El árbol

El árbol

Viví en una aldea de Tanzania en la que había un viejo árbol de aguacate (palto) que era el tesoro del lugar. Creció en medio del pueblo y sus frutos estaban al alcance de cualquiera de los aldeanos, que lo protegían y cuidaban, dado que para algunos de ellos la fruta que producía constituía la mayor parte de su alimentación diaria.

Un aguacate puede tardar hasta 15 años para producir frutos. Además requiere mucha atención durante ese tiempo. Para la aldea aquel árbol representaba una labor de amor y paciencia, cuyas recompensas tardarían en venir, pero serían apreciadas por décadas.

En el patio de atrás de mi antigua casa había un gigantesco roble, cuyas ramas se extendían por él aportando sombra, una de ellas perfecta para colgar un columpio. Cuando vendimos la casa aquel árbol era uno de los atractivos de venta. Mi nueva casa queda en una urbanización edificada hace poco. Todos los árboles son jóvenes. No aportan sombra ni belleza. Pasarán años hasta que compensen el esfuerzo invertido en su cuidado.

Mientras leía acerca de los frutos del Espíritu1 me puse a pensar en los árboles. La lista alude a muchas virtudes que deseo interiorizar, pero lo que más me llamó la atención es que los frutos crecen en los árboles y a estos les lleva tiempo producirlos.

Creo que por eso valoramos tanto los árboles maduros. Sabemos que a un árbol le lleva décadas alcanzar la adultez o producir fruto. Sabemos que debemos ser pacientes con los árboles, pero a menudo nos olvidamos que igualmente debemos ser pacientes con nosotros mismos y con los demás hasta el punto en que maduremos y podamos producir los frutos del Espíritu.

Pueden pasar años en que tal vez no veamos gran cosa. Y en esos años de quietud y espera podemos confiar en que, si nuestras raíces crecen profundas en Jesús, a la larga produciremos los frutos del Espíritu. Dios no nos mete prisa. Él dice: «La constancia debe llevar a feliz término la obra, para que sean perfectos e íntegros, sin que les falte nada»2.

Se trata de una verdad que apenas he comenzado a entender. No hay que apresurar el fruto. Aprender esto para mí misma y para quienes tengo bajo mi cuidado, tanto en lo personal como en lo profesional, está cambiando mi manera de pensar. Estoy más interesada en el crecimiento que en acelerar los resultados. Puedo contribuir a crear el entorno necesario para el desarrollo y confiar en que Dios se encargará de producir el fruto.

1. V. Gálatas 5:22,23
2. Santiago 1:4 (NVI)

Marie Alvero

Marie Alvero ha sido misionera en África y México. Lleva una vida plena y activa en compañía de su esposo y sus hijos en la región central de Texas, EE. UU. 

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