Me encontrarás corriendo

Me encontrarás corriendo

Hace unos años me di cuenta de que estaba en muy mal estado físico. Mi trabajo se había tornado sedentario y no lo había compensado con alguna actividad física. Me gustaba hacer ejercicio, pero nunca encontraba el tiempo o el estímulo para perseverar en ello día tras día. Ahora me doy cuenta de que parte del problema era que daba más importancia a mi rendimiento en el trabajo que a mi salud.

Hasta que un día leí en el periódico que en la ciudad en que vivo se celebra una maratón anual. ¡Perfecto! Ya tenía una meta a la que abocarme, un motivo para hacer ejercicio. Entrenaría mucho y participaría en la carrera del año siguiente.

Mi programa de entrenamiento consistía en correr lo más rápido que podía hasta quedarme sin aliento. Luego caminaba hasta recuperarme y volvía a correr a toda marcha. Lo hacía una y otra vez. Cuando ya no daba más regresaba a casa y me desplomaba. Aunque era gratificante hacer ejercicio, al poco tiempo me di cuenta de que no estaba haciendo progresos.

Supuse que necesitaba consejos de algún profesional, así que investigué en Internet y encontré varios sitios sobre trotar. Algunos eran informativos; otros, francamente desconcertantes. La mayoría me recomendaban que gastara dinero en cosas que estaban fuera de mi alcance, en aparatos o dispositivos costosos o en un preparador físico personal.

Más desalentadora aún me resultaba la idea de entrenar con constancia y a largo plazo. Un experto tras otro decía: «Empieza despacio, incrementa tu resistencia de a poco, pero haz algo todos los días». Yo soy de las que buscan resultados rápidos. Los programas a largo plazo me resultan desesperantes. Mi propia reacción ante ese enfoque del ejercicio me hizo caer en la cuenta de que esa actitud mía afectaba otros aspectos de mi vida: dejaba pendientes asuntos importantes que me exigían dar pequeños pasos una y otra vez a lo largo del tiempo.

Pero los únicos que corren maratones, que alcanzan un buen estado físico o que logran sus objetivos en la vida son los que van progresando paulatinamente, día a día, por un buen período de tiempo. Así que me propuse cambiar, empezando con el ejercicio. Comencé despacio, traté de controlar mi ritmo y mandé callar a aquella voz socarrona que me decía: ¿De qué te va a servir lo poquito que estás haciendo?

Por aquel entonces leí un artículo estupendo sobre vivir sanamente, que hacía hincapié en incorporar la energía espiritual a la ecuación de la buena salud y el acondicionamiento físico. Empecé a orar con más frecuencia, a pedir a Dios que no solo me ayudara a hacer progresos en mis corridas, sino que además me diera orientación.

Al principio avanzaba a paso más lento y por menos tiempo del que me habría gustado; pero procuraba hacerlo todos los días. Cada día lograba recorrer una distancia un poco mayor en el mismo tiempo, y empecé a disfrutarlo de verdad. Además descubrí que tenía más energías.

En determinado momento me dio una gripe demoledora. Varias semanas después que me bajó la fiebre, seguía fatigada. Cuando por fin me sentí con fuerzas para reanudar mis salidas a trotar, di por perdido el acondicionamiento físico que tanto me había costado alcanzar en los meses anteriores. ¡Todo ese tiempo y esfuerzo desperdiciados! Ni quería hacer el intento. Mañana quizás.

Un día tiré al tacho todas mis excusas. Me lo iba a tomar con calma, despacito, a ver hasta dónde llegaba. Descubrí sorprendida que estaba a un 75% del nivel que había alcanzado antes de enfermarme. Todos mis esfuerzos no habían sido en vano. Es más, mientras corría me fui sintiendo mejor. Me resultó tonificante respirar profundamente y recorrer los prados y los hermosos parajes que hay cerca de mi casa. Creo que ese fue el día en que descubrí que me encantaba correr. El acondicionamiento físico era un objetivo digno de atención y la idea de correr una maratón me había dado el incentivo para empezar. Sin embargo, el simple hecho de hacerlo todos los días era entretenido en sí mismo.

Mientras corría me puse a pensar en otras cosas que llevaba tiempo postergando, asuntos que requieren la misma planificación y ritmo constante, la misma perseverancia día tras día. Le encontré el gusto a correr, a hacer lo que podía cada día para estar saludable y mantenerme en forma, en sintonía con mi familia y con la gente que quiero, además de progresar en mi trabajo.

También aprendí a aprovechar esos ratos de trote en relativa soledad, no solo para reflexionar sobre diversos asuntos, sino para orar al respecto. Cuando salgo a correr le cuento a Jesús las dificultades con los que estoy lidiando. A veces me da soluciones, ideas que no se me habían ocurrido y que probablemente nunca se me ocurrirían. En otras ocasiones el solo hecho de desahogarme con Él contribuye a aliviar mi estrés. Asimismo empleo esos ratos para rezar por otras personas y situaciones, algo que también necesitaba hacer con más asiduidad, pero nunca encontraba el momento. Regreso a casa con la sensación de que las cargas que me agobiaban han quedado regadas a la vera del camino.

Puede que nunca llegue a correr la maratón, pero al final de cada día me encontrarás corriendo.

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