El carácter cristiano

El carácter cristiano

Un factor clave para llegar a ser como Jesús consiste en cultivar un carácter a tono con Dios. El presente artículo se centrará en los rasgos que, según la Escritura, cada creyente debe emular y que son los que nos llevan a adquirir una semejanza con Cristo. Esas cualidades o rasgos de carácter cristiano se distinguen de otras, que aun siendo buenas, no necesariamente nos hacen más parecidos a Cristo. Por ejemplo, creatividad, flexibilidad, actitud vigilante, decisión y otros atributos muy convenientes, pero que la Escritura no aborda directamente, frente a otros rasgos que sí plantea, como son la fe, la amabilidad, la paciencia, el amor, la gratitud y otros.

Ningún cristiano es perfecto: todos cometemos errores, todos pecamos y ninguno refleja completamente el espíritu de Cristo ni lo logrará en esta vida. No es posible cultivar un carácter afín a Dios acatando una serie de reglas por mero sentido del deber, o con la idea de que si hacemos todo lo correcto estilo robots llegaremos a vivir en consonancia con Cristo. Aunque hay determinadas cosas que hacer y reglas que observar, no es la observancia maquinal de estas la que nos hace más cercanos a Dios. Se trata más bien de cumplir esas cosas motivados por el amor que abrigamos por Dios, el cual mora dentro de nosotros. Los actos que reflejan conformidad con Dios emanan de nuestro ser interior y son producto de la transformación que se operó en nosotros al momento de entablar una relación con Dios, cuando nos convertimos en creación nueva.1 La transformación de nuestro carácter es por obra del Espíritu Santo.

Por supuesto que algún esfuerzo debemos poner de nuestra parte para ser mejores imitadores de Cristo. A fin de lograr que nuestra vida, pensamientos y actos coincidan con las enseñanzas de la Escritura es preciso que cada uno tomemos con regularidad determinadas decisiones morales. Todo esto, sin embargo, debe enmarcarse dentro de la gracia de Dios. Es el Espíritu Santo el que realiza cambios en nuestra vida tendentes a lograr una mayor similitud con Cristo. Algo de nuestra parte debemos cumplir nosotros, pero la transformación propiamente dicha procede del Espíritu Santo. Es lo mismo cuando se pilotea un velero: se deben colocar las velas en posición para que el viento las hinche. Es el viento el que mueve la nave, pero las velas deben estar desplegadas. La energía transformadora —el viento del Espíritu— tiene la virtud de cambiarnos; pero si queremos desplazarnos, debemos hacer el esfuerzo necesario para que las velas atrapen el viento.

El carácter cristiano se basa en nuestro concepto de Dios y lo que representa: que nos ha hablado a través de Su Palabra, que sostenemos una relación con Él y que deseamos modelar nuestra vida según lo que nos ha revelado en la Biblia. El carácter cristiano nos exige que optemos, con plena conciencia, por dejarnos transformar por el Espíritu Santo. Ello implica tomar una y otra vez las decisiones morales acertadas hasta que obrar como corresponde, de manera que agrade a Dios, nos resulte de lo más natural.

Luego de haber formado día a día y año tras año tu carácter cristiano, al verte frente a un dilema moral de envergadura tienes la capacidad de sortearlo, ya que te adiestraste para actuar en consonancia con Dios o a semejanza de Cristo. Amoldarse más a Cristo también supone cultivar ciertos atributos como son el perdón, la generosidad, la humildad y la gratitud. Cuando a menudo se opta por perdonar, ser generoso, humilde y agradecido, al poco tiempo uno acaba interiorizando esas cualidades.

A lo largo de la Escritura descubrimos las características que se consideran cristianas, entre las cuales destacan las mencionadas en la lista del fruto del Espíritu: «El fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza; contra tales cosas no hay ley».2

Sin embargo, la Escritura alude a muchos otros rasgos. Se nos insta a tener corazones compasivos, bondad, humildad, mansedumbre, amabilidad, paciencia y perdón;3 a pensar en todo lo que es puro, bello, digno de admiración, lo que suponga virtud o merezca elogio;4 a ayudar a los necesitados, pues más bienaventurado es dar que recibir;5 a tratar a los demás como queremos que nos traten a nosotros;6 a seguir la justicia, la piedad, la fe, el amor, la constancia y la humildad;7 a cumplir con la palabra empeñada;8 a ser moderados, respetables, sensatos, íntegros y bondadosos;9 a andar en integridad, decir la verdad y cumplir lo prometido aunque salgamos perjudicados;10 a dar ejemplo en la manera de hablar, en la conducta, y en amor, fe y pureza;11 a ser prontos para escuchar, y lentos para hablar y para enojarnos;12 a que nuestro amor brote de un corazón limpio, de una buena conciencia y de una fe sincera;13 a ser hospitalarios, amigos del bien, sensatos, justos, santos y disciplinados;14 a ser generosos y dispuestos a compartir lo que tenemos.15

