Caídas hacia arriba

Caídas hacia arriba

La vida es una larga experiencia didáctica. Para quienes conocemos y amamos a Jesús, Él es nuestro Maestro. Más que ninguna otra cosa, quiere enseñarnos todo lo que necesitamos saber sobre Él y Su amor, de forma que las cosas anden mejor y seamos más felices.

Dios sabe que ninguno de nosotros puede lograr gran cosa si nos apoyamos exclusivamente en nuestras presuntas fuerzas e inteligencia. Es más, Jesús dijo: «Separados de Mí, nada podéis hacer» (Juan 15:5). Por otra parte, la Biblia también dice que «todo lo podemos en Cristo que nos fortalece» (Filipenses 4:13). He ahí la clave. Es menester que aprendamos a dejar obrar a Jesús por medio de nosotros.

Claro está que uno no aprende a depender más del Señor en un santiamén. Requiere tiempo y experiencia; es un proceso que en muchos casos está jalonado de dificultades y aparentes derrotas. Es casi interminable la lista de personajes bíblicos a los que Dios tuvo que enseñar humildad antes de poder servirse de ellos.

José es un claro exponente de ello. Su padre, Jacob, tuvo 12 hijos, de los cuales José era su preferido. Al final sus hermanos mayores tuvieron tanta envidia de él que poco faltó para que lo mataran. Lo echaron en una cisterna y luego lo vendieron como esclavo. José tuvo que perder su libertad y más tarde ser condenado como un delincuente antes que Dios pudiera exaltarlo —llegó a ser el segundo hombre más poderoso de Egipto— y valerse de él para salvar a Su pueblo del hambre (V. Génesis, capítulos 37,39–41).

Otro caso fue Moisés. Durante 40 años fue educado como un príncipe en la corte del faraón. Aun así, Dios no pudo valerse de él hasta que hubo vivido 40 años en el desierto sin hacer otra cosa que cuidar ovejas (V. Éxodo, capítulos 2,3).

Y ¿qué se puede decir de David? Cuando se enamoró de Betsabé —una mujer casada— urdió un plan para que el marido de ella muriera en combate, tras lo cual mintió y pretendió encubrir su crimen. Dios tuvo que desenmascararlo y castigarlo severamente. Años después, Absalón, su propio hijo, lo traicionó y le arrebató el trono por una temporada (V. 2 Samuel, capítulos 11,12,15). Pero ¿fue la caída de David verdaderamente una caída? ¿No fue más bien una caída hacia arriba? Con Dios, a veces para subir hay que pasar por abajo. Todo lo contrario de lo que uno se imagina. David fue humillado, y eso le recordó que su grandeza dependía exclusivamente del Señor. Como consecuencia de las desgracias y reveses que sufrió, brotó la dulce miel de los salmos y la fragancia de sus alabanzas al Señor por Su amor, Su bondad, Su poder y Su misericordia.

Y repasemos el caso del gran apóstol Pablo. En sus inicios fue un destacado activista judío conocido como Saulo, que se abocó personalmente a la tarea de exterminar a una incipiente secta que por entonces se propagaba con rapidez. Cierto día en que cabalgaba hacia Damasco con la misión de encarcelar y ejecutar a cuantos seguidores de Jesús de Nazaret encontrara, Dios tuvo que derribarlo de su caballo y cegarlo con la fulgurante luz de Su presencia. Temblando, impotente y totalmente ciego, Saulo hubo de ser llevado de la mano a la ciudad, donde permaneció tres días sin poder comer ni beber a causa de su estupor. Un discípulo de Jesús se presentó luego y oró por él, tras lo cual Saulo recobró la vista y se transformó en el apóstol Pablo. Antes de poder servirse de él para ayudar a muchos, Dios tuvo que quebrantarlo y transformarlo en otro hombre (V. Hechos, capítulo 9).

Casi todas las personas de las que Dios pudo realmente valerse tuvieron que llegar a sentirse acabadas. De lo contrario, se habrían vuelto tan soberbias y seguras de sí que se habrían atribuido todo el mérito. Por eso Dios opta por valerse de lo débil y lo necio (1 Corintios 1:25–29).

Cuando aprendemos de nuestros errores, estos tienen un buen efecto en nosotros, como les sucedió a esos hombres de la Biblia. Además, uno también puede escarmentar en cabeza ajena. «Estas cosas les acontecieron como ejemplo, y están escritas para amonestarnos a nosotros, a fin de que tengamos esperanza» (1 Corintios 10:11; Romanos 15:4).

Dios no siempre ve las cosas como nosotros. Sus pensamientos y Sus caminos difieren de los nuestros (Isaías 55:8,9). Él no nos juzga conforme a nuestros éxitos o fracasos, sino según nuestra motivación. Llegará el día, en el Cielo, en que dirá a quienes le hayan sido leales: «Bien, buen siervo y fiel» (Mateo 25:21). No dirá siervo exitoso, sino siervo fiel.

Así, aunque no siempre entendamos por qué tenemos problemas, aprietos, dificultades y quebrantos, no olvidemos que Dios se propone algo con todo ello y sabe bien lo que hace. Él consigue algunas de Sus victorias más resonantes de aparentes derrotas. Victorias que nos vuelven más dóciles, quebrantados, humildes y totalmente dependientes de Él. No tenemos por qué abatirnos cuando parece que todo marcha mal y nuestras esperanzas se ven defraudadas. Es cuestión de caer hacia arriba.

David Brandt Berg

David Brandt Berg (1919-1994) fue hijo de la reconocida pastora evangelista norteamericana Virginia Brandt Berg. En 1968 él, su esposa y sus hijos adolescentes iniciaron un movimiento juvenil contracultural en Huntington Beach, California. Su misión creció hasta derivar en el movimiento internacional cristiano conocido actualmente como La Familia Internacional (LFI). (Los artículos de David Brandt Berg publicados en Conéctate son versiones adaptadas del original.)

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