La puesta a tono de un violín

La puesta a tono de un violín

Una mañana entré en la sala de mi profesor de música para comenzar una clase de violín y noté que había dos instrumentos sobre la mesa. Enseguida me atrajo el primero, que se veía nuevecito. Un violín nuevo es digno de admirar, con sus finas curvas, la superficie satinada y sin rayones, que brilla a la luz, y una voluta cautivadoramente contorneada con sus clavijas aún chirriantes.

Junto a aquel violín recién salido de las manos de algún experto lutier, había otro. Aunque sus curvas todavía eran estupendas, en ciertas partes el contorno estaba lesionado por un cuarteo o fisura en la madera; la superficie se veía opaca y rayada; la voluta conservaba su forma, pero las clavijas tenían trocitos faltantes en diversos puntos y el mango se veía gastado por tantos años de uso.

Agh! Uno podría pensar que un instrumento no podría estar en peor estado sin desarmarse por completo. Sin embargo, como me dijo mi profesor, los violines nuevos se ven perfectos, pero son los viejos los que suenan espléndidos. Los han golpeado, raspado, dejado caer y hasta olvidado. Mas todo eso es lo que les otorga su dulce sonido.

Un violín necesita tiempo para encontrar su tonalidad y desarrollar plenamente su voz. Para llegar a dar todo lo que puede, es preciso tocarlo horas y horas. Hay que afinarlo y volverlo a afinar. Las cuerdas se cortarán, el puente podrá salirse de lugar, las clavijas podrán desajustarse. Pero es todo parte de ese proceso.

A veces tengo la sensación de que a mí también me golpean, me raspan y me dejan tirada una y otra vez, o me olvidan. En ocasiones siento que me provocan muescas y hendeduras y parece que estoy por desarmarme. Hay días que siento que se me cortan los nervios, igual que las cuerdas de mi violín, y no encuentro el menor atisbo de belleza en mí. Con todo, en la sucesión interminable de días, aprendo de cada golpe y patinada. Aunque no pueda aspirar a la perfección o la belleza, crezco y maduro. Así como un violín centenario es una belleza para un violinista, yo soy bella a los ojos de Jesús.

Por eso, no te sientas mal si tienes un mal día o tropiezas y te caes. Quizá te parezca que tienes un montón de muescas y rayones. No desmayes, es parte del proceso que te dará elasticidad y te hará mejorar. Cada golpe y hendedura te harán más prudente, y gracias a ello la melodía de tu vida será más dulce.

Amy Joy Mizrany

Amy Joy Mizrany nació y vive en Sudáfrica. Se desempeña como misionera a plena dedicación con la organización «Helping Hand». En su tiempo libre toca el violín.

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