Dolores de crecimiento

Dolores de crecimiento

Durante una prueba semanal de ortografía con un aula de niños de primer grado, advertí que Cindy —una de mis alumnas— no había escrito nada en su prueba.

—No me acuerdo de las respuestas —me dijo ahogada en llanto.

La tomé de la mano y la llevé afuera para que tomara un poco de aire. Juntas repasamos los sonidos fonéticos de las palabras que les había enseñado aquella semana. Con un poco de guía y ánimo, volvió a su pupitre y logró recordar dos de ocho palabras. Si bien fue un alivio para ella haber recordado siquiera esas dos palabras, aquella experiencia supuso un duro golpe a su autoestima, ya de por sí algo tambaleante.

Esa noche, después de la jornada de trabajo, me senté a anotar los puntajes de ortografía en mi libro de registros y me topé con el nombre de Cindy. Recordé repentinamente esa mirada de angustia en sus ojitos y sentí mi propia sensación de impotencia expresada en sus lágrimas. Estudié algunos textos sobre docencia y conversé con mis colegas sobre las dificultades que había que sortear. Con todo, no me veía haciendo grandes progresos en mis capacidades. Aunque albergaba la ilusión de terminar mi primer año como docente en unos pocos meses, me había topado con un muro. En todo caso, Cindy y yo teníamos algo en común: darnos por vencidas no era una opción viable.

Durante el resto del semestre tuve la impresión de que Cindy y yo realizábamos una travesía juntas. No dejé de animarla cada semana cuando se estresaba por no poder recordar la ortografía. Verla luchar con determinación por superar su ansiedad y culminar sus pruebas semanales potenció mis propios intentos por encontrar soluciones a los problemas que experimentaba en el aula. Cada vez que aquellas caritas me miraban con expresiones de confusión y aburrimiento me daba cuenta de que tenía que cambiar la forma en que presentaba el concepto.

Aprender a punta de errores puede ser un proceso doloroso, tanto para una alumna de primer grado como para una docente novata. Sin embargo, aquellos avatares nos hicieron madurar a las dos. Con el tiempo Cindy pudo recordar el vocabulario y dar una prueba de ortografía sin angustiarse cuando no recordaba un término. Entendió que la prueba le servía para ver cuáles palabras debía repasar más y cuáles había aprendido bien. Y aunque yo no dejaba de cometer errores pedagógicos, también empecé a ganar confianza y aprender estrategias para lidiar con situaciones que se producen en el aula. Una niña de seis años me enseñó que tenía que sobrellevar mis dolores de crecimiento para llegar a la meta que me había propuesto.

Elsa Sichrovsky

Elsa Sichrovsky es escritora independiente. Vive con su familia en Taiwán. 

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