Estas y otras características se encuentran en la Escritura, y cuando hacemos un esfuerzo por cultivarlas en nosotros mismos, izamos velas para que el Espíritu Santo pueda obrar en nuestro corazón, mente y espíritu con el fin de transformarnos. Quizás algunas o muchas de estas cosas no nos nazcan espontáneamente, y la verdad es que al principio tal vez tengamos que esforzarnos diligentemente para adoptarlas. La finalidad es fomentar en uno mismo un carácter amoldado a Cristo; para ello se requiere «despojarse del viejo hombre, con sus hechos, y revestirse del nuevo [...] conforme a la imagen del que lo creó, [el cual] se va renovando hasta el conocimiento pleno».16

La semejanza a Cristo exige un cambio intencionado. Al principio no nos nace espontáneamente. Los pasos que damos para llegar a ese punto requieren decisiones y acciones difíciles que van a contrapelo del instinto. Romper malos hábitos y sustituirlos por buenos no es tarea fácil, así como tampoco lo es cambiar actitudes, conductas y acciones pecaminosas por otras buenas. Existen algunos hábitos de mente, cuerpo, imaginación, habla y otros que es necesario desaprender para dar lugar a nuevos hábitos que hay que incorporar.

Por ejemplo, si somos egoístas por naturaleza, romper el hábito de ese rasgo de carácter exige una modificación en nuestro modo de ser. Tenemos que luchar contra la actitud egoísta que hemos incorporado en nuestra naturaleza decidiendo ser más generosos, no exigir que las cosas salgan como queremos y hacer más bien un esfuerzo para dejar que salgan como quieren los demás. Un cambio de esa índole exige que actuemos con decisión, mas con el tiempo nuestra tendencia a pensar exclusivamente en nosotros mismos y en lo que queremos disminuirá y llegaremos a ser más sensibles a las necesidades ajenas y más conscientes de ellas. Nos pareceremos más a Cristo en ese aspecto.

Cabe destacar que la semejanza a Cristo pide tanto despojarse como revestirse de rasgos de carácter. Muchas veces los creyentes se enfocan en despojarse de rasgos de naturaleza pecaminosa. Consideramos que el objetivo es dejar nuestro pecado, creyendo que si superamos tal o cual pecado estaremos más cerca del Señor, seremos mejores personas y agradaremos más a Dios. Si bien eso es cierto, luchar contra nuestra naturaleza pecaminosa constituye apenas parte de la batalla. Se enseña a los creyentes «que sean renovados en el espíritu de su mente, y se vistan del nuevo hombre, el cual, en la semejanza de Dios, ha sido creado en la justicia y santidad de la verdad».17 Nos es preciso desarrollar características acordes con los principios divinos además de despojarnos de las que contravienen tales principios. Así como se nos insta a despojarnos de los rasgos de nuestro viejo yo, se nos llama a revestirnos de los rasgos del nuevo. No podemos omitir ninguna de las dos.

La tarea que tenemos por delante es despojarnos del pecado y revestirnos de los atributos divinos, a fin de posibilitar que el viento del Espíritu de Dios nos impulse hacia una mayor semejanza a Cristo.

* * *

Dejemos a un lado las obras de la oscuridad y pongámonos la armadura de la luz. Romanos 13:12 (NVI)

Antes ustedes eran tinieblas, pero ahora son luz en el Señor; anden como hijos de luz. Efesios 5:8 (NBLH)

Sed, pues, imitadores de Dios como hijos amados. Efesios 5:1

Podcast

Peter Amsterdam

Peter Amsterdam

Peter Amsterdam se dedica activamente al servicio cristiano desde el año 1971. En 1995 accedió al cargo de codirector —junto con su esposa María Fontaine— de la comunidad de fe conocida como la Familia Internacional. Es autor de una diversidad de artículos sobre fe y teología cristiana. (Los artículos de Peter Amsterdam publicados en Conéctate son versiones adaptadas del original.)

Más en esta categoría: « El formador del carácter El árbol »
Copyright 2019 © Activated. All rights reserved.