Belleza efímera

Belleza efímera

Un amigo me comentó que después de vivir una experiencia hermosa suele sentir melancolía. No entendí muy bien a qué se refería. Fue solo cuando me propuse recordar lo que yo siento luego de una espléndida puesta de sol, un día fantástico o una función conmovedora que comprendí que a mí me pasa lo mismo.

Esa paradójica amalgama de alegría y tristeza es medio desconcertante. ¿Será que nos recuerda la temporalidad de tales placeres? Esos maravillosos sentimientos duran un instante y luego se disipan. Perviven solamente en la memoria.

Esa misteriosa sensación es universal. Los japoneses la llaman mono no aware, que significa «el patetismo de las cosas». Es algo que experimentan anualmente cuando florecen los cerezos en todo su esplendor. Alrededor del mes de abril, la gente hace picnics y se reúne a la sombra de sus ramas floridas para cantar, meditar y saborear plenamente un fenómeno que saben que no dura sino un par de semanas.

Los japoneses tratan de captar y registrar esa breve temporada de los cerezos en flor, a los que llaman sakura, en sus arreglos florales, en las ceremonias del té y sobre todo en sus haikus, poemas que son como instantáneas de sucesos de la naturaleza y transmiten un sentimiento muy profundo, por lo general un pensamiento dulce y melancólico.

Asu araba araba to omou sakura kana.

«Mañana y mañana,
¿aún estarán?

Los cerezos en flor.»

Cuando viví en Jordania, mi época favorita del año era la primavera. Llegan las lluvias, y el desierto estéril prorrumpe en una sinfonía de colorido floral. Una vez fuimos al Wadi Rum durante una de las infrecuentes tormentas que se desatan allí, y nos asombró la cantidad de cascadas que caían al valle arenoso desde los picos de las montañas. Nosotros nos afanábamos por resguardarnos de la lluvia, mientras que los beduinos del lugar se deleitaban atravesando de un lado a otro con sus jeeps los arroyos que se iban formando. Parecían chiquillos chapoteando en charcos. Sabían que muy pronto las insaciables arenas del desierto absorberían el precioso líquido.

Cada año nevaba uno o dos días, y la nieve lo cubría todo con su manto blanco. En esos días singulares dábamos un paseo alrededor de la manzana para ver nuestro barrio transformado en un mágico país de hielo y nieve. Los niños construían castillos y se pasaban el día tirándose bolas de nieve. Gozaban de cada instante. Al día siguiente salía el sol, y todo eso desaparecía.

La música y el teatro poseen una belleza intrínsecamente efímera. Tal vez por eso nos proporcionan momentos de puro gozo y nos insuflan el anhelo de preservar esos instantes.

Algunos versículos de la Biblia aluden a la fugacidad de la belleza. Uno que me viene a la memoria es Isaías 40:8, que dice: «La hierba se seca y la flor se marchita»1. Seguidamente afirma que solo «la Palabra del Señor permanece para siempre»2. La Biblia también enseña que nuestra vida en este mundo es como neblina: estamos aquí por poco tiempo y luego nos desvanecemos3. Supongo que el Señor hizo que esos momentos tan maravillosos que vivimos —y la existencia entera— fueran así para que aprendiéramos a disfrutarlos al máximo y, de hecho, para que aprovechemos al máximo toda nuestra vida.

Por otra parte, la Biblia también nos anima revelándonos que la Palabra de Dios y Su amor jamás pasarán. Él dice: «No te desampararé, ni te dejaré»4. Tres de los Evangelios nos recuerdan: «El cielo y la tierra pasarán, pero Mis palabras no pasarán»5.

La conciencia de la transitoriedad de los placeres de la vida me sirve para ver más objetivamente lo que realmente importa. A veces me siento como un peregrino errabundo que camina por un mundo de desdichas y maravillas; en todo caso, es bueno saber que todo lo que hagamos por amor perdurará.

Hace poco le entregué a mi hija uno de nuestros álbumes de fotos familiares y le pedí que lo guardara en un lugar seguro. Sucedió lo impensado: la aerolínea perdió la maleta en que ella lo había empacado. Al principio me sentí destrozado por la pérdida, hasta que caí en la cuenta de que los instantes grabados en esas fotos perviven en mi memoria y en la de mis hijos. No los podemos perder ni nadie nos los puede arrebatar.

Estoy convencido de que al canalizar hacia los demás el amor y la Palabra de Dios estamos edificando algo que perdurará para siempre, que disfrutaremos por la eternidad y que jamás se desvanecerá.

* * *

Apreciados jóvenes: permítanme hacerles una pregunta. ¿Qué le dejarán a la siguiente generación? ¿Están construyendo su vida sobre cimientos firmes, edificando sobre algo perdurable? Papa Benedicto XVI (n. 1927)

1. NVI
2. 1 Pedro 1:25
3. V. Santiago 4:14
4. Hebreos 13:5
5. Mateo 24:35; Marcos 13:31; Lucas 21:33

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Curtis Peter van Gorder

Curtis Peter van Gorder

Curtis Peter van Gorder es escritor, facilitador y mimo. Vive en Alemania. V. el sitio web Elixir Mime.

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