La vida es una montaña

La vida es una montaña

El otro día unos amigos me invitaron a subir a una montaña. Pensé que no sería una caminata muy larga. Estacionamos el auto y echamos una mirada a la cumbre. Reunimos los diversos implementos y comenzamos a ponernos las botas y a empacar las mochilas.

«No parece tan lejana la cima, no será difícil. ¡Qué bueno!», pensé.

Durante el invierno me había lastimado la rodilla, por lo que no me sentía muy en forma. De todas maneras, me imaginaba que no sería muy complicado.

Iniciamos la ascensión por un sendero, y al poco rato me empezaron a doler las piernas. Me faltaba el aire; no obstante, tenía la esperanza de que la caminata fuera breve. Luego el sendero se volvió más rocoso y sinuoso. Todo el entorno era boscoso, con árboles muy altos que no nos dejaban ver nada. Por el tiempo que había transcurrido, tenía la certeza de que habíamos avanzado bastante; pero hasta que no salimos del bosque y nos detuvimos en un lindísimo mirador no pudimos apreciar cuánto habíamos avanzado y cuánto nos faltaba recorrer para llegar a la cima.

Esos minutos en los que admiramos la maravillosa vista de un lago que quedaba más abajo, nos tomamos una foto y bebimos un poco de agua, nos dieron renovados ánimos y la sensación de que estábamos haciendo progresos, pese a que la cumbre aún se veía muy lejana.

A partir de ahí el sendero se hizo muy empinado. Entonces sí que me entró un poco de pánico. El cielo se había ido llenando de nubes negras, y sentimos caer las primeras gotas, que hicieron muy resbalosas las rocas. Nos encontramos con otros alpinistas, unos con experiencia, otros novatos. El estado variable del tiempo nos puso a todos un poco nerviosos. La lluvia no duró mucho, pero las nubes no se despejaron. No era una subida fácil, pero el paisaje se hacía cada vez más intrigante y majestuoso. La vista hacía que el esfuerzo valiera la pena.

Llegamos a un tramo particularmente complicado, y un amigo con más experiencia que yo me susurró al oído: «Lo estás haciendo bien, ¿sabes? A otros se les está haciendo mucho más difícil». Esas pocas palabras calaron hondo en mí: me ayudaron a no pensar en mí misma y en mi batalla personal. Miré a una chica que subía por primera vez a una montaña y que se notaba preocupada. Avanzaba a paso lento con la ayuda de su amiga. Le sonreí y le dije unas palabras. ¡Cuánto ayuda un poco de aliento! «Como naranjas de oro con incrustaciones de plata son las palabras dichas a tiempo»1.

Finalmente coronamos la cima.

Alcanzar la cumbre es siempre muy emocionante, independientemente de lo difícil que haya sido el ascenso. Esta vez, no obstante, me embargó una sensación de paz impresionante que me llevó a las lágrimas. Pude ver el sendero que nos había conducido a la cima. Habíamos tenido que dar muchas vueltas para llegar, las cuales realzaron el recorrido. No lo facilitaron, pero lo hicieron más interesante y emocionante.

Cuando regresamos al auto no pude evitar reflexionar sobre algunos de los acontecimientos de mi vida. Cuando uno se encuentra en lo más espeso del bosque y en una dura brega cuesta arriba, por lo general es difícil encontrarles sentido a las cosas o entender lo que está pasando, o incluso sacar fuerzas y convicción para seguir adelante. Uno solo es consciente del sudor, del esfuerzo y del cansancio. En esos momentos es muy fácil y hasta comprensible que nos demos por vencidos y nos echemos atrás. Para ser franca, a veces he estado a punto de hacerlo.

Si he persistido ha sido gracias a Jesús y Su Palabra, y al ánimo y el apoyo que amigos muy queridos me han proporcionado a lo largo del trayecto.

* * *

Con la cara al viento

Cuando un ave vuela por el puro placer de volar, lo hace en el mismo sentido que el viento. Cuando se ve en peligro, se da la vuelta y se pone cara al viento para elevarse.  Corrie ten Boom (1892–1983)

Cada experiencia en que plantamos cara a nuestros temores nos infunde fuerzas, valor y seguridad. Debemos hacer lo que nos sentimos incapaces de hacer.  Eleanor Roosevelt (1884–1962)

Las cosas que procuramos evitar y a las que tanto nos resistimos —las tribulaciones, el sufrimiento, las persecuciones— son justamente las que producen en nosotros abundante alegría. Las mismas olas enormes que aterran a un nadador promedio le resultan tremendamente emocionantes al surfista que se ha deslizado sobre ellas. «Somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó» en todas estas cosas; no a pesar de ellas, sino en medio de ellas. Un santo no llega a conocer el gozo del Señor a pesar de las tribulaciones, sino a raíz de ellas.  Oswald Chambers (1874–1917) 


1. Proverbios 25:11 (NVI)

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Anna Perlini

Anna Perlini es cofundadora de Per un mondo migliore, organización humanitaria que desde 1996 lleva a cabo labores en la ex Yugoslavia. 

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