Cavilaciones sobre las maravillas del cuerpo humano

Cavilaciones sobre las maravillas del cuerpo humano

Dado que soy decididamente aprensivo, cuando el salmista, refiriéndose al cuerpo humano, dice: «Formidables y maravillosas son Tus obras» (Salmo 139:14), me doy por satisfecho. Para mí no hace falta meterse en lo que sucede debajo de la piel. Prefiero ignorarlo y dedicarme a lo mío. Sin embargo, no todos son así. En los últimos doscientos o trescientos años —unos tres mil años después que David, rey de Israel, cantó embelesado esas alabanzas a su Creador—, personas más curiosas y sin duda menos aprensivas que yo han hecho unos descubrimientos asombrosos, que nos dan motivo para exclamar igual que David: «¡Cuán preciosos, Dios, me son Tus pensamientos! ¡Cuán grande es la suma de ellos! Estoy maravillado y mi alma lo sabe muy bien» (Salmo 139:17,14).

Según el Génesis —primer libro de la Biblia—, los seres humanos tenemos la particularidad de haber sido creados a imagen y semejanza de Dios. A partir de un puñado de polvo, Dios formó al primer hombre; y cuando estampó en aquella figura inanimada el beso de la vida, de pronto Adán se convirtió en un ser viviente. Sabiendo que solito Adán se amargaría y que no le pasaría nada por tener una costilla menos, al menos por un tiempo, Dios procedió a sacarle una y a partir de ella creó a Eva. Pese a que los escépticos no se han cansado de ridiculizar ese relato, la medicina moderna le otorga algo de credibilidad.

Cuando una víctima de un accidente necesita cirugía reconstructiva, los cirujanos torácicos suelen quitarle costillas para hacer injertos de huesos. El periostio es una membrana que recubre la totalidad de las superficies óseas, salvo en las articulaciones. Contiene células capaces de regenerar tejido óseo. En particular, el periostio de las costillas tiene una capacidad de regeneración asombrosa. Cuando se extrae una costilla y se deja el periostio en su lugar y lo más intacto posible, la costilla suele regenerarse, como bien le pudo haber sucedido a Adán. Uno de los motivos fundamentales por los que las costillas tienen tal capacidad de regeneración es que los músculos intercostales insertos en ellas les proporcionan un buen suministro de sangre. Dios sabe lo que hace.

El cuerpo humano posee muchas otras características que son un tributo a la previsión e ingenio de nuestro Creador. A continuación reproducimos una pequeña muestra de ellas:

El esqueleto humano es una estructura dinámica y flexible de huesos y cartílagos unidos mediante bisagras y junturas. Es capaz de automantenerse. Con el objeto de reducir el daño producido por el rozamiento, el cuerpo genera una sustancia gelatinosa lubricante en todos los puntos en que hace falta.

El organismo es una planta química increíblemente compleja y eficiente, que convierte los alimentos que ingerimos en tejido vivo. Además de producir carne, sangre, huesos y dientes, tiene una capacidad notable de autorreparación cuando una de sus partes sufre daños a causa de un accidente o enfermedad.

El cuerpo humano cuenta con un termostato que regula tanto nuestro sistema de calefacción como el de refrigeración, manteniendo la temperatura a unos 36,8°C. Un diminuto dispositivo ubicado en el hipotálamo envía periódicamente una señal sobre la temperatura ideal del cuerpo a otra parte del encéfalo que la compara con los mensajes que recibe de distintas partes del organismo sobre la temperatura real del mismo. Si la temperatura está demasiado alta, se envía una señal a otro centro de control del encéfalo que ordena a las glándulas sudoríparas que humedezcan la superficie de la piel. A medida que se evapora el sudor, absorbe calor, lo que produce un efecto de enfriamiento. El proceso se refuerza mediante una segunda señal que manda dilatarse a los vasos sanguíneos de la piel, lo cual hace que haya más sangre caliente cerca de la superficie. Ese aspecto sonrosado que tenemos cuando nos da calor es señal de que el organismo está reduciendo el exceso de temperatura. Por otra parte, si el centro de control de temperatura determina que el cuerpo está muy frío, envía una señal para que los vasos sanguíneos se contraigan, lo cual disminuye la cantidad de sangre que está cerca de la piel y reduce la pérdida de calor. Eso es lo que nos da un color pálido o amoratado. Además, da instrucciones a los músculos para que vibren y así generen calor. El cuerpo tirita y por ende comienza a calentarse.

Somos capaces de detectar y discernir sonidos gracias a un diminuto e intrincado instrumento que tenemos en el oído. Las ondas sonoras se desplazan por el canal auditivo, y el tímpano las convierte en vibraciones. Una vez que pasan al oído medio, esas vibraciones son captadas por los huesecillos —los tres huesos más pequeños y delicados del organismo— y siguen hacia la cóclea u oído interno, que se asemeja a una concha de caracol llena de líquido. Las vibraciones le confieren al líquido un movimiento ondulatorio que es detectado por unos cilios microscópicos que hay en la cóclea. Se generan así señales nerviosas que el cerebro entiende e interpreta como sonidos.

El corazón bombea sangre a través de decenas de miles de kilómetros de vasos sanguíneos. Ese flujo lleva nutrientes y oxígeno a cada parte del organismo. Además de que los vasos sanguíneos son increíblemente flexibles y durables, las paredes internas de las arterias tienen una ligera forma de tirabuzón que permite que la sangre corra con mayor facilidad. Cuanto más fluido es el paso de la sangre, menos esfuerzo tiene que hacer el corazón. Aunque éste puede parecer un factor de poca monta, es importante si se considera que el corazón tiene que bombear un promedio de seis litros de sangre por minuto toda la vida.

Werner Gitt, ex profesor del Instituto Federal de Física y Tecnología de Alemania, escribió: «No cabe duda de que el sistema de procesamiento de información más complejo que existe es el cuerpo humano». Calculó que toda la información que nuestro cuerpo procesa cada día —los datos relacionados con los procesos conscientes, como el habla y los movimientos voluntarios, más los utilizados en las funciones orgánicas y sistémicas inconscientes— equivale aproximadamente a 1024 bits. Para expresar una cifra tan astronómica en términos más comprensibles, equivale a un millón de veces la suma de los conocimientos que la humanidad tiene almacenados en las bibliotecas de todo el mundo.

¡Sin duda que el cuerpo humano es una obra formidable!, como dijo el salmista.

(Los datos presentados se tomaron de artículos de Joseph Paturi y Carl Wieland.)

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Richard Johnston

Richard Johnston es escritor e investigador. Ha publicado varios artículos en Conéctate.

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