Madurar por medio del fracaso

Madurar por medio del fracaso

Otra larga jornada laboral tocaba a su fin. En mi primer semestre como profesora de inglés cada día se me presentaban múltiples pruebas y obstáculos que no lograba superar. No sé por qué, pero los conceptos que intentaba hacer entender a mis alumnos les resultaban esquivos. Por eso gruñía después, cuando tenía que revisar sus exámenes. El director del colegio me había comentado que mis alumnos no estaban haciendo suficientes progresos en su inglés. Los padres se quejaban de mi metodología de manejo del aula. Es decir, era un fracaso en todos los aspectos de mi trabajo.

Sobra decir que la docencia no es fácil. Mis colegas me habían dicho que aquello era bastante normal el primer año, que después mejoraría. Pero… y mientras tanto, ¿qué? ¿Cómo hacía para ponerme frente a una clase de alumnos alborotados, avergonzada de mi incapacidad de regular su comportamiento?

Una noche, mientras navegaba distraída por la red luego de otra desesperante jornada de clases, me topé con una frase que respondió a mi acuciante pregunta: «El fracaso debe ser nuestro maestro, no nuestro sepulturero. El fracaso es una demora, no una derrota. Se trata de un desvío transitorio, no de un callejón sin salida. Es algo que solo podemos evitar no diciendo nada, no haciendo nada, ni siendo nada». Me propuse tratar de ver cada fracaso como un catalizador para madurar. En lugar de dejarme avasallar por sentimientos de vergüenza y desesperación, me concentré en cómo aprovechar todo lo que podía aprender del fracaso.

Procuraba entonces recordar que cuando una actividad degeneraba en descontrol, acababa de descubrir una cosa más que no daba resultado con mis alumnos. Si el director me señalaba algunos defectos en mi estilo de docencia, me proponía cambiar de actitud y de planteamiento. Cuando esas caritas me miraban con signos de confusión o aburrimiento, me daba cuenta de que tenía que alterar mi estilo de enseñar determinado concepto.

Recordando todo aquello, agradezco cada uno de esos momentos decepcionantes que viví aquel primer año de mi carrera como docente. Los fracasos quedaron atrás, pero las valiosas enseñanzas que me dejaron sobre cómo presentar la materia, interactuar con los alumnos, abordar conflictos que se presentan en el aula —y sobre todo, lidiar con mis propios fallos—, continúan fortaleciéndome al día de hoy. Aunque todavía cometo errores en el aula, aprendí a no sucumbir en un mar de pensamientos negativos. Si logro concentrarme en la enseñanza que me aporta cada fracaso, estos se transforman simplemente en peldaños para progresar.

Elsa Sichrovsky

Elsa Sichrovsky es escritora independiente. Vive con su familia en Taiwán. 

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