Quizá no perfecta, pero bien

Quizá no perfecta, pero bien

Hace un tiempo decidí asistir a unas clases gratuitas de punto y crochet que ofrecían en un centro de barrio. Hacía bastante tiempo que la idea de aprender algo no me resultaba tan atractiva como ahora, a los 63 años. Además, tenía la esperanza de que me serviría para combatir el estrés, el cual, según me dijo el médico hace poco, estaba afectando mi salud.

Por supuesto que al comienzo una es una principiante, y con toda franqueza todavía lo soy. Así y todo, he terminado unas cuantas labores simples, y me da gusto mostrarles los simpáticos —aunque imperfectos—resultados de mi trabajo a mis amigos y familiares.

Cuando le dije a mi hija que quería tejerle a ganchillo una boina para su hijito, me propuso que la hiciera como la que lleva un personaje de una de las películas preferidas de mi nieto. Parecía asequible, así que compré lana de un color rojo bien vivo y me puse a trabajar.

A la mitad de la labor me di cuenta de que hacia el principio había cometido un pequeño error que entonces no había detectado, pero que a medida que progresaba se hacía más notorio. Era necesario deshacerlo todo y volver a comenzar. Mientras deshacía los nudos, pensé: Esta gorra tiene que quedar perfecta; bueno, quizá no perfecta, ¡pero bien! Por algún motivo, hacer y deshacer la labor estropeó hasta cierto punto la textura de la lana. Me di cuenta de que probablemente cualquiera que examinara de cerca la boina lo notaría. Aun así, me bastaba con que el tejido de punto y el producto final quedaran bien, aunque la lana en sí tuviera algunos defectos.

Tras reflexionar sentí que el Señor, mediante esta ejemplificación, me quería hablar de mi vida, con todas sus imperfecciones, algunas apenas perceptibles, otras flagrantes. Entonces me vino la frasecita: «Quizá no perfecta, pero bien». Jesús me recordó que mi vida ha estado bien. Es la vida de una persona justificada por Él, independientemente del material con que ha tenido que trabajar, mis defectos humanos, el mal criterio que he tenido, los errores cometidos y los que percibo como fracasos.

Luego está todo el proceso de corregir las cosas después que se han cometido errores o embarradas. Estas pueden llegar a ser muy complejas y hasta enrevesadas. Toma mucho trabajo y hasta duele desenredarlas. Afortunadamente me siento tranquila, porque tengo el amor y la aceptación incondicionales de Jesús. En cambio, acudir a otras personas —ya sean familiares, amigos o conocidos—, reconocer mis equivocaciones y a menudo no ser capaz siquiera de expresar cómo o por qué hice tal o cual cosa es algo que se podría decir que causa un roce o daño aún mayor al tejido de la vida. Mi primer impulso es desistir y no intentar siquiera reparar el daño, ya que casi siempre es un proceso doloroso y complicado. Aun así, es algo que da fruto apacible de justicia en el momento preciso que Dios dispone. El producto acabado queda mejor, aunque quien no lo observa detenidamente pueda especular que contiene imperfecciones.

Un personaje de la Biblia por el que sinceramente nunca había sentido gran admiración es Lot.1 Años atrás, inmadura todavía en mi fe, encasillé mentalmente a Job en mi archivo de personas que no merecían mi respeto. ¡Qué tipo tan egoísta! —pensé—. Decide quedarse con las mejores tierras de pastoreo y en esencia le deja las meras sobras a su tío Abraham, que magnánimamente lo había dejado escoger a él primero cuando decidieron repartirse la tierra entre ellos.2 Eso, téngase en cuenta, después que Abraham lo acogió cuando se quedó huérfano y lo llevó consigo en su viaje a Canaán.

Me figuraba que a Lot le esperaba una buena cuando él y su familia fueron capturados y todos sus bienes decomisados por los cuatro reyes que conquistaron la tierra de Sodoma donde vivían.3 Hasta me extrañaba que Abraham se hubiera molestado en ir al rescate de su sobrino con lo interesado y codicioso que este había sido. Pero a fin de cuentas, la sangre tira, a los tuyos con razón o sin ella y el amor labra el perdón, me decía yo. Encima, en vez de entender lo que a todas luces era una clara indicación de que debía abandonar la ciudad de Sodoma, Lot tuvo el descaro de regresar allá.

Sin embargo, según la Palabra de Dios, Lot fue considerado justo4 a la luz de la gracia de Dios y Su poder redentor, como lo ilustra repetidamente la Biblia en la vida de muchas otras personas. Muchos estiman que David y Pablo son los personajes bíblicos más notables redimidos por la gracia de Dios; y naturalmente ha habido otros a lo largo de la Historia. Ahora mismo mis favoritos son San Agustín y John Newton.5

Hoy, al cabo de más de cuatro decenios siguiendo y sirviendo al Señor en calidad de misionera, madre y maestra, la escuela de la vida me ha otorgado toda una licenciatura, y estoy en condiciones de identificarme mucho más con Lot y su vida. Al igual que él, he seguido a Dios, con frecuencia sin saber adónde iba. También he sido egoísta y me he cansado de hacer el bien. A estas alturas me duele pensar en las veces en que me faltaron coraje y convicción para hacer frente al antagonismo y actuar con valentía por más que remara a contracorriente. Me duele en el alma cuando repaso aquellas ocasiones en que no apacenté con ternura ni fortalecí, protegí o cuidé debidamente a los que amo, y por esas falencias mías terminé hiriéndolos. No obstante, Dios se ha valido de esas mismas falencias y propósitos frustrados para manifestar Su gran misericordia y paciencia conmigo, Su hija.

Cristo es quien nos aprueba, conforme a Su misericordia, gracia y propósito divino; eso, a fin de cuentas, es lo que importa.

* * *

«Recuperarse de un error y llegar a la verdad es raro y bello». Victor Hugo

«El sentido de la vida. Los años perdidos. Las malas decisiones. Dios responde a los despropósitos de la vida con una palabra: gracia». Max Lucado

1. V. el relato de Lot en los capítulos 11–14 y 19 del Génesis.
2. V. Génesis 13:9–11.
3. V. Génesis 14:12.
4. V. 2 Pedro 2:7
5. Compositor del famoso himno Amazing Grace (Sublime gracia).

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