No necesitas de un gurú

No necesitas de un gurú

Hace poco mis cuentas de las redes sociales explotaron con la noticia de que una pareja de alto perfil anunciaba su divorcio. Aquella pareja empoderada había conseguido multitud de seguidores presentándose como gurúes de las relaciones humanas. Tenía libros publicados, portales de Internet, videos, podcast, numerosos patrocinios, presentaciones como invitados especiales y una conferencia para parejas a un costo nada desdeñable. Muchas personas que se habían adherido a aquel imperio se sintieron traicionadas, embaucadas y confundidas.

La cuestión era que si aquella pareja, que celebraba noches de encuentro, aconsejaba a otros, organizaba con regularidad retiros para otras parejas, contaba con un grupo sólido de amistades, una posición económica acomodada, un ejército de orientadores, personal doméstico, etc., había fracasado en su matrimonio a pesar de toda su sapiencia sobre relaciones sentimentales, inútil sería que el resto de los mortales hiciéramos siquiera el intento. Eso fue lo que se expresó de diversas formas en los comentarios volcados en las redes sociales.

Cuando me enteré de la noticia no me sorprendió. No es que lo hubiera visto venir; sé lo fácil que es para cualquiera fallar, aun —o tal vez sobre todo— en su campo de especialización.

La mayor parte de mi vida adulta he sido de las personas que desearían que les entregaran la fórmula o el programa para alcanzar el éxito. Quería que me dijeran: «Haz esto, aquello y lo de más allá; no hagas esto ni esto otro, y tendrás éxito en tu matrimonio, situación económica, familia, relación con Dios, carrera, etc.». No quería asumir la responsabilidad de hacer mis propios estudios e investigaciones, cometer mis propios errores y forjar mi propia fe o abrir mi propio camino.

Como es de imaginar, ese es el camino que conduce a la desilusión. En más de una ocasión los gurúes han fracasado. Permítanme, por tanto, resumir lo que aprendí:

—La Biblia nos hace a cada uno personalmente responsable cuando nos dice: «Esfuércense por demostrar los resultados de su salvación obedeciendo a Dios con profunda reverencia.»1

—Se nos insta a no depositar nuestra fe en otras personas, por muy calificadas que parezcan. Eso no significa que no nos podamos beneficiar de buenos consejos, sino que nuestra confianza recae en Dios. Construimos nuestra casa sobre la roca de la verdad divina precisamente para que no sea arrasada con cada tormenta o decepción.2

—Debemos dar a los demás espacio para fallar. Todos nos esforzamos por hacer lo mejor que podemos. Mi seguridad no se basa en la perfección o infalibilidad de otra persona; proviene de la certeza de que Dios lo gobierna todo y que nada puede separarnos de Su amor.3

Esto podrá parecer un consejo espiritual para asuntos prácticos. Y lo es, pues aun las cuestiones prácticas requieren fe, y para que la fe perdure debe estar arraigada en la verdad.

1. Filipenses 2:12 NTV
2. V. Mateo 7:24–27
3. V. Romanos 8:38–39

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Marie Alvero

Marie Alvero ha sido misionera en África y México. Lleva una vida plena y activa en compañía de su esposo y sus hijos en la región central de Texas, EE. UU. 

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