Ciclos existenciales

Ciclos existenciales

«Todo tiene su momento oportuno;hay un tiempo para todo lo que se hace bajo el cielo»1.

Esa frase encierra una enorme lección. Es muy alentadora, y en cierto modo no tanto. Independientemente de cómo te sientas en determinado momento, de qué etapa de la vida estés viviendo, es probable que en algún momento se produzca un cambio, pues como bien sabemos, una temporada sucede a otra.

Cuando el rey Salomón escribió el anterior versículo, dio muchos ejemplos de los ciclos por los que pasamos y de los cambios que puede experimentar nuestra vida:

«Un tiempo para nacer, y un tiempo para morir;
un tiempo para plantar, y un tiempo para cosechar;
un tiempo para matar, y un tiempo para sanar;
un tiempo para destruir, y un tiempo para construir;
un tiempo para llorar, y un tiempo para reír;
un tiempo para estar de luto, y un tiempo para saltar de gusto;
un tiempo para esparcir piedras, y un tiempo para recogerlas;
un tiempo para abrazarse, y un tiempo para despedirse;
un tiempo para intentar, y un tiempo para desistir;
un tiempo para guardar, y un tiempo para desechar;
un tiempo para rasgar, y un tiempo para coser;
un tiempo para callar, y un tiempo para hablar;
un tiempo para amar, y un tiempo para odiar;
un tiempo para la guerra, y un tiempo para la paz»2.

Una de las promesas más bellas de la Biblia se nos ofrece en ese mismo capítulo: «Dios hizo todo hermoso en su momento, y puso en la mente humana el sentido del tiempo, aun cuando el hombre no alcanza a comprender la obra que Dios realiza de principio a fin»3.

Me gusta la parte que dice: «El hombre no alcanza a comprender». De jovencita yo abrigaba muchas aspiraciones e ideas sobre cómo debía ser mi vida. La mayoría de esas ideas eran buenas o por lo menos pasables. No solo soñaba con ser famosa o millonaria. También anhelaba poder salir corriendo a cualquier parte del mundo que necesitara ayuda. Quería socorrer a los huérfanos y erradicar la pobreza. Cuando tuviera hijos —en caso de que los tuviera—, deseaba criarlos en una aldea africana donde todos trabajáramos juntos para que la comunidad prosperara. Ese era mi deseo. De verdad me parecía un sueño perfecto, y por momentos aún me lo parece.

No obstante, Dios tenía para mí un plan que yo no alcanzaba a comprender.

Todavía estoy viendo como se va plasmando. En todo caso, he aprendido lo suficiente como para saber que los designios de Dios son mucho más trascendentales que lo que yo pueda alcanzar a entender. Me he dado cuenta de que Él está presente tanto en las épocas de siembra como en las de cosecha. Otra cosa que he constatado es que ambas temporadas son cíclicas.

El agricultor siembra cada primavera y cosecha cada otoño. Año tras año. No se altera por tener que sembrar cada año. No grita irritado: «¡Pero si hice lo mismo el año pasado! ¿Por qué otra vez?» En otoño, cuando es hora de cosechar, no se dice: «Bravo, no tendré que volver a hacer eso jamás». Sabe que el ciclo se repite cada año, y no tiene inconvenientes con eso.

De la misma manera, todos debemos aceptar los ciclos de la vida. Hay momentos para reírse y momentos para llorar; momentos para sembrar y momentos para cosechar; momentos para dar y momentos para recibir. Todo esas situaciones ocurren.

En Texas, donde vivo, las condiciones metereológicas son impredecibles. Un día anda uno en shorts; al día siguiente saca del clóset toda la indumentaria de invierno porque se aproxima un frente frío. En los días de calor abrasador —hoy es uno de esos— es fácil olvidarse de que aquí también hay temperaturas bajo cero.

Lo mismo se puede decir de los ciclos de la vida. Cuando viene una temporada  de aflicción, cuesta recordar que también se han vivido muchas alegrías. Cuando llegan las decepciones es fácil olvidar los momentos en que todo salió sin contratiempos.

Para Dios ninguna temporada es más bonita que otra. Él puede aprovechar cada etapa de nuestra vida para hacer que se cumpla Su propósito. A veces, cuando las cosas marchan magníficamente, me imagino que Dios me está sonriendo, y en cambio pienso que una dificultad o un revés significan que he caído en desgracia con Él. No obstante, la experiencia me ha demostrado que no es así. Un gran pintor emplea colores vivos —rojos, amarillos, morados y azules— para expresar su inspiración; pero los contrasta con negros, grises opacos y blancos difuminados.

Es preciso que confiemos en el Pintor. Su obra habla por sí sola. Una y otra vez ha demostrado que efectivamente lo hizo «todo hermoso en su momento». La vida de cada uno de nosotros está marcada invariablemente por una alternancia de crestas y valles. Y ninguna fase es una excepción a la promesa de que será hermosa en su momento.

1. Eclesiastés 3:1 (NVI)
2. Eclesiastés 3:2–8 (NVI)
3. Eclesiastés 3:11 (NVI)

Mara Hodler

Mara Hodler es escritora independiente. Este artículo es una adaptación de un podcast transmitido en Just1Thing, portal de internet de formación cristiana para jóvenes.

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