Corre la correra

Corre la correra

Comentario del versículo Hebreos 12:1

«Nosotros también, teniendo en derredor nuestro tan grande nube de testigos, despojémonos de todo peso y del pecado que nos asedia, y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante» (Hebreos 12:1).

Al igual que el resto de la Biblia, el texto original de esta epístola no estaba dividido en capítulos. Por eso hay que tener presente el capítulo anterior para saber a qué gran «nube de testigos» alude el apóstol Pablo. Y ese no es otro que el capítulo 11 de la epístola a los Hebreos, el cual ha sido llamado por algunos el Salón de la Fama de la Biblia. El apóstol Pablo se refería a todos los grandes hombres de fe del Antiguo Testamento, los cuales no sólo nos observan, sino que oran por nosotros. Son como los hinchas que tenemos en el estadio del Cielo, y están animando a su equipo: tú y yo y todas las demás personas que sirven al Señor. Cuando alguien anota un gol, se entusiasman. Cada vez que conquistamos un alma, todos los ángeles del Cielo se regocijan (Lucas 15:10).

Piensa en lo estupendo que es tener a millones de testigos en el Cielo que nos observan y oran por nosotros. A veces el Señor hasta les permite venir a ayudarnos. Es que la principal acción se desarrolla en esta vida; aquí es donde tienen lugar las grandes pruebas y las mayores batallas. Una vez que partimos de este mundo nos esperan otras cosas, pero las pruebas fundamentales ocurren aquí. Todo el universo nos observa. Está pendiente de la final del campeonato mundial, por así decirlo. Y ya que todos están observándonos, ¿qué debemos hacer nosotros? El apóstol Pablo explica:

«Despojémonos de todo peso». ¿Qué son los pesos? Las cargas que nos frenan, que nos dificultan la tarea. Dios permite que llevemos esos pesos por un tiempo para fortalecernos. En algunos casos, los corredores entrenan con pesas para tonificar sus músculos; y cuando se las quitan, más que correr, les parece que vuelan. Así que a veces el Señor permite que llevemos algunos pesos para fortalecer nuestros músculos espirituales. Pero una vez que han cumplido su función, es hora de dejarlos a un lado y correr la carrera.

«Y del pecado que nos asedia». ¿Qué es el pecado? No hacer lo más importante que Dios quiere que hagamos, y de la forma que Él desea. Es errar el blanco, no dar en la diana de Su voluntad. De modo que «despojémonos de todo peso y de los pecados», de cualquier cosa que nos impida desempeñarnos lo mejor posible y ser lo que Dios quiere que seamos.

Y después de despojarnos de todos esos pesos, distracciones y pecados, ¿qué tenemos que hacer? «Corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante». Hay que hacer la voluntad de Dios, realizar la obra de Dios. Mientras llevemos a cabo la labor que nos ha encomendado y obremos conforme a Su voluntad, estamos corriendo la carrera.

Sólo se puede «correr con paciencia» si se tiene fe y confianza en el Señor. Si no tuviéramos paciencia, nos descorazonaríamos y nos daríamos por vencidos, ¿verdad? Diríamos: «Estoy cansado de trabajar tanto, sobre todo cuando nadie me lo agradece, ni me aprecia, ni se da cuenta de lo dura que es esta tarea». Si no tuviéramos paciencia, no podríamos hacerlo. En otra epístola, el apóstol Pablo nos infunde ánimo diciéndonos: «No nos cansemos, pues, de hacer bien, porque a su tiempo segaremos, si no desmayamos [si no nos desanimamos]» (Gálatas 6:9).

En esta carrera unos corren mejor que otros y recibirán mayores premios. Aunque no hayan tenido oportunidad de hacer lo que otros considerarían que son grandes cosas para Dios, hacen todo lo que pueden y se esmeran por amar y ayudar al prójimo. Podría ser que algunas personas que realizan las tareas en apariencia más insignificantes al servicio del Señor sean las que reciban más recompensas. Serán ellas las que darán un paso adelante para recibir las medallas, los galardones y las coronas que les entregará Jesús. Por primera vez se les dará realmente lo que merecen, y el universo en pleno se enterará de lo fieles que fueron al Señor.

Imagínatelo: Se oye un redoble de tambor y una mujer da un paso adelante para recibir su recompensa.

—¿Quién será? Nunca oí hablar de ella.

—¿No te has enterado? Es una de las voluntarias que hizo posible que se llevara a cabo una estupenda labor de evangelización.

Se oye otro redoble. Más personas se adelantan.

—¿Quiénes son esos?

—Son impresores, que trabajaron ad honórem. De no haberlo hecho, muchas publicaciones cristianas jamás habrían visto la luz.

Vuelve a escucharse el tambor.

—¿Y quiénes son todos esos?

—Son los que hacían funcionar y mantenían los sistemas informáticos que se empleaban para propagar el Evangelio, los que reparaban los automóviles de los misioneros, los que organizaron labores de socorro, los catequistas, los que patrocinaron a voluntarios y los que hicieron muchas otras tareas.

Por tanto, debemos «correr con paciencia la carrera que tenemos por delante», consistente en servir al Señor, como sea y donde sea que Él nos haya llamado. Y la única manera de correr esta carrera con paciencia es «poner los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe» (Hebreos 12:2). Así pues, fijemos la mirada en Jesús.

David Brandt Berg

David Brandt Berg (1919-1994) fue hijo de la reconocida pastora evangelista norteamericana Virginia Brandt Berg. En 1968 él, su esposa y sus hijos adolescentes iniciaron un movimiento juvenil contracultural en Huntington Beach, California. Su misión creció hasta derivar en el movimiento internacional cristiano conocido actualmente como La Familia Internacional (LFI). (Los artículos de David Brandt Berg publicados en Conéctate son versiones adaptadas del original.)

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