Estrés

Piano piano si va lontano

¿Cómo conservar la paz interior en el ajetreado mundo de hoy sin quedarse rezagado ni ser arrollado por la corriente? A continuación, algunos consejos.

Fíjate prioridades y metas.

Sin metas que valgan la pena nunca alcanzarás verdaderamente el éxito en la vida, por mucho dinero que ganes o mucha fama que adquieras.

Fórmulas antiestrés

Cada mañana me despierto con una lista en la cabeza de dos millones de cosas que tengo que hacer antes que se ponga el sol. Si bien en otros tiempos me exigía hasta el límite física y mentalmente, rara vez lograba todo lo que me había propuesto. En consecuencia, terminaba contrariado y estresado. ¿La solución? Redacté una lista de cinco puntos que podían mejorar mi rendimiento sin que sintiera tanta presión. Por extraño que parezca, ninguno de ellos es redoblar esfuerzos o apurar la marcha.

Moderarse o colapsar

Antes trataba de hacer muchas más cosas que ahora. Había cantidad de tareas que estaba convencida que era mi deber desempeñar, tanto es así que acabé llevando una carga excesiva. Ni se me ocurría que era posible reducir mi carga de trabajo, hasta que Dios intervino y me obligó a aminorar la marcha. Permitió que me sobreviniera una debilitante enfermedad de los ojos. Entonces descubrí que a fin de cuentas no tenía que realizar todas esas tareas. En primer lugar, me di cuenta de que había asuntos que podía delegar en otros. Además, me percaté de que no todo era indispensable, que algunas cosas podían quedarse sin hacer.

Dar el paso

Cuando llevamos nuestra fe a la práctica, dejamos de ser creyentes nominales para convertirnos en instrumentos del amor de Dios. Un amigo mío llamado Jamal, que es farmacéutico, me contó una experiencia reciente en que dio el paso de emplear su fe para ayudar a una persona. Sucedió así:

Un día un muchacho le entregó una receta para tratar el insomnio. Jamal leyó la lista de medicamentos y quedó perplejo.

Planes humanos, fuerzas divinas

Hace poco me tocó hacer frente a una crisis familiar, una situación límite que puso a prueba mi fe y perseverancia. No era una situación que pudiera resolverse en un día, en una semana ni en un mes siquiera. A la postre me obligó a reevaluar mi modo de afrontar todas las dificultades que nos depara la vida. Me tuve que plantear la pregunta: «¿Cuánto espera Dios que haga yo, y cuál es la parte que Él quiere que le encomiende a Él que haga en respuesta a mis oraciones? ¿Debo esforzarme más, o más bien orar más?»

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