Ojo con los indicadores

Ojo con los indicadores

Fundí nuestra camioneta. Iba conduciendo en pleno verano —para colmo en la hora de tráfico intenso— y estaba completamente perdida. En medio del atasco dejó de funcionar el aire acondicionado. Pensé que tenía mucha mala suerte de quedarme atascada en el tráfico sin aire acondicionado, así que hice lo que suelo hacer cuando las cosas no pintan bien: forcé la marcha.

Finalmente logré poner en funcionamiento el GPS. Alcancé a llegar a donde tenía que recoger a mis hijos y emprendí camino a casa con las ventanillas abiertas. En el último tramo de la ruta comencé a oír un ruido extraño, el tipo de ruido que hasta el que no entiende nada de autos sabe que implica algo grave. Ya había oscurecido y nos encontrábamos en un camino rural. Sabía que había una estación de servicio a unos 3 o 4 kilómetros, así que seguí adelante. Para cuando llegamos, la humareda de aceite quemado anunciaba nuestro arribo a todos los presentes.

En pocos minutos me vi rodeada de varios hombres que habían tomado nota de mi evidente situación de dama en apuros. No les llevó nada darse cuenta de que el radiador estaba seco y que el motor se había recalentado y probablemente se había rajado.

En ese momento uno de los hombres me mostró algo en el tablero al que llaman indicador de temperatura. La aguja se veía clavada en la zona roja, indicando que el motor estaba pasado de recalentado. Aquella noche aprendí que el indicador de temperatura seguramente me había avisado del desperfecto mucho antes de conducir el auto 100 kilómetros en pleno verano texano. Como dijo mi marido: «Todo esto se pudo haber evitado».

Es que el aire acondicionado se había desconectado porque el vehículo se había recalentado, eliminando las funciones que no fueran absolutamente necesarias. Eso debió haber sido un indicio de que necesitaba atención. De haber echado un vistazo al indicador de temperatura habría notado que el motor estaba demasiado caliente. Podría haberme detenido y conseguido ayuda para echar fluido en el radiador. Esa sencilla acción hubiera salvado el auto. ¡Ay, la sabiduría que da la experiencia!

Todos tenemos incorporados indicadores que nos dicen qué necesitamos física, emocional y espiritualmente. Por ejemplo, yo sé que cuando me agoto demasiado me da dolor de oído. Cuando me siento totalmente abrumada y con necesidad de recobrar fuerzas, sé que necesito recargar mi espíritu. Cuando tengo ganas de gritarle a todo el mundo, sé que es hora de detenerme y lidiar con lo que me está molestando.

Descubrir nuestros indicadores y aprender a leerlos puede ayudar a prevenir graves problemas y complicaciones. En nuestro ajetreado mundo estamos acostumbrados a comunicaciones mediante correo electrónico, streaming, mensajes de texto, búsquedas en Internet, etc., que nos ponen información al alcance de los dedos en cuestión de segundos. Contamos con comidas rápidas, entretenimiento ligero y computadores ágiles. Nuestros medios de transporte son más veloces que nunca. Y sin embargo, física, mental y espiritualmente necesitamos recargarnos.

Nosotros también nos podemos rajar como el motor de auto si no aprendemos a leer nuestros indicadores y ajustar el ritmo según lo que nos señalen. Eso desemboca en conflictos, accidentes, amistades deshechas y hasta enfermedades debilitantes, que nadie quiere, relacionadas con el estrés.

Jesús entendía cómo funcionamos los seres humanos. Sabía que intentaríamos hacer alarde de nuestra capacidad para llevar cargas pesadas. ¿Qué nos aconsejó al respecto? «Vengan a mí todos ustedes que están cansados y agobiados, y Yo les daré descanso. Carguen con mi yugo y aprendan de Mí, pues Yo soy apacible y humilde de corazón, y encontrarán descanso para su alma. Porque mi yugo es suave y mi carga es liviana».1

Según lo ve Jesús, no tenemos por qué forzar siempre la marcha. Cuando nos sentimos apesadumbrados, sobrecargados, abrumados o estresados, es de esperar que acudamos a Él para que nos dé descanso. Así como añadir fluido al radiador hubiera prevenido que el motor se rajara, el descanso que Jesús nos da puede impedir que perdamos la compostura.

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No podemos dirigir el viento, pero sí podemos ajustar nuestras velas. Atribuido a Dolly Parton (n. 1946)

1. Mateo 11:28–30 (NVI)

Mara Hodler

Mara Hodler es escritora independiente. Este artículo es una adaptación de un podcast transmitido en Just1Thing, portal de internet de formación cristiana para jóvenes.

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