Ocultar cicatrices

Ocultar cicatrices

Todos tenemos experiencias en la vida que nos dejan cicatrices y —sean estas físicas o emocionales— a menudo tratamos de ocultarlas por miedo a lo que opinen los demás si las descubrieran. Estas cicatrices pueden ser cualquier cosa de la que nos sentimos avergonzados y que intentamos esconder; por ejemplo, heridas tapadas del pasado, luchas internas que enfrentamos, rasgos físicos que no nos enorgullecen, etc. A lo largo de mi vida he aprendido que ser transparente acerca de las cicatrices en lugar de ocultarlas es muy liberador. Les referiré enseguida una de mis consabidas cicatrices de la que he aprendido a no abochornarme.

Hace varios años hice una presentación musical para los estudiantes de una universidad. Cuando terminé, una joven que había estado en el auditorio se me acercó y me dijo cuánto había disfrutado el programa. Luego me hizo una solicitud para la que no estaba preparado.

—¿Te importaría quitarte las gafas de sol por un momento? Me gustaría ver tus ojos.

Desde que tengo memoria llevo gafas de sol cuando salgo o interactúo con otras personas. Aunque no me avergüenzo de ser ciego, esa era la primera vez que una perfecta extraña me había pedido que le mostrara los ojos, por lo que me sentí un poco incómodo. No obstante, me dije:

—¿Y qué importa? Sobre todo teniendo en cuenta que muy probablemente no la volveré a ver.

Me quité las gafas de sol e interiormente me preparé para lo que me pareció que fueron varios minutos, pero que debió de ser mucho menos. Finalmente ella dijo:

—Tienes unos ojos preciosos. No tienes por qué ocultarlos.

Nunca la volví a ver, pero tampoco olvidé lo que me dijo.

Algunos años después me presentaron por internet a la chica que hoy es mi novia. Como no vivíamos en la misma ciudad, al principio chateamos por Google Hangouts durante un par de meses. Luego decidimos probar llamarnos por Skype. La primera llamada fue solo con audio, ya que no se me había ocurrido hacer una videollamada. Cuando me pidió que la próxima intentáramos hacerla con video, acepté, pero me puse bastante nervioso.

Antes de la llamada, por pura costumbre, me puse mis gafas de sol. Sabía que mejoraban mi presentación en las actuaciones y quería dar la mejor impresión posible. Pero para mi consternación, después de los saludos iniciales, ella me comentó:

—La verdad es que quería ver tus ojos.

Esa vez sí que me puse nervioso. A diferencia de la chica de la universidad, ella era una persona cuya opinión yo valoraba. Tarde o temprano llegaría este momento y no tenía sentido retrasar lo inevitable.

Cuando me quité los anteojos tuve nuevamente la sensación de que me estaban examinando de cerca. Ella me dijo:

—¡Qué ojos tan bonitos! No necesitas las gafas cuando hables conmigo.

Hace poco escuché un relato corto y conmovedor que muestra claramente lo valiosas que pueden ser ciertas cicatrices, gracias a los recuerdos que suscitan. Se trataba de un niño que fue atacado por un cocodrilo mientras nadaba en una laguna cerca de su casa. El chiquillo se puso a gritar cuando el animal lo agarró por las piernas. Su madre, al oír los alaridos desde el interior de la casa, salió corriendo y lo agarró por los brazos. Lo tomó con tanta fuerza que le clavó las uñas, hasta que un vecino, que también oyó los gritos, llegó corriendo con su pistola y mató al cocodrilo.

Estando el niño en recuperación, un periodista vino a verlo y le preguntó si le mostraría las cicatrices en las piernas donde el cocodrilo lo había mordido. Se subió las piernas del pantalón; luego dijo:

—Pero estas son las cicatrices que debes ver —mientras se subía las mangas de la camisa y revelaba las marcas de las uñas de su madre en los brazos donde ella lo había agarrado.

—Tengo estas —dijo—, porque mi madre nunca me soltó.

Jesús también tenía cicatrices. Incluso después de Su milagrosa resurrección todavía revelaba marcas de clavos en las manos y un agujero en su costado donde había sido traspasado. Aunque podía perfectamente hacerlas desaparecer, no solo prefirió conservarlas, sino que se las enseñó voluntariamente a Sus seguidores para demostrarles que en efecto había resucitado, tal como prometió que lo haría.

Por tanto, si Jesús no se avergonzó de Sus cicatrices, ¿por qué nosotros habríamos de avergonzarnos de las nuestras, sean cuales sean? Cuando optamos por mostrar nuestras cicatrices en lugar de ocultarlas, la luz y el amor de Dios pueden relucir a través de ellas y tener repercusiones en la vida de la gente para Su gloria. «Así alumbre la luz de ustedes delante de los hombres, de modo que vean sus buenas obras y glorifiquen a su Padre que está en los cielos.»1

Podcast

1. Mateo 5:16

Steve Hearts

Steve Hearts es ciego de nacimiento. Es escritor y músico y vive en Norteamérica. 

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