El sentido de comunidad

El sentido de comunidad

Hoy tengo el privilegio de recibir a cinco familias para cenar. Nos conocemos de casi toda la vida y esta noche nos reuniremos en un espíritu de alegre comunidad. Me hacen ilusión este tipo de veladas en las que nos relajamos con amigos y familiares. Ahí yace mi verdadera riqueza.

Si bien nos reunimos para celebrar, ninguno de nosotros está libre de bregas y pesares. La mayor de mis amigas acaba de perder a su sobrina aquejada por fibrosis quística. Nosotros echamos de menos a nuestro hijo mayor, que acaba de alistarse en el ejército. Otra de mis amigas debe lidiar con un diagnóstico que le hicieron recientemente. Todos tenemos problemas con nuestros hijos, conflictos laborales, económicos, matrimoniales y trastornos de salud. Sé que estamos todos medio estresados, porque la vida es ajetreada y nos prodiga contrariedades todos los días. Algunos tenemos buenas noticias y otros traen malas.

Romanos 12:15 dice: «Gócense con los que se gozan. Lloren con los que lloran». No se me ocurre mejor manera que esa de promover un sentido de comunidad. Nunca habrá época de la vida en que no se entrelacen sucesos felices con otros difíciles.

Quiero escuchar tus buenas noticias, aunque estén yuxtapuestas a mis pesares. ¡Me alegraré contigo y por ti! No querría que dejaras de manifestar tu alegría solo porque en ese mismo momento mis novedades sean de otra índole. ¡Nos alegraremos juntos!

Si tiene noticias difíciles de tragar, lloraré contigo y te acompañaré en tu desdicha. Juntos recordaremos que en algún momento retornará la alegría.

Contarnos nuestros avatares genera riqueza. Hace más profunda nuestra dicha, así como unos ingresos residuales aumentan nuestro patrimonio. Es una renta complementaria de altibajos que extiende nuestra vida más allá de los límites de nuestras experiencias personales.

Estoy por ir a la cocina a preparar mi salsa para los fideos antes de dejarla cocinando a fuego lento por las próximas horas. Me preocuparé un poquito de que mi casa esté ordenada y acogedora, pero no más de unos minutos. Nadie viene a ver mi casa. Pasaré un momento frente al espejo, aunque apenas lo suficiente como para verme refrescada. Nadie viene atraído por mi belleza.

Lo que nos reúne es nuestra amistad. La historia que hemos construido, capa por capa, compartiendo nuestras alegrías y sinsabores. Son amigos que han sido mi paño de lágrimas y con los que también me he carcajeado. Lo mismo vale para ellos.

El sentido de comunidad es un ingrediente vital para llevar una vida feliz y gratificadora. Dios no tuvo previsto que viviéramos solos. En comunidad se multiplica nuestra dicha y se comparte el peso de nuestra brega.

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Marie Alvero

Marie Alvero ha sido misionera en África y México. Lleva una vida plena y activa en compañía de su esposo y sus hijos en la región central de Texas, EE. UU. 

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