disimular mi emoción. Pero cuando leí todo el letrero casi me detuve en seco. La clínica ofrecía sus variados servicios de cirugía plástica a quienes tuvieran la mala fortuna de haber nacido con toda clase de imperfecciones físicas y a la vez la suerte de poder costear un trabajo de corrección estética.

En un santiamén repasé mentalmente todos mis defectos físicos. Tengo un rostro que no es ni ovalado ni cuadrado, en el que unos ojos grandes, una nariz borbónica y una boca ancha se disputan el protagonismo. También tengo la frente bastante pronunciada. Mis brazos largos y mi torso delgado no combinan con mi mitad inferior, de caderas anchas. Vacilé. ¿Qué pensaría de mí, con todas mis imperfecciones, un experto modelador de siluetas humanas?

La idea de acercarme —aunque sólo fuera un poquito— al ideal me impulsó por las escaleras bruñidas de color azul cobalto hasta llegar a un espacio primoroso y a la vez agradable. En una sala de espera iluminada con una tenue luz azul crecían exuberantes, sin una sola mancha, cantidad de plantas. «Claro —pensé—, aquí hasta las plantas son inmaculadas».

Tartamudeando pedí una entrevista con el médico. Torpemente le indiqué a la señorita las manchas de mi cara. La bella recepcionista del spa —delgada e impecablemente vestida con una bata también azul cobalto— se levantó enseguida. En menos de un minuto se presentó el especialista, que me condujo a su despacho. Sin ninguna elocuencia le transmití mi deseo urgente de hacer desaparecer los lunares. ¿Se podía?

Cuando se colocó la lupa para estudiarlos de cerca, su expresión inicial de confianza —«claro, por supuesto»— fue sustituida por una mirada de preocupación que duró más de lo esperado. Su conclusión: El procedimiento era difícil, y sería imposible obtener buenos resultados. Las manchas no desaparecerían.

De pronto se me fue la euforia y me desinflé.

El médico se sentó. Por primera vez reparé en su mirada. Me fijé en sus ojos, y lo que vi me sorprendió. Denotaban pesar, pero no lástima; cansancio, pero no desesperación. Mientras pronunciaba su dictamen —«es el legado genético de tus padres»— me rogaba con los ojos que me aceptara tal como Dios me había hecho. Me di cuenta de que ese dejo de hastío que él tenía era consecuencia de años de cortar, meter, quitar, alargar, acortar y enderezar los tejidos que Dios había creado, para ajustarse al patrón de belleza de sus clientes.

Curiosamente, revivieron mis esperanzas.

Mientras descendía hacia la calle por las relumbrantes escaleras de la clínica, me pregunté cuántas veces aquellos ojos habían rogado lo mismo a otras personas, y fueron rechazados o ignorados. En esta oportunidad, gracias a Dios, su fe había hecho contacto con la mía y me había ayudado a aceptar lo inaceptable.

Sigo sin ser perfecta, pero ya no me urge serlo. Se lo debo a la mirada de súplica de un viejo artista que me consideró bonita tal como Dios me había hecho.

Una vida con tachas y defectos puede causarnos tanta angustia como las tachas y defectos físicos. Cuando un divorcio, un accidente, un descenso de categoría o alguna otra crisis inesperada acaba con nuestras esperanzas de un futuro idílico, podemos quedarnos desconcertados. Ahora bien, si somos capaces de creer que somos hermosos porque Dios nos hizo, confiemos en que también nuestra vida puede ser hermosa simplemente porque Dios nos ama.

Él no busca gente perfectamente agraciada para representarlo. «Lo necio del mundo escogió Dios, para avergonzar a los sabios; y lo débil del mundo escogió Dios, para avergonzar a lo fuerte; y lo vil del mundo y lo menospreciado escogió Dios, y lo que no es, para deshacer lo que es» (1 Corintios 1:27,28). Alza, pues, el rostro y «[gloríate] más bien en [tus] debilidades, para que repose sobre [ti] el poder de Cristo» (2 Corintios 12:9). Él puede vestir de hermosura esa vida imperfecta tuya, si le das la oportunidad.

* * *

Algún día a nuestros descendientes les parecerá increíble que hayamos prestado tanta atención a asuntos como la cantidad de melanina que tenemos en la piel, nuestro sexo o la forma de nuestros ojos, en lugar de dar preeminencia a las características que nos identifican como seres humanos complejos.—Franklin Thomas

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