Paz en lugar de estrés

Paz en lugar de estrés

Tenía que ensayar un solo y cinco o seis piezas para un cuarteto de cuerdas, prepararme para un examen de música y dar un discurso que debía pronunciar parcialmente en idioma xhosa, de la región. Como si eso fuera poco, los organizadores no me habían enviado el texto del discurso ni la música para la cual debía escribir una armonía.

No me gusta estresarme. Normalmente no me pongo tan tensa, pero en esa ocasión fue distinto. No dejaba de pensar en lo que tenía que hacer y lo reorganizaba una y otra vez en mi cabeza. Eso me llevó a preocuparme y estresarme aún más, pues las piezas de aquel intrincadísimo rompecabezas se salían de lugar ni bien lograba ponerlas en orden mentalmente.

Apenas lograba ponerme a hacer algo sin que surgiera de la nada un pinchazo para recordarme todas las cosas que estaba desatendiendo. Cuando jugaba al fútbol me ponía a repasar largas listas de tareas pendientes mientras caminaba de un lado al otro de la línea de gol con los guantes de portera cruzados, denotando mi exasperación. No conseguía disfrutar del tiempo con mi familia ni de mis estudios, porque andaba enfrascada en todas esas otras cosas.

Llegó a tal punto que tenía ganas de avisar a todos los que contaban conmigo que simplemente no iba a poder hacerlo todo. Y hubiera estado justificada. En efecto, no había forma de hacerlo todo. ¿Pero dónde estaba Jesús en medio de todo ese estrés? ¿En qué momento lo había incluido? ¿En qué momento me acerqué a Él para pedirle que me diera fuerzas y paz? El caso es que no lo hice.

Con corazón arrepentido pedí a Jesús que aplacara mi ansiedad y me allanara el camino. Le rogué que me diera paz interior y me indicara un camino claro que seguir. Y así lo hizo.

Cuando llegó el día señalado todo cayó en su lugar. El solo que interpreté salió muy bien, igual que las otras piezas que toqué. Algunas estaban lejos de la perfección, pero el público fue amable, y quedamos contentos. Aunque el discurso perdido llegó a mis manos apenas media hora antes de tener que pronunciarlo, me las arreglé como pude. Es posible que haya pronunciado mal algunas palabras, aunque no muchas. El caso es que me reí de mis errores y el público también. Al final mi mamá y mi hermana trabajaron juntas en la armonía musical y salió de maravilla.

Jesús puede aliviarnos de cualquier estrés al que estemos sometidos si nos acordamos de pedirle ayuda y aferrarnos a Él en nuestro momento de necesidad. Está más que dispuesto a hacer a un lado todas nuestras preocupaciones y cambiarlas por la paz interior que Él nos infunde. Basta con que se lo pidamos.

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Amy Joy Mizrany

Amy Joy Mizrany nació y vive en Sudáfrica. Se desempeña como misionera a plena dedicación con la organización «Helping Hand». En su tiempo libre toca el violín.

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