Mi orientador profesional

Mi orientador profesional

Cuando egresé de la universidad estaba decidida a ser traductora profesional a plena dedicación. Durante cuatro años dediqué todo mi tiempo libre a estudiar mi par de idiomas y tomar cursos de traducción. Me fascinaba la estimulante y a la vez exigente tarea de traducir significados de un idioma a otro y ya desde hacía varios años había sido traductora voluntaria.

Antes siquiera de tener el diploma en mano ya había enviado solicitudes de empleo a 30 agencias de traducción y había hecho docenas de traducciones a modo de muestra. Me ilusioné mucho cuando varias agencias me respondieron. «Nos volveremos a comunicar con usted cuando tengamos trabajo para su par de idiomas y especialidad», me dijeron. Estaba segura de que en poco tiempo estaría pasándome los días haciendo lo que más me gustaba.

No obstante, al cabo de un mes sin tener noticias de aquellas agencias, comencé a descorazonarme. El sueño que parecía estar al alcance de mi mano se me estaba desvaneciendo. Siendo una traductora joven, sin experiencia y con un par de idiomas y especialidad que no tenían mucha demanda comercial, me resultaba difícil conseguir clientes fijos.

A regañadientes comencé a buscar otras oportunidades laborales, siempre lidiando con aquellos nubarrones de desesperanza. Un colegio de educación primaria publicó un avisó pidiendo una profesora de inglés. Chasqueada por estar sentada en casa esperando trabajo, hice a un lado mi sueño deshilachado y preparé mi prueba de docente. Para mi sorpresa —y espanto— me contrataron.

Dar clase a estudiantes de primaria nunca había estado en mi lista de empleos ideales, pues me había convencido a mí misma de que no tenía la paciencia necesaria para trabajar con niños de corta edad. Como era de esperarse, la algarabía de chillidos disonantes en alta frecuencia ahogaba mi voz. Además, mis briosos alumnos resultaron ser expertos en saltar y menearse para no prestar atención a mis explicaciones sobre verbos y sujetos. En todo caso, fui tomándome el tiempo para comprender las personalidades detrás de aquellas caritas radiantes y entusiastas, y recibí enseñanzas de paciencia, amor y compasión, que nunca habría aprendido de haberme dedicado plenamente a la traducción profesional. Aunque cada día traía consigo situaciones tensas que me ponían de rodillas en oración, verme obligada a actuar todos los días fuera de mi zona de comodidad reforzó mi flexibilidad y resiliencia.

Agradezco que Jesús no me hubiera proporcionado inmediatamente una oportunidad para hacer realidad los deseos de mi corazón; de otro modo me habría perdido la satisfacción y el crecimiento personal que forman parte de la tarea de un docente. He aprendido una vez más que Jesús —mi orientador profesional— me guiará a donde pueda aprender más, aunque no sea lo que tenía pensado en un principio. «Todo lo que Dios hace tiene un propósito».1

1. Proverbios 16:4 (TLA)

Elsa Sichrovsky

Elsa Sichrovsky es escritora independiente. Vive con su familia en Taiwán. 

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