La montaña rusa

La montaña rusa

Hace unos meses, un caluroso sábado, fuimos en familia a un parque diversiones, una excursión que esperábamos con mucha ilusión. Nuestros hijos adolescentes —impertérritos ante el calor del sol y las multitudes— estaban ansiosos por sacarle provecho al día que tenían por delante, aventurándose en las montañas rusas y otros juegos de esos que hacen subir la adrenalina. Ni bien entramos al parque nos dirigimos a la montaña rusa más alta y con más bucles de todo el parque.

Después de esperar en la fila durante una buena media hora, estábamos todos ya sentados con los cinturones de seguridad y los arneses puestos. No había vuelta atrás. El carrito levantó velocidad, subió unos 50 metros y bajó en picada haciendo bucles en uno y otro sentido a 100 km/h. A mí eso no me resultó divertido. Hice lo que pude por controlar el pánico y las visiones de muerte que me asediaban mientras los míos gritaban, reían y se lo pasaban en grande. Al cabo de dos espeluznantes minutos nos posamos suavemente en el punto de desembarque. No podría describirles lo feliz que estaba de quitarme ese arnés.

Aunque no soy aficionada a las montañas rusas, no puedo menos que notar que la vida a veces se parece a uno de esos circuitos serpenteantes llenos de revueltas y altibajos. Muchas cosas pueden cambiar de un momento a otro, y es poco lo que podemos hacer para tomar el mando de la situación. Les cuento algunas cosas que he aprendido en mi montaña rusa de la vida:

No se tiene control de todo. Hay curvas y pendientes inesperadas y subidas imprevisibles. No puedo forzar un resultado ni determinar las decisiones de terceros. Solo puedo controlar mi propia actitud y acciones.

Abrir los ojos. Mantuve los ojos cerrados durante gran parte de aquella experiencia en la montaña rusa. No hace falta decir que eso no contribuyó a aplacar el susto. A veces en la vida apretamos bien los ojos y nos negamos a ver la aventura, influidos por nuestros miedos, terquedad o hasta por la pereza. Pero hay que abrir los ojos.

Aceptar el caos. La vida no siempre se parece a una montaña rusa. A veces se asemeja más a uno de esos paseos para niños en trencito: previsible, seguro y fácil. Aunque a mí me encantan la habitualidad y lo previsible, recordando tiempos pasados me queda claro que los momentos en que me vi arrojada a lo inesperado fueron los que dieron pie a las épocas más enriquecedoras de mi aventura vivencial. Siempre conviene dejar espacio para descubrir cosas nuevas.

Confiar en el circuito. Una montaña rusa no la diseña alguien así nomás, con un bloc de notas y un martillo. Requiere extrema precisión y aptitud en cada etapa de su proyección. Se formulan ecuaciones e hipótesis y se realizan pruebas rigurosas para garantizar que el circuito sea seguro. Se capacita estrictamente a los operadores y se registran todos los detalles del mantenimiento. El circuito es seguro, aunque no dé esa sensación. Y cuando la vida me presenta curvas, recodos, subidas y bajadas, Dios me ha demostrado una y otra vez que Él está al tanto de todo y es de fiar. Es fiel y digno de confianza. Cuando confiamos en Él estamos a salvo.

Me parece que les acabo de entregar cuatro buenos motivos para darse unas vueltas en una montaña rusa, y lo que es más, para disfrutar del viaje en que se han embarcado en la vida.

Marie Alvero

Marie Alvero ha sido misionera en África y México. Lleva una vida plena y activa en compañía de su esposo y sus hijos en la región central de Texas, EE. UU. 

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