Planes maestros y experiencias inefables

Planes maestros y experiencias inefables

En el año 2007 se instituyó en los Países Bajos un plan bicentenario de adaptación y preparación para el cambio climático.1 En vista de que dos tercios de la población holandesa vive bajo el nivel del mar, los efectos del cambio climático en ese país pueden llegar a ser enormes y hasta trágicos; de ahí que hayan tomado tantas precauciones.

A mi entender, el plan —con alcance hasta el año 2200— consiste en asignar 20 mil millones de dólares a la investigación y construcción de mejores defensas contra la incursión del agua en las zonas costeras. El motivo de este complejo plan es muy simple: debido a los cambios climáticos y un mayor riesgo de inundaciones, de no adoptarse tales medidas no hay garantía de que Holanda exista aún como país dentro de 200 años.

Esto me hizo reflexionar sobre la planificación a largo plazo. Es fácil reconocer cuando algo no ha tenido una buena planificación, como ocurre en el caso de las zonas empobrecidas a las que no llegó el desarrollo esperado, o en reuniones empresariales que se hacen eternas, o con los aparatos de cocina que se niegan a funcionar debidamente. A la inversa, todo lo que funciona bien y cumple su función —ya sean acueductos, sistemas de asistencia social o programas de computación— es consecuencia de previsión y buena planificación por parte de quienes lo inventaron y lo desarrollaron.

Hay muchos motivos por los cuales planificamos, pero sobre todo lo hacemos para lograr un objetivo deseado. Algunos contratan coordinadores de bodas para lograr una boda de ensueño; los gobiernos contratan ingenieros que dibujen planos fiables de puentes y autopistas públicas a fin de que el transporte nacional sea más seguro y digno de confianza. En el caso de los holandeses el objetivo es muy claro: la supervivencia de su nación.

Sin embargo, hay otro que deja a todos los demás planificadores y sus planes por los suelos. En Hechos 17:26 Pablo habla de un plan que abarca todos los demás planes que Dios haya hecho. Dice: «De un solo hombre hizo [Dios] todas las naciones para que habitaran toda la tierra; y determinó los períodos de su historia y las fronteras de sus territorios».2 Dicho de otro modo, Dios tenía un plan desde el principio mismo; el acto de la creación no fue al tuntún. No es que Él tuviera necesidad de ocupar su tiempo un domingo por la tarde y decidiera entonces, como por arte de magia, crear la Tierra. Hay un plan que se va encarnando cada día de la existencia del hombre en el planeta Tierra.

No obstante hay algo aún más inefable para cada uno de nosotros: cada ser humano que Dios pone en la Tierra es un acto de creación intencional. Dios tiene un designio para cada uno. El rey David afirmó acerca de Dios: «Tus ojos vieron mi embrión, y en Tu libro se escribieron todos los días que me fueron dados, cuando no existía ni uno solo de ellos.»3 Y Job dice a Dios: «Tú has determinado la duración de nuestra vida. Tú sabes cuántos meses viviremos, y no se nos concederá ni un minuto más».4

Si el objeto de hacer planes es que allanen el camino para arribar a un fin deseado, y si Dios tiene planes para ti, eso quiere decir que al crearte tenía determinadas expectativas sobre lo que quería que fueras o hicieras. Puede que tú personalmente no salves el mundo mañana, o tal vez no lo hagas nunca, pero ten presente que la totalidad de un plan no se despliega el primer día. Tomemos por ejemplo el caso de Moisés:

Imaginemos a Dios programando la vida de Moisés. En el primer capítulo no aparece Moisés partiendo el mar Rojo. El capítulo ni siquiera empieza cuando recibe las directrices de Dios ante una zarza ardiente en el monte Horeb. Hay cerca de 80 años de capítulos y páginas previos a esos dos acontecimientos. Al estudiar la vida de Moisés es fácil maravillarse de los 40 años que pasó apacentando ovejas; ¡cuánta paciencia habrá adquirido al cabo de aquella experiencia! Ahora me doy cuenta de que en realidad fue Dios el que tuvo mayor paciencia en esa trama. Imagínate lo que habrá sido crear un personaje, a sabiendas de que pasarían 80 años antes que estuviera listo para hacer lo que se le pidiera. Dudo mucho que yo hubiera tenido tanta paciencia como la que tuvo Dios con Moisés.5

Para mí es un consuelo descubrir que Dios es un planificador. Les digo por qué. Aunque uno sienta que ahora mismo no pasa nada en su vida y se hace difícil la espera, puede que apenas esté en la página 200 de su vida y que los hechos heroicos no figuren hasta la página 492. O quizás esa inefabilidad de tu experiencia es simplemente una vida caracterizada por numerosos días bien vividos para la gloria de Dios. Sea cual fuere el caso, lo fantástico del plan de Dios es que aunque en la superficie parezca que no sucede nada, Dios tiene en desarrollo toda una serie de intrincados designios. Trabaja incluso en los días comunes y corrientes, cuando quizás el hecho más sobresaliente que te haya pasado es que tu gato se amigara con otro gato. Él sigue obrando en tu vida para que llegues a la página 492 de tu libro, y allende.

En una carta a los Romanos, Pablo alude a Dios como «el Dios de la paciencia.»6 La Biblia lo describe paciente y benévolo; es una de las características que se le atribuyen. Dios esperó 80 años para que Moisés llegara a su momento de gloria inefable; los holandeses tienen un plan a 200 años. Así que no importa cuán larga sea la espera, si Dios considera que vale la pena esperarnos, tampoco nosotros debemos dudarlo.

1. “Dutch to draft 200-year plan against warming,” Associated Press
2. NVI
3. Salmos 139:16 (LBLA)
4. Job 14:5 (NTV)
5. El relato bíblico de Moisés puede leerse a partir del libro del Éxodo.
6. Romanos 15:5

Roald Watterson

Roald Watterson es editora y autora de contenido.

